Desde Popayán, en los días despejados, el Puracé se recorta en el horizonte como una silueta piramidal, aparentemente inmóvil. Pero esa quietud es engañosa. Bajo el cono que alcanza los 4.650 metros sobre el nivel del mar, el volcán más joven y septentrional de la cadena volcánica de Los Coconucos mantiene un pulso constante, alimentado por magma, gases y agua caliente que circulan desde hace miles de años. Una actividad que ha convertido al Puracé en uno de los volcanes más activos de Colombia.
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El 29 de noviembre, el Servicio Geológico Colombiano (SGC) anunció que el volcán pasó a alerta naranja, un estado que se mantiene hasta hoy. La decisión respondió a cambios importantes en los parámetros monitoreados: incremento en la sismicidad asociada a la dinámica de fluidos, aumento en la emisión de gases y ceniza, y columnas que han superado los 1.000 metros de altura. Para los científicos, estas señales no representan un fenómeno aislado, sino la continuidad de un sistema volcánico activo y complejo.
Para la vulcanóloga María Luisa Monsalve, del Grupo de Amenaza y Riesgos Geológicos del SGC, la actividad volcánica no debe interpretarse como un episodio aislado ni de corta duración. “Cuando hablamos de erupciones, todo el mundo piensa en un evento único que va a pasar y ya se acabó. Realmente lo que tiene un volcán es un proceso eruptivo que puede durar muchos años y a lo largo de ellos puede tener emisiones de ceniza pequeñas o, cuando son más grandes, generan otros productos como los flujos piroclásticos (mezclas densas y turbulentas de gases volcánicos muy calientes, ceniza y fragmentos de roca)”.
Una cadena volcánica con origen común
El Puracé no es un volcán aislado. Hace parte de la cadena volcánica de Los Coconucos, una estructura compuesta por quince focos volcánicos alineados en dirección noroeste–sureste, entre los departamentos del Cauca y el Huila, dentro del Parque Nacional Natural Puracé, declarado Reserva Mundial de la Biósfera por la Unesco.
“Esta cadena es una estructura volcánica compuesta por 15 focos, muy contiguos, que están alineados en una dirección perpendicular a la cordillera Central”, explica Monsalve. “Tiene una dirección noroeste–sureste y el extremo noroccidental es el volcán Puracé, considerado uno de los volcanes más activos de Colombia, sobre todo por su actividad histórica.”
De acuerdo con la investigadora, este sistema está vinculado con un vulcanismo mucho más antiguo. “Se piensa que están relacionados con la resurgencia de un vulcanismo antiguo de más o menos 2,4 millones de años, que dio lugar a una caldera grande, de más de 30 kilómetros de diámetro”, señala. Tras la destrucción de esa caldera, conocida como Paletará, se formaron otros volcanes, entre ellos el Puracé.
Volcán Puracé Foto:Óscar Manzo. SGC
“El volcán Puracé tiene dos partes en su historia: un pre-Puracé, o sea, un volcán que se formó y luego se destruyó”, explica Monsalve. “Los datos que tenemos nos dicen que esa destrucción fue hace alrededor de 30.000 años. Aproximadamente hace unos 8.000 años se formó el volcán Puracé.”
Un volcán explosivo por naturaleza
Ese proceso geológico dio lugar al edificio volcánico actual. “El Puracé es un cono que tiene un doble cráter. El cráter actual tiene alrededor de 500 metros de diámetro. Es un estratovolcán, lo que quiere decir que se ha construido por esa alternancia de erupciones explosivas que dan lugar a los flujos piroclásticos y lavas”, explica la vulcanóloga.
A lo largo de su historia eruptiva, el volcán ha generado flujos de lava, emisiones de ceniza, proyectiles balísticos, flujos piroclásticos y lahares (flujos de materiales volcánicos y agua que avanzan a gran velocidad arrasando todo a su paso, como ocurrió en Armero con la erupción del Nevado del Ruiz.
“Cuando se destruye un domo, se forman flujos piroclásticos de ceniza y bloques, lo que nosotros llamamos una nube ardiente, una mezcla de gases y material caliente que se desplaza a grandes velocidades por las laderas del volcán”, señala Monsalve.
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Los registros históricos dan cuenta de una actividad persistente desde la llegada de los españoles. “Se hablaba de erupciones frecuentes, de salidas de ceniza, de explosiones, de ondas de choque”, señala Monsalve. Uno de los episodios más relevantes ocurrió en 1849, cuando una fuerte erupción modificó la forma del volcán, dejando la silueta que se observa hoy.
“En las descripciones de la época se decía que el volcán tenía forma de media naranja, lo que posiblemente indica que había un domo en su cima. Hay que tener en cuenta que el Puracé estaba cubierto de nieve, pero en 1849 se describe que esa cima ‘voló’ y que el volcán adquirió la forma piramidal que tiene actualmente. Es una de las erupciones más importantes en tiempos históricos”, relata Monsalve.
Aunque la información documental sobre ese evento es limitada, los trabajos de campo han permitido reforzar esa interpretación. “No hay demasiada información, pero a partir de lo observado se han identificado flujos piroclásticos de ceniza y bloques que podrían corresponder a los generados durante ese evento”, señala la experta.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, la actividad continuó con intervalos de reposo relativamente cortos, según han podido constatar los investigadores en fuentes como la prensa. Un evento destacado, por ejemplo, fue el del 26 de mayo de 1949, cuando una erupción causó la muerte de 16 excursionistas, un hecho que marcó la memoria histórica del volcán y evidenció su carácter explosivo.
El Puracé hoy: señales de un sistema aún activo
La actividad reciente no puede entenderse observando solo al Puracé. Desde 2022, el SGC ha identificado cambios en el sector noroccidental de la cadena volcánica. “La actividad superficial comenzó en el volcán Curiquinga, no fue en el Puracé”, explica Monsalve. En enero de 2025 se registró un nuevo episodio similar en ese mismo volcán.
Registro de la cámara Mina, ubicada 2,2 km al norte del volcán Puracé del 8 de enero a las 6:26 p.m. Foto:SGC
“Lo que realmente se reactivó fue ese sector noroccidental de la cadena, desde Curiquinga hasta Puracé”, señala. Posteriormente, comenzaron las emisiones de ceniza en el Puracé, acompañadas por un aumento sostenido de la sismicidad y la desgasificación, lo que llevó a declarar la alerta naranja.
Según la investigadora, la conexión entre los volcanes del sistema es un elemento clave para entender este comportamiento. “Por tener ese origen común en la caldera de Paletará, esta cadena, a diferencia de otras estructuras volcánicas, sí puede haber conexión”, explica.
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Para Monsalve, conocer la historia eruptiva del volcán es fundamental para la gestión del riesgo. “Cada volcán tiene su ‘personalidad’ o su manera de manifestarse”, afirma. Mientras el monitoreo continúa de forma permanente, el Puracé sigue emitiendo gases y ceniza, recordando que su actividad no es una anomalía, sino la expresión constante de una montaña de fuego que no está dormida.
ALEJANDRA LÓPEZ PLAZAS
PERIODISTA DE CIENCIA
@malelopezpl

















