Neil Armstrong describió cómo fue el alunizaje en 1969: 'Yo estaba preocupado sobre el nivel del combustible en esta etapa final del descenso'

Neil Armstrong Testimonio exclusivo para EL TIEMPO (1969) 29 de enero 2026, 10:43 P.M. Actualizado:29.01.2026 22:43 Nuestro objetivo cuando fuimos […]

Neil Armstrong describió cómo fue el alunizaje en 1969: 'Yo estaba preocupado sobre el nivel del combustible en esta etapa final del descenso'
Neil Armstrong

Testimonio exclusivo para EL TIEMPO (1969)

Nuestro objetivo cuando fuimos asignados para esta misión en enero del presente año, parecía imposible. Había infinidad de incógnitas por resolver, ideas que no se habían demostrado, equipos desconocidos. El módulo lunar jamás había sido ensayado efectivamente, había muchas cosas respecto a la superficie de la Luna que nosotros desconocíamos. Se estimaba que podríamos establecer comunicación constante con las naves espaciales mientras realizaban su vuelo. Pero únicamente se hacían predicciones sobre el éxito de dichas comunicaciones. Yo honestamente sospechaba en esa época que sería difícil la nave Apolo 11 realizara su alunizaje. Todavía nos quedaba mucho por aprender, y muchos problemas por resolver.

No estábamos en realidad preocupados con la seguridad, específicamente, en los preparativos que hacíamos. Nos preocupaba, ante todo, el éxito de la misión con todos los detalles que ella implicaba. Un alunizaje exitoso creo que le podría inspirar a los hombres de todo el mundo una creencia más firme en los objetivos reales, una decisión de buscarle solución a los grandes problemas que aquejan a la humanidad.

Los Estados Unidos dependían de dos factores:

NASA. Industria para realizar el objetivo, de ellos dependía la reputación de Apolo 11. A medida que avanzaban las investigaciones, la tensión aumentaba y en la mente de todos estaba fija la idea de que un posible fracaso significaría repercusiones muy graves en todo sentido, especialmente para la imagen de los Estados Unidos.

EL TIEMPO

El Apolo 11 entró en órbita lunar el 19 de julio de 1969.

Foto:EL TIEMPO

Tuvimos que dedicarle hasta la última onza de concentración a los preparativos del viaje final hacia la Luna. Para mí, puedo decir que una de las cosas más difíciles fueron los detalles finales del entrenamiento. Mucho había leído sobre cuestiones espaciales y mucho me habían enseñado, pero siempre existía la terrible incógnita de lo desconocido, de aquello que nosotros íbamos a revelarle a la humanidad.

Estábamos además preocupados con infinidad de detalles relacionados con el vuelo. Detalles pequeños como el botón que llevábamos en nuestros trajes espaciales para accionar todo el mecanismo de estos, los medios de comunicación entre los dos vehículos cuando estos se hallaran flotando en el espacio. Y, como es obvio, no queríamos olvidar nada, y además, probar todo con anticipación, de acuerdo con las circunstancias.

El escudo

El escudo de los Estados Unidos que debería llevar la nave se diseñó imitando una parte del emblema oficial de la nación, pero en realidad se destaca en él un águila, con todo su significado simbólico. Creo que ha sido un símbolo adecuado para esta primera misión a la Luna, y creo también que las gentes estarán de acuerdo con mi modo de pensar. También, el nombre de «Columbia» para la nave, fue algo que ocupó la atención de muchas personas, por mucho tiempo. Ese nombre sería, como lo es ya, el símbolo que unirá a las generaciones de muchos siglos que han venido proyectando la conquista espacial, y también a aquellas que han soñado con nuevos hallazgos de tierras remotas. El nombre de «Columbia», a la nave espacial, ha sido el mayor símbolo de esta conquista que señaló nuevas etapas en la vida afanosa del hombre por buscar nuevos mundos y nuevas aventuras.

Después de los vuelos preliminares que marcaban el último paso hacia la misión definitiva, comencé a sentirme más tranquilo y confiado. Ya no tenía otra alternativa. Había ante mí una misión que cumplir y, como siempre ocurre, una vez que se ha dado el primer paso no se puede retroceder. El día del despegue lunar fue un largo día por la expectativa que reinaba en todos los corazones pendientes de este acto decisivo. Creo que una de las grandes preocupaciones de todos, incluyéndonos a nosotros, era el sistema de ignición que habría de impulsar al cohete Saturno. Pero todo resultó tal cual se había previsto como lo pudo presenciar el mundo entero.

Este sistema de ignición constituyó para nosotros también una enorme preocupación cuando nos acercábamos a la Luna, pero siguió funcionando normalmente. Luego vinieron las computadoras, que aunque uno está seguro de su exactitud, siempre quedan inquietudes por resolver…

Cuando nos hallábamos a nueve mil metros de distancia nos dieron alguna preocupación. Cuando una computadora está en dificultades, comienza a señalar su «falla» por medio de luces que se apagan y encienden. Durante nuestro entrenamiento habíamos visto infinidad de alarmas de este género y habíamos tenido el buen cuidado de memorizar muchas de las actitudes que deberíamos asumir en ese caso.

EL TIEMPO

Neil Armstrong visitó Colombia 1n 966. El astronauta conoció al presidente Lleras, pasó por la localidad de Kennedy y asistió a un partido de fútbol en El Campín.

Foto:EL TIEMPO

No coincidía

Para mayor seguridad nuestra habíamos escrito pequeñas palabras claves en tarjetas que colocamos en la computadora, pero lamentablemente cuando se presentó la verdadera alarma, ninguna de nuestras tarjetas coincidía con las señales emitidas por la máquina computadora. O sea que los simulacros que habíamos realizado no sirvieron mucho en aquellos momentos. Creo que fue en esa oportunidad cuando los controles de tierra se ganaron muy bien su salario, porque lograron estabilizar desde allí el funcionamiento de las máquinas. Es una nueva obra de la técnica que hay que alabar.

Mientras ascendíamos, nuestra preocupación no solo era mantener el chequeo constante de todos los instrumentos, sino también mirar hacia el exterior por las ventanillas. La primera oportunidad que tuvimos de hacerlo fue cuando nos hallábamos a 2.000 metros en el horizonte muy cerca a nosotros, una característica de la Luna, pero, que es casi imposible observar lo que está delante de él. Al irnos acercando más a la Luna confieso que en el primer momento no pudimos reconocerla. Algunos cráteres dispersos nos daban idea de que ya estábamos próximos, pero en verdad no los reconocimos inmediatamente. Íbamos confiados en el sitio donde habría de alunizar el módulo, porque este había sido cuidadosamente escogido por técnicos y científicos y además los instrumentos de la nave nos conducirían directamente hacia él.

Pero cuando estábamos aproximadamente a 500 metros de altura nos dimos cuenta de repente que sería imposible descender allí, justamente en el centro de un cráter de dimensiones muy apreciables. Pude verlo muy bien desde mi ventanilla y cuando intenté fotografiarlo me fue difícil lograr toda su imagen por la inclinación de la nave. En ese momento Aldrin me informaba que tendríamos que reducir por nuestra propia cuenta la velocidad del descenso o correríamos peligro de caer en el cráter, lo cual ya había imaginado yo al verla desde mi lugar de observación.

Las agujas indicaban que el combustible se hallaba casi extinguido y en ese momento estábamos en el dilema de que era imposible aplicar fuerza alguna que tratara de levantarnos hacia el espacio

Neil Armstrong

Rápida decisión

Nos habían entrenado para tomar rápidas decisiones; cualquier indecisión en aquellos momentos habría sido fatal. Teníamos a nuestro alcance los controles manuales que nos permitían reducir la velocidad y controlar la altura así como la velocidad horizontal del «Águila». No vacilamos. Creo que logramos realizar una de las más importantes maniobras de nuestro vuelo, aplicando gradualmente lo que se podría llamar en términos vulgares el «clutch», que nos permitía reducir el descenso de cuatro metros por segundo, a aproximadamente dos.

Habría sido interesante alunizar en aquel lugar, pero creo que no habría sido nada práctico realizarlo. Nos desviamos lo suficiente como para alejarnos de allí y buscar por nuestra propia cuenta el sitio más adecuado para el descenso.

Sin embargo, debo advertir que cuando tratábamos de localizar el sitio del alunizaje, trató de surgir en mi mente cierta vacilación y de allí que cambié mi modo de pensar por dos veces consecutivas. Pero, por fin, en cuestión de segundos, decidimos que el sitio más apropiado era un espacio que podíamos apreciar desde la nave como más despejado, del tamaño de una casa de campo, y en apariencia plano y libre de rocas gigantescas o cráteres peligrosos. Enfilamos la nave «Águila» hacia allí pensando íntimamente que todo resultara bien.

Se me ha dicho que las palpitaciones de mi corazón han descendido notablemente después del descenso en la Luna. Pero creo sinceramente que me sentiría en desacuerdo conmigo mismo si no hubiera sido así. «Águila» -el módulo- realizó un vuelo muy parecido a los simulacros que habíamos hecho en tierra para ensayar el descenso en la Luna. Durante más de treinta veces, yo había volado el «módulo» simulado en la base aérea de Ellington, cerca del Centro Espacial. Había realizado más de 50 aterrizajes a bordo del «entrenador», y la trayectoria final que adoptamos al aproximarse a la Luna fue muy parecida a la que habíamos practicado en Tierra. Eso, naturalmente, me dio mucha confianza en mí mismo.

Durante los segundos finales del aterrizaje nuestra máquina levantó una gran cantidad del polvo lunar que se elevó casi majestuosamente a una velocidad increíble. Normalmente en tierra, si ocurre esto, el polvo desciende lentamente. Pero teniendo en cuenta que en la Luna no hay atmósfera, la trayectoria del polvo es lenta y uniforme. Es algo curioso e interesante de apreciar. Naturalmente la gran cantidad de polvo que rodeaba al módulo «Águila» nos impedía apreciar lo que estaba allá abajo, y también nos daba cierta preocupación porque no sabíamos en donde nos íbamos a posar sobre la superficie lunar. Pero aun así ya estábamos en camino y tocamos superficie lunar de una manera si no abrupta, sí casi repentina pero bastante suave.

Poco combustible

Yo estaba preocupado sobre el nivel del combustible en esta etapa final del descenso. Las agujas indicaban que el combustible se hallaba casi extinguido y en ese momento estábamos en el dilema de que era imposible aplicar fuerza alguna que tratara de levantarnos hacia el espacio, por la sencilla razón de que el combustible no habría sido suficiente para impulsarnos, y mucho menos para llevarnos de regreso al acoplamiento con la nave «Columbia» tripulada por Collins.

Pero al fin y al cabo nuestro objetivo era alunizar, y quizá esa era la manera más segura de conservarnos en buen estado. No queríamos por ningún motivo que se presentara una maniobra desesperada. A pesar del bajo nivel de las agujas del combustible, creo que yo estaba seguro de disponer todavía de unos 40 o 50 segundos de combustible. En ese lapso deberíamos alunizar y lo logramos. En ese momento los depósitos de combustible llegaban ya a su final. Un segundo más y nos habríamos visto en dificultades imposibles de describir.

Claro, estábamos satisfechos, y casi podría decir que aliviados de la situación. Pero delante de nosotros había mucho por hacer una vez que llegamos a tierra o superficie lunar. Los propelentes en los tanques tenían que ser removidos inmediatamente. El calor podría hacerlos explotar. Buzz y yo tuvimos casi doce minutos de dura faena dedicados a esta labor indispensable, y finalmente cuando pudimos respirar, ya no había peligro alguno. Lo más importante de una dura faena, es cuando terminamos con ella.

Vital demora

Decidimos realizar nuestra actividad extravehicular, pero tuvimos varios minutos vitales de demora que retrasaron nuestra tarea. Algunos pequeños detalles contribuyeron a esto, pero la mayor sorpresa que tuvimos fue cuando comprobamos nuestra «decompresión». Teníamos que igualar la presión de ambos lados, y debe observarse que existe un vacío entre la atmósfera de la Luna y el cambio que se produce del oxígeno que nos alimentaba. Este fue un ejercicio que nunca habíamos practicado en los entrenamientos y que por consiguiente significó para nosotros una nueva experiencia. Creo que esto ocurrió, en gran parte, por el hecho de que las bolsas que llevábamos sobre nosotros para proporcionarnos medios de vida en la Luna habían agotado sus existencias de gas. Y eso retrasó nuestra maniobra para acomodar las unidades de refrigeración de tal manera que pudieran seguir operando normalmente.

EL TIEMPO

Una de las primeras imágenes de la Luna, la cual fue proyectada en televisión.

Foto:EL TIEMPO

Nuestra demora en salir del «Águila», que millones de personas apreciaron en sus televisores en todo el mundo, no fue precisamente la que me sugirió mi esposa cuando regresé a Tierra, pues ella me dijo en broma que yo había demorado en salir porque estaba pensando qué disculpa le daba por haberme ido tan lejos. Esa demora fue simplemente invertida en precauciones y, ante todo, en chequear todo el equipo que nos permitiría caminar sobre la superficie lunar. Desde donde nos encontrábamos -dentro de nuestros trajes espaciales- la Luna parecía cálida e invitadora.

El cielo era negro, pero parecía como cuando comienza a salir el día, y la superficie se veía muy opaca. Existe un peculiar efecto de la luz en la superficie de la Luna que parece hacer cambiar el tono de los colores; es algo que no entiendo completamente, porque cuando se mira hacia un lado se ve el Sol y al voltear la cabeza todo es oscuridad y si se observa a través de la superficie, particularmente en las sombras, parece que todo allí es muy oscuro. Cuando se recoge material lunar con las manos, se le ve completamente oscuro, gris o negro. El material no es generalmente de textura fina, pero sí como si fuera harina, pero en algunos casos se asemeja a la arena. Luego se encuentran, naturalmente, grandes rocas y otras de tamaño inferior y de todas las formas imaginables.

Trabajo placentero

Trabajar en esa atmósfera resultó placentero para nosotros. No sentimos fatiga en ningún momento. El único problema verdadero para mí era que había tantos lugares y sitios que yo hubiera querido explorar e investigar allí, que era muy difícil realizarlo porque nuestra área de inspección tendría que ser limitada. Pensé que podría divisar el interior de un cráter enorme cuando nos acercábamos en el «Águila», pero la abrupta curvatura del horizonte de la Luna me lo impidió. Pude, eso sí, caminar alrededor de la boca de un enorme cráter del cual tomamos fotografías cuando nos aproximábamos en el módulo. Creo que esto fue mal interpretado por muchas personas que vieron por primera vez la foto del cráter, pero debo advertir que era enorme.

Todas las cosas que dejamos en la Luna son ahora muy conocidas por todo el mundo. Nos sentimos satisfechos de haber depositado allí la cubierta del Apolo 11 en memoria de nuestros amigos y colegas astronautas Grissom, Ed White y Roger Chaffee, y las medallas que fueron emitidas para conmemorar el lanzamiento soviético a bordo del cual el astronauta ruso Gagarin fue acompañado por Komarov. Creo que estos valientes hombres y sus asociados compartieron nuestros sueños y esperanzas por un mundo mejor. Me sentí estimulado por un telegrama que nos esperaba en el laboratorio espacial a nuestro regreso que comenzó con esta frase: «Queridos colegas». Iba firmado por todos los astronautas que han realizado vuelos espaciales.

EL TIEMPO

Los astronautas dejaron varios objetos en la Luna, entre ellos una bandera de EE. UU. y otras herramientas lunares.

Foto:EL TIEMPO

Adicionalmente, dejamos en la Luna varias banderas de los Estados Unidos, algunas muestras de otros vuelos espaciales y medallones alusivos a nuestra nave espacial. Lo más importante para el resto del mundo fue lo que llevamos con nosotros a Tierra: la caja con muestras del polvo y rocas de la Luna.

Cuando regresamos al módulo lunar cerramos fuertemente la puerta única de entrada y salida, modulamos la presión y nos colocamos los cascos: allí, en el interior del «Águila» había un olor peculiar que ha sido descrito por mi compañero Aldrin como «olor a pólvora». Estoy de acuerdo con él. No estoy seguro de que haya provenido de la superficie lunar o del material que trajimos con nosotros, aunque es muy posible. Pero algo raro debe haber ocurrido en momentos en que sometimos el interior del módulo a un vacío completo, y algo se compenetró en el ambiente. Pudo ser un escape repentino de gas, o en fin, cualquier cosa que no pudimos determinar, pero que parece era «olor a Luna». Será interesante oler el material lunar que llevamos a la Tierra para comprobarlo.

Nunca estuve temeroso de las temperaturas de la Luna. El traje espacial estaba acondicionado para resistirlas. Naturalmente cuando devolvimos las herramientas utilizadas, observamos que estaban sometidas a una alta temperatura. Y debo observar que fueron fabricadas con materiales especiales que inmunizan el calor o el frío.

El ascenso

Todos nos preocupamos, al igual que al descenso, por el momento del ascenso. Era definitivo para nosotros. Significaba el retorno a la Tierra. Pero las máquinas funcionaron perfectamente alimentadas por el combustible de reserva que habíamos llevado en tanques especiales. Ascendimos, pudiérase decir que majestuosamente. En forma lenta, mientras que en cuestión de segundos la nave se impulsaba nuevamente hacia el espacio sobrevolando el Mar de la Tranquilidad, que ya ha sido descrito muchas veces.

Debo agregar que cuando nos hallábamos en la superficie lunar, tomando fotos de todo cuanto estaba a nuestro alcance, todos sentimos la misma sensación de quietud extraña, de silencio, de ausencia de todo. Claro, no hay vida, y la impresión es extraña. Uno piensa que todo aquello es el fruto de miles de años de transformación y se imagina uno todo lo que pueda haber ocurrido allí sin la presencia de ser humano o inteligente para apreciarlo.

La reina Isabel con los astronautas de Apolo 11, Collins, Armstrong y Aldrin en 1969

La reina Isabel con los astronautas de Apolo 11, Collins, Armstrong y Aldrin en 1969

Foto:Nasa

En cuanto a las muestras que recolectamos, creo que son la más clara imagen visual de lo que es la Luna. Son el resultado de la experiencia más grandiosa del ser humano que logró llegar hasta allí para traerlas a la Tierra.

Todo ha sido formidable en esta experiencia. Algo que jamás podrán olvidar nuestras mentes. Esa combinación fantástica del Sol con la noche, esos colores deslumbrantes, rayos, difíciles de determinar, constituyen algo así como un sueño dentro de la realidad de todos nuestros sentidos. Y allí, cerca en apariencia, visible, la Tierra, un objeto luminoso que no muestra sino señales de luz, pero que encierra el mundo en que vivimos.

Sigo creyendo que la Luna es una esfera, no un disco, puede ser similar a la Tierra, redonda tal como la vemos en gráficos y la imaginamos. En todo caso es un cuerpo extraño que ha estado esperando la visita de forasteros durante muchos miles de años. Y ahora, ha quedado complacido.

N. de la R. La serie de relatos de los astronautas que por primera vez llegaron a la Luna, contratada exclusivamente por EL TIEMPO en Colombia, continuará mañana con el artículo escrito por Edwin Alrin, piloto del módulo lunar “Águila”.

NEIL ARMSTRON – Exclusivo para EL TIEMPO – 1969

Conforme a los criterios de

Neil Armstrong describió cómo fue el alunizaje en 1969: 'Yo estaba preocupado sobre el nivel del combustible en esta etapa final del descenso'

Loading

Compartir

Deja un comentario

Carrito de compra