Dos copas bastaban para marear a Simone de Beauvoir, y no era solo una boutade ingeniosa. Hoy la ciencia sabe que el cuerpo y el cerebro de las mujeres procesan el alcohol de manera distinta a los de los hombres, por lo general más rápido y con efectos más intensos, incluso cuando se consume la misma cantidad.
El alcohol empieza a actuar casi de inmediato. Antes de llegar al estómago, las papilas gustativas ya envían señales al cerebro que modifican la frecuencia cardíaca, el flujo sanguíneo y la química cerebral. Tras ingerirse, una parte se absorbe en el estómago, pero la mayor parte pasa al intestino delgado y de allí al torrente sanguíneo. En ese trayecto inicial, una fracción se descompone gracias a la enzima alcohol deshidrogenasa (ADH), presente en el estómago y el hígado, en un proceso conocido como metabolismo de primer paso.
Ahí aparece una de las primeras diferencias. En un estudio de 1990, hombres y mujeres recibieron la misma cantidad de alcohol ajustada a su peso corporal. Aun así, los cuerpos femeninos filtraron menos alcohol en esa fase inicial, lo que permitió que una mayor cantidad llegara a la sangre y elevara los niveles de alcoholemia. Pero la intoxicación no depende solo de cuánto alcohol circula por el cuerpo, sino también de cómo reacciona el cerebro.
Para algunos investigadores, el factor clave es el peso corporal. “No es la enzima, es el peso”, afirma el psicofarmacólogo alemán Rainer Spanagel. El etanol se distribuye de manera uniforme en los compartimentos del cuerpo, incluidos cerebro y órganos, de modo que, en un cuerpo más pequeño, la misma cantidad de alcohol se concentra más. Sin embargo, otros científicos consideran que el tamaño por sí solo no explica completamente la diferencia.
La composición corporal aporta otra pieza del rompecabezas. Las mujeres suelen tener más grasa y menos agua que los hombres, lo que hace que el alcohol se concentre más en la sangre. Además, los hombres tienden a tener mayores niveles de ADH en el estómago, lo que les permite metabolizar parte del alcohol con mayor rapidez antes de que llegue a la circulación general.
Cuando el alcohol alcanza el cerebro, las diferencias se acentúan. En las mujeres se observa con mayor frecuencia el fenómeno conocido como telescoping: una progresión más rápida desde el consumo inicial hasta la dependencia. Estudios muestran que avanzan antes que los hombres hacia problemas graves relacionados con el alcohol y llegan a tratamiento tras menos años de consumo y con una menor cantidad total ingerida a lo largo de la vida.
Las hormonas también juegan un papel decisivo. El estradiol, la principal hormona producida por los ovarios, potencia la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer y al sistema de recompensa. El alcohol aumenta indirectamente la dopamina y el estradiol amplifica ese efecto, especialmente durante la ovulación, cuando muchas mujeres tienden a experimentar mayor disfrute de las sustancias.
Así, la mayor sensibilidad femenina al alcohol no tiene que ver con ser “bebedoras más débiles”, sino con una combinación de cuerpo, enzimas, hormonas y cerebro que responde de forma distinta desde el primer sorbo, mucho antes de que la tolerancia o los hábitos entren en juego.
Redacción Ciencia

















