Catalina tiene 29 años, no escribe ni lee, no es necesario, su medio de expresión es la pintura, un don que ha cultivado con disciplina y el apoyo de su mamá, quien vio en su niña esa habilidad desde los 3 años, cuando comenzó a hacer sus primeros dibujos.
Catalina Muñoz Gómez es una chica de sonrisa amplia. Se sabe diferente y amada, dos condiciones que han forjado su vida y su historia, desde antes de nacer. En el embarazo, Luz Dary supo que la bebé venía con síndromes que ni siquiera podía pronunciar, por ello los médicos no le dieron muchas esperanzas de sobrevivencia. Pero ella, una mujer poderosamente creyente, siguió adelante con el embarazo, decisión que tomaron en conjunto con su esposo, Óscar.
Catalina Muñoz Gómez, pintora Foto:Juan Diego Castillo-Ramirez
Nació prematura, de 32 semanas; su peso y su talla se estancaron desde el cuarto mes de embarazo. Las esperanzas eran pocas, tan frágiles como ella. El diagnóstico: incierto y extraño. Inmediatamente, la bebé fue recibida en la unidad de cuidados intensivos y sus padres quedaron desolados.
Así, los especialistas reiteraban un destino que parecía asegurado: por las características y condiciones de bajo peso, talla y malformaciones óseas, además de los complejos problemas de desarrollo y aprendizaje, entre otras muchas razones médicas, definitivamente Cata no viviría más de siete años.
Sin embargo, la pasión, el empeño, la dedicación y la certeza que tuvieron sus padres, Óscar Muñoz y Luz Dary Gómez, desafiaron esos pronósticos médicos.
Pasaron muchísimos días de médicos, de consultas, de llamadas al exterior para buscar respuestas e instituciones que les hablaran más sobre su posible diagnóstico: síndrome de Russell-Silver.
Mientras pasaban los días y las noches en vela, Óscar y Luz Dary se dedicaron a buscar respuestas o tratamientos; se encontraron con aquella conclusión fatal que dictaba que, según los especialistas, basados en lo que se podía investigar y tras la experiencia de los pocos casos existentes en el país, la niña no sobreviviría a los 7 años.
Finalmente se confirmó: padecía del síndrome de Russell-Silver, una enfermedad genética muy rara (afecta a una de cada 100.000 personas en el mundo).
De acuerdo con el Centro de Información sobre Enfermedades Genéticas y Raras de Estados Unidos, “es un trastorno poco común en que hay deficiencia de crecimiento tanto antes como después del nacimiento. Las causas del síndrome son bastante complejas y la causa genética no ha podido ser identificada. Presenta muchas anomalías físicas y problemas de salud, por ello su tratamiento es complejo y especializado para mejorar la calidad de vida o el potencial del paciente”.
A su vez, comenzaron otros problemas: sus huesos eran débiles, la clavícula se fracturó.
Nace una fundación
Su crecimiento fue lento, pero los avances siguieron. Luz Dary y Óscar se turnaban para ir a las sesiones y aprender cada ejercicio, que luego repetían en casa. La intensidad de ese trabajo hizo que Cata lograra ciertas metas: caminar, hablar, respirar mejor. Llegó a los 7 años con progresos, con un nuevo horizonte a la vista.
Pero pasaron unos meses para que eso empezara a ponerse en duda: la niña empezó a convulsionar y su proceso sufrió un grave retroceso en todas las habilidades que había ganado. Se descubrió que la niña tenía, además del síndrome, una compresión medular, un hueso que oprime la base del cerebro. Nuevos estudios determinaron la malformación de Arnold-Chiari, lo que estaba haciendo que perdiera las capacidades que con tanto esfuerzo había ganado.
Catalina Muñoz Gómez, pintora Foto:Juan Diego Castillo-Ramirez
Dejó de comer, de caminar. Cata, según les dijeron a los padres, solo tenía un 2 por ciento de probabilidades de vida. “La niña se va a apagar como una velita”, pronosticaron los médicos.
Unidos, Luz Dary y Óscar empezaron a buscar cirujanos que trataran esa compresión medular. Muchos dijeron que no lo harían.
Luz Dary decidió, entonces, hacer una promesa: si la niña se salvaba, apoyaría la construcción de soluciones de vivienda para población vulnerable, en distintas zonas del país. Así nació la Fundación Catalina Muñoz, inspirada en la vida de la niña, que construye casas por todo Colombia, una historia que ya se ha contado, y que ha generado soluciones habitacionales a más de 20.000 familias en Colombia y ha sido reconocida con distintos premios.
Nace una artista
Después de la cirugía que salvó su vida, el retroceso, el nuevo avance y muchas terapias, finalmente la niña comenzó a avanzar.
Tímidamente comenzó a pintar con una mano. Le compraron lienzos y pinceles. Entonces, Cata entró a talleres porque, a través del arte, podía expresar todo lo que sus palabras no lograban decir.
Poco a poco empezó a llenar las paredes de la casa con sus lienzos, representando a su familia, sus cantantes favoritos, incluso su propia versión de cuadros como Los girasoles, de Vincent van Gogh.
Catalina Muñoz Gómez, pintora Foto:Juan Diego Castillo
En medio de terapias, tras cirugías y atención especializada en colegios que han trabajado en su desarrollo, pasó de los dibujos coloridos a los retratos, el primero de ellos, el de su mamá, que plasmó en un su primer lienzo. Luz Dary ha sido su gran motor e inspiración, por eso se dio cuenta de que, más allá del amoroso retrato, había una habilidad por descubrir y desarrollar.
Comenzó entonces el camino a la expresión de sus emociones pintando a sus seres amados: mamá, hermanos, tíos. Con el apoyo de profesores en su colegio, comenzó el descubrimiento de su propio estilo, lo que su primer profesor, Richard Rodríguez Prada, catalogó como arte figurativo, naif y kitsch, el primero por la figuración infantil de esos primeros y célebres retratos, entre los que pintó también a Juanes, el papa Francisco y personajes de la política.
Luego de sus retratos kitsch pasó a las series florales. Los años, su escolaridad especial y las terapias fueron dando más frutos; Cata siguió adelante superando la dificultad de pintar con una sola mano y comenzó a afrontar cada día un lienzo en blanco con la convicción de que su pintura es su mejor forma de expresión.
El lienzo en blanco
Cuando Cata pinta su semblante cambia. Ella, una niña risueña y amorosa, se sienta y se posesiona como la artista que ya es. El ceño cambia, su concentración se dirige totalmente a ese nuevo proyecto, determina cuál será su próxima obra y comienza, con la orientación de Mery Monsalve, su actual profesora, a delinear los trazos.
Empuña con fuerza y decisión el pincel y en su estudio, adaptado especialmente para sus necesidades, deciden qué técnica y qué formato harán
Todos los martes, sin falta, su estudio se convierte en el lugar íntimo de creación. Colores vivos, cuadros colgados por todas partes de su apartamento, el que comparte con Gilma, su inseparable nana, la mamá y los hermanos que llenan el espacio con sus hijos. Una de sus grandes inspiraciones es la fundación, ha creado muchos cuadros con los voluntarios que ayudan a construir las casas de la obra que lleva su nombre. También ha pintado a Óscar, su padre, quien murió en medio de todo su proceso, hace ya 14 años.
Cata ya tiene más de diez exposiciones a cuestas, cada una de ellas con una evolución pictórica que demuestra no solo el tesón de su trabajo, sino la dedicación semanal de seis horas de pintura con su profesora Mery.
Su obra pictórica
En 2008 hizo su primera pintura en acrílico sobre lienzo con el tema del retrato de su madre; a partir de esa época, la niña inició una larga serie de cuadros de personajes, sobre todo de amigos, familiares y celebridades. En 2010 continuó explorando técnicas y estilos, en 2014 comenzó a tomar clases de pintura orientadas por su madre y otros maestros, para afianzar su talento y el descubrimiento de su estilo como artista.
Catalina Muñoz Gómez, pintora Foto:Juan Diego Castillo-Ramirez
Una de sus creaciones más representativas es su versión sobre Frida Kahlo. “Por los quebrantos de salud, por las terapias y el corsé se identifica con ella”, dice Luz Dary.
“Para mí pintar es felicidad”, dice Cata, “y como todo el mundo debe ser feliz, yo hago lo que me inspira”. Cata habla poco, sonríe siempre, le gusta cantar, pero su pintura es la forma de expresar y mostrar lo que ha vivido, a su familia y su mundo. Hace un par de años comenzó sus exposiciones, una de ellas en la Casa Tafur, en Bogotá, bajo el título ‘Conectando mundos’.
Cuando vino el papa Francisco, por ejemplo, tuvo la oportunidad de entregarle uno hecho a su estilo. Rasgos potentes que muestran la habilidad que ha logrado con años de trabajo al lado de sus profesores y muchas horas de aprendizaje en su taller. Lo mismo hizo con Juanes, a quien conoció cuando cumplió 15 años.
Hoy, a sus 29 años, Catalina Muñoz Gómez dedica la mayor parte de su tiempo a retratar su mundo a través de las pinturas que la han llevado a exponer en distintas galerías. Estuvo invitada por el Banco Interamericano de Desarrollo, en su sede de Washington, a mostrar su obra junto con otros artistas jóvenes en condición de discapacidad, gracias a la gestión de un colectivo japonés que apoyó la iniciativa y la catalogó como “el arte de un diamante en bruto”.
Su más reciente exposición, colgada en la galería Espacio Bel-ART de Bogotá, en noviembre de 2025, preparó una muestra más evolucionada, según sus críticos, gracias a sus pinturas abstractas, a un trabajo continuo para explorar otras opciones, con figuras geométricas que requieren para ella mucha más concentración, manejo de color y texturas. Con ello, Catalina, la pintora, ha demostrado que pasó desde el arte figurativo y naif de sus primeras obras infantiles a una consolidación de una obra más abstracta e introspectiva de creación, donde el momento pictórico se dio como una forma de habitar su propio cuerpo, según la carta de presentación de su exposición titulada ‘Visa artística al interior del ser’.
Cata sonríe frente a sus cuadros, sus profes hablan por ella y explican su avance, mientras tanto, ella, callada y expectante, sigue adelante con su vida y con su obra, esa que delinea todos los martes en su estudio, cuando cambia el colegio, las actividades de la fundación y su vida familiar por los pinceles, cuando asume con seriedad y paciencia ese lienzo en blanco que se convierte en su forma de expresar la felicidad de pintar, su mejor forma de ver y plasmar su mundo interior.
Catalina tiene 29 años, no escribe ni lee, no es necesario, su medio de expresión es la pintura, un don que ha cultivado con disciplina y el apoyo de su mamá, quien vio en su niña esa habilidad desde los 3 años, cuando comenzó a hacer sus primeros dibujos.
CLAUDIA CERÓN CORAL – Especial para EL TIEMPO

















