Hace veinte años fue noticia en la televisión norteamericana un turista chino en Nueva York que había filmado a su hijo pequeño corriendo en camiseta con temperaturas bajo cero. De nada sirvió que el padre explicara que era su rutina habitual para templar el espíritu de su hijo. Irremediablemente, fue duramente criticado en televisión.
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Hace tiempo que la autoridad –docente, médica, policial, judicial– es cuestionada. Es la hora de las mujeres que se cuestionan su relación con la maternidad, incluyendo renunciar a ella. Solo en esta época podría haber surgido un sitio web en Francia como Maman Blues, “un espacio que permite a las madres hablar abiertamente de sus dificultades maternales sin ser juzgadas”.
Con el padre ‘evaporado’, según el poético retrato de Jacques-Allain Miller, y las mujeres desencantadas de la maternidad clásica, ¿qué pasa con los niños? Nicolás Mascialino e Irene Kuperwajs, psicoanalistas miembros de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL), profundizan en la pregunta.
En Argentina y en la gran mayoría de los países han venido cayendo sustancialmente los nacimientos. ¿Qué explicación encuentra el psicoanálisis al fenómeno?
Nicolás Mascialino (N. M.): Cada vez vemos más mujeres que hablan de su no deseo de ser madres. La relación de las madres con sus hijos parece no ser la clásica.
Irene Kuperwajs (I. K.): La mujer ya no busca refugiarse tras la figura de la madre. Surgieron nuevas formas de ejercer la maternidad, sin un hombre que la acompañe o por técnicas de fertilización. Llegamos a maternidades delirantes con los bebés reborn, muñecos hiperrealistas que parecen recién nacidos. Una manera de ser mamá sin incluir el cuerpo y de tener un hijo eterno que no crezca ni se vaya.
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¿Por qué la maternidad no seduce como antes a las mujeres?
N. M.: ¿Será por el triunfo del discurso feminista o del discurso capitalista? El mandato del capitalismo, como el empuje a la satisfacción ilimitada, está presente en las mujeres que no quieren privarse de nada y se cuestionan el sacrificio por la maternidad.
I. K.: Las mujeres, incluso de 25 años, congelan sus óvulos diciendo que quieren tener hijos, pero más adelante. Congelan decidir, congelan perder, todo sigue siendo posible: viajar, trabajar, hacerse una posición y ser madre en el futuro.
N. M.: Si el niño no está atado al deseo de la madre o del padre, ¿dónde está? Nuestra hipótesis es que está conectado a los dispositivos. Es lo que nos proponemos investigar.
¿Puede influir en este desencanto la cruzada por la igualdad de género?
N. M.:Es una pregunta pensar si esos ideales binarios que están puestos en cuestión en esta época afectan a las nuevas formas de ser madre o padre. No veo en la clínica que eso empuje a los niños hacia “lo trans”. La sexuación de un niño se inscribe en las coordenadas simbólicas de una familia. Es mucho más determinante cómo se juega el deseo de los padres que el abanico de identificaciones posibles que da la época.
¿Qué consecuencias traen en los niños estas nuevas libertades?
I. K.: Escuchamos mucho hablar de ‘crianza respetuosa’. Duermen en la misma cama con sus hijos y prolongan la lactancia hasta edades impensadas. Bajo esta supuesta libertad, los padres no asumen una intervención y surgen síntomas ligados a esa falta de normas.
N. M.: En la ‘crianza respetuosa’, el niño se encuentra solo con la satisfacción de sus impulsos, su manera de vivir el cuerpo. Está solo porque carece de un límite que le permita manejar sus frustraciones: la falta de chupo o del pecho materno, ni tiene quien lo acompañe en el proceso de su frustración.
I. K.: Esto trae consecuencias. La frustración es parte del proceso de constitución de un sujeto: poder soportar un límite, una falta. En nombre de estos ideales de libertad, se deja al niño entregado a su autorregulación y al impulso que lo domina por completo.
Escuchamos mucho hablar de ‘crianza respetuosa’. Duermen en la misma cama con sus hijos y prolongan la lactancia hasta edades impensadas. Bajo esta supuesta libertad, los padres no asumen una intervención y surgen síntomas ligados a esa falta de normas.
Irene Kuperwajs,Psicoanalista
¿Cómo era el padre clásico y cómo es el padre hoy?
N. M.: “Un padre con derecho al amor y el respeto”, decía Lacan, es el padre que hace de una mujer su causa de deseo y cuida los objetos de ella. Ese es el padre que se ha evaporado, pero también porque la mujer ya no lo habilita. A los padres de hoy los llamaría ‘desvergonzados’. Están tan fuera de su función que dejan caer a sus hijos apoyándose en la idea de que la madre es una loca que no los suelta.
I. K.: Algunos cuando se separan encuentran la posibilidad de reubicarse y ser padres de la manera que ellos quieren y no en las condiciones que les daba la madre. Esta desorientación también aparece en adolescentes varones que muchas veces no saben cómo hablarle a una chica.
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¿Cómo es esta madre del colecho y amamantamiento tardío?
N. M.: El psicoanálisis piensa el destete como el destete de la madre. No quiere perder al bebé que toma la teta y tampoco quiere privar al niño. Y el padre no dice nada porque el lugar de la palabra del padre se lo da la madre. Ese padre que diría ‘basta’ no es el hombre con el que esa mujer tuvo un hijo.
I. K.: Las madres dicen ‘tú acá no tienes nada que ver, es mi cuerpo, yo soy la que da la teta, soy yo la que hago todo’. Pero por otro lado exigen una justicia distributiva y que el padre haga tal o cual cosa.
N. M.: Esa justicia distributiva da lugar a resentimientos muy difíciles de resolver porque lo que una madre pone de su cuerpo, no hay nada que un hombre pueda compensar.
¿Qué reemplaza esa autoridad evaporada?
N. M.: No podemos decir que el problema es que no haya padre. Eso es la nostalgia. Cuando recibimos un paciente en el que no hay un padre a quien apelar, trabajamos para la construcción de un síntoma.
¿Es decir que es bueno tener un síntoma?
I. K.: ¿Qué es un síntoma? Es lo que perturba, lo que dice que algo no está bien para alguien. Apostamos a la construcción de un síntoma porque lo que escuchamos es un ‘sin límite’. Ante la evaporación del padre y la caída de las regulaciones, lo que vemos es ‘el derecho a gozar’, a satisfacernos de inmediato y sin límites. Y eso trae nuevos modos sintomáticos. Los que no lo ven como un problema no acuden a la consulta; los que sí, traen a sus hijos o los derivan las escuelas. Nuestro trabajo será que ese niño o adolescente ubique lo que no marcha bien para él. En este sentido trabajamos para la construcción y lectura del síntoma.
¿Cómo se manifiesta este ‘sin límite’?
I. K.: Lo digital se metió en la vida de todos. El celular ya es parte del cuerpo y hay una relación ilimitada con ese artefacto y una imposibilidad de despegarse de él. En algunos adolescentes vemos una desconexión muy fuerte del cuerpo, muchísimo consumo de alcohol y de drogas sintéticas.
N. M.: Hay padres que cuando llega la hora de comer no pueden lograr que el niño se siente a la mesa. Y no solo los niños o los adolescentes están pegados al teléfono, los padres también lo están.
La adicción al celular y dispositivos electrónicos es cada vez más común en los niños. Foto:iStock
I. K.: Una señal de alarma es el fenómeno de las apuestas en línea. Lo escuchamos mucho y es gravísimo porque está a un clic. Es un cuerpo quieto con la pantalla, a cualquier hora, y la fantasía de hacer dinero. Más allá del desastre que genera en una familia, se trata de una satisfacción impulsiva. Es imaginar ganar sin ningún registro de la pérdida. Es clic al infinito. Como las adicciones en general, se sostienen en la idea de que no se pierde: ya voy a recuperar, no hay registro de la falta.
N. M.: Hoy los padres se manejan con billeteras virtuales. El dispositivo está diseñado para que la experiencia de satisfacción sea infinita. El algoritmo estudia a cada persona para que no se escape porque le muestra específicamente lo que quiere consumir para satisfacer sus impulsos.
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¿Cuáles son las consecuencias de este ‘sin límite’?
I. K.: Cuando nada falta, hay problemas con el deseo y puede presentarse un exceso de angustia. Estos objetos de la tecnología llenan ese vacío necesario para vivir. El capitalismo y la oferta ilimitada de consumo producen un rechazo de lo que en psicoanálisis llamamos la castración, que es la falta que motoriza el deseo. Y si la falta es lo que impulsa el deseo, rechazarla es rechazar también el inconsciente. Por eso, cuando decimos “apostemos al síntoma” lo que hacemos es apostar por el inconsciente.
N. M.: Hay que hacer la experiencia de ver qué pasa cuando el teléfono no está. Nos sacan el teléfono una semana y se nos abre el campo del deseo.
¿Qué pasa en las escuelas con estos dispositivos?
N. M.: No me imagino el mundo sin escuelas, pero hay que encontrar la manera de que los niños se comprometan con la experiencia de querer saber. El tema de las evaluaciones en los adolescentes está muy complicado porque la IA les resuelve todo, burlan al sistema.
I. K.: Antes cualquier saber estaba mediatizado por un adulto. Hoy se resuelve de una manera directa con una máquina. No existe esa mediación que implicaba una relación con otro ni un razonamiento propio.
N. M.: También pasa con los adultos. Profesionales que amaban su trabajo y ahora se aburren porque les piden hacerlo en menos tiempo con la IA. Nos lleva a preguntarnos qué consecuencia traerá esto en los nativos de la IA. No podemos verlas todavía.
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Llegamos a la era de la IA y el psicoanálisis tiene más de un siglo, ¿por qué sigue teniendo vigencia?
I. K.: Cuando Freud inventó el psicoanálisis, descubrió que más allá del principio del placer, hay un empuje hacia la destrucción que llamó pulsión de muerte. Esto atraviesa todas las épocas. Ni la IA ni la tecnología la pueden eliminar. Como psicoanalistas dialogamos con la época y los dispositivos son parte del mundo actual, pero es impactante ver la disposición de los jóvenes para hablar en el consultorio donde lo principal no es la pantalla, sino la palabra.
N. M.: El psicoanálisis nace a partir de lo que Freud escuchaba de sus pacientes. Yo puedo hablar de lo que escucho en la consulta y eso tiene el sesgo del tiempo físico y del lugar donde se emplaza mi consultorio. El intercambio con otros colegas y discursos como el jurídico o la neurobiología nos permite, como decían Freud y Lacan, tener muy en cuenta la subjetividad de la época.
I. K.: Pero no es solo leer el fenómeno social. Los pacientes vienen con los sesgos de esta época, pero hay que ver qué quiere decir para cada sujeto.
¿Cómo funciona un análisis?
I. K.: No se trata de hablar de cualquier modo. Nos importa rescatar la singularidad en contra de la tendencia a la homogeneización. Escuchamos a alguien que viene a hablar algo más de lo que quiere decir. Aun cuando la IA pueda hacer de psicólogo, en ningún momento podrá captar un malentendido o un chiste porque necesitamos la dimensión humana y un cuerpo para eso.
N. M.: Un análisis ofrece algo bien distinto del algoritmo porque busca el desgaste de seguir hablando de lo mismo. Apostar a que, mediante la palabra, esa pulsión de muerte encuentre un mejor destino.
Silvina Pini – Para La Nación (Argentina)

















