Desde hace unos días, he tenido la oportunidad de vivir en una comunidad senior ubicada en Dosquebradas, Risaralda. Más que una residencia tradicional, se trata de un verdadero cohousing para personas mayores: un espacio donde cada residente conserva su independencia en su propia casa pero forma parte activa de una red humana. Esta experiencia, profundamente significativa, me ha permitido comprender de manera tangible el valor vital que tiene la comunidad para las personas mayores.
El entorno no es un detalle menor. Dosquebradas se encuentra —de acuerdo con el estudio Voz Mayor— entre los cinco territorios más amigables con las personas mayores en el país. Esto se debe a factores como su sistema de salud, el entorno, la seguridad económica, la estructura poblacional y el encanto propio del Eje Cafetero. Vivir esta experiencia en un territorio con tales características me permitió evidenciar cómo el contexto influye directamente en el bienestar cotidiano de las personas mayores.
Antes de esta vivencia, yo asociaba la calidad de vida en la vejez con la idea de permanecer en casa de forma autónoma como el ideal máximo. Sin embargo, convivir en este entorno comunitario cambió por completo mi perspectiva. Confirmé que la independencia no se pierde al vivir en comunidad; por el contrario, se fortalece cuando se combina con vínculos humanos, apoyo mutuo y un sólido sentido de pertenencia.
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Una de las principales ventajas del cohousing es la mitigación de la soledad no deseada. Aunque una persona sea autónoma, vivir sola puede derivar en aislamiento emocional. En Colombia, el 10% de las personas mayores en las principales ciudades manifiesta experimentar soledad, y un porcentaje similar afirma no tener a quién acudir por apoyo emocional. En esta comunidad Senior, el diseño de las zonas comunes y jardines fomenta el encuentro real: conversar con Patricia, compartir historias con Jaime o discutir proyectos de vida con Julián, entre muchas otras interacciones, generan alegría y le dan sentido al día a día.
el ‘cohousing’ ofrece comunidad, seguridad y tranquilidad. Foto:iStock
La comunidad ofrece, además, seguridad y tranquilidad. Existe la calma de saber que hay pares cerca, atentos y dispuestos a ayudar. Esta red de apoyo no limita la autonomía; la respalda y la hace sostenible en el tiempo. Asimismo, la convivencia diaria actúa como un estímulo social y mental constante, manteniendo la mente despierta y el interés por el entorno. Durante mi estancia, incluso las tradicionales novenas navideñas adquirieron un matiz especial. En una de ellas, una persona cercana a los cien años, honrada y respetada por todos, realizó la oración inicial; un momento de profunda conexión.
Desde la perspectiva práctica, el cohousing permite una optimización de recursos económicos. Al compartir gastos, se accede a un estilo de vida cómodo y digno que, de forma individual, sería difícil de costear. Pero más allá de lo material, lo fundamental es sentirse escuchado y valorado.
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Otro aspecto importante es el diálogo intergeneracional. Interactuar con las familias que visitan a los residentes —hijos y nietos— refuerza la necesidad de cultivar relaciones entre distintas generaciones. Ojalá en nuestro país este diálogo fuera propiciado con mayor frecuencia, pues beneficia tanto a niños, jóvenes, adultos como a las personas mayores.
Finalmente, quiero reconocer a los creadores de este escenario: personas visionarias y comprometidas con el desarrollo regional que han construido un espacio donde independencia y comunidad se integran de manera ejemplar. Para mí, estos días han sido de aprendizaje permanente y reflexión gracias a la invitación de Mireya. La comunidad, especialmente en entornos amigables como Risaralda, tiene el poder de transformar la manera en que vivimos y sentimos el paso del tiempo. Esta experiencia merece ser documentada con detalle y difundida como un referente internacional.
ALEJANDRO CHEYNE – VOZ MAYOR

















