Una cosa es ser un pionero de la computación. Otra es haber sido una computadora humana. Suena raro, pero así se le conoció a Katherine Johnson, cuya historia es una de las más interesantes de la informática.
Eso de ser una computadora humana suena distópico y un poco a ciencia ficción. Pero hubo una época en la que las ambiciones humanas trascendían las capacidades técnicas del cómputo, así que la única solución era buscar personas que tuvieran un don especial para la matemática y ponerlas a trabajar en tareas que hoy, sin que nos demos cuenta, hacen las computadoras. En cuanto a la distopía, sí, en esta historia hay mucho de eso. Frank Herbert hizo eco del increíble oficio de computadora humana en su novela ‘Dune’, al crear los ‘mentats’.
Pero hay otra vuelta de tuerca. Una cosa es ser un pionero de la informática, y eso está muy bien. Otra es ser una computadora humana, y eso es mucho. Pero algo todavía más difícil y meritorio es haber sido una computadora humana siendo una mujer negra en un mundo de hombres blancos en el sur segregacionista de Estados Unidos.
Jeremy Hansen, Victor Glover, Reid Wiseman, y Christina Hammock Koch, los astronautas de Artemis II. Foto:Nasa.
Diré más: al principio, cuando Johnson fue convocada por la agencia que precedió a la Nasa (llamada National Advisory Committee for Aeronautics, Naca), debía trabajar y comer en salas reservadas para personas de color, como se llamaba, con este epíteto delirante y sintomático, a los afroamericanos.
Ella misma dijo, en un reportaje, que no sufrió mucho en carne propia la discriminación por ser negra, pero porque la tenía enteramente naturalizada. “Así era como era”, dijo, octogenaria y muchas veces premiada, cuando sus ojos volvían a aquellos días de principios de la década del 50. Los ingenieros negros, añadió, la tenían mucho peor. En esa época ni siquiera los contrataban.
Pero Johnson iba a tener que enfrentar y superar no ya una forma de discriminación, sino dos. Las mujeres no eran bien vistas en los lugares de trabajo (salvo como secretarias, al punto de que las primeras computadoras estaban orientadas a ellas). Por ejemplo, cuando la Naca se convirtió en la Nasa y la segregación en espacios separados para trabajar y comer fue demolida (algunos prejuicios tardaron mucho más en desaparecer y otros todavía persisten), a las mujeres no se les permitía asistir a las reuniones operativas. Hasta que Johnson un buen día se plantó y quiso ir. Cuando le dijeron que no, que las mujeres no podían ir, preguntó si acaso había una ley que lo prohibiera. Y como no la había, asistió. Con ese acto, y con los que siguieron, hizo historia.
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Sus cálculos guiaron las naves del primer estadounidense que salió al espacio y a los primeros humanos en pisar otro mundo. Cuando los computadores electrónicos llegaron a la Nasa, John Glenn, el tercer astronauta estadounidense en animarse a ir al espacio, y el primer ser humano en orbitar la Tierra (lo hizo tres veces), exigió que los cálculos de las máquinas fueran verificados por Katherine Johnson antes de subirse a la nave.
Sin embargo, los prejuicios son como la humedad, cuando uno cree haberlos erradicado vuelven a aparecer bajo otra luz. En 1962, cuando la Nasa estaba empezando a plantearse su hasta entonces disparatada brecha de género en el espacio, el mismo Glenn dio un discurso para oponerse a que las mujeres se convirtieran en astronautas. El cálculo era visto como un trabajo femenino (basado en otro prejuicio, que afirma que las mujeres son capaces de ponerle más atención al detalle). Viceversa, ser astronauta era cosa de hombres, no de mujeres. “Es una realidad de nuestro orden social”, sostuvo Glenn en esa oportunidad.
Hoy, y tras la muerte de Johnson en 2020, a los 101 años, el edificio donde trabajaba como computadora humana, donde ahora tienen algunas de las máquinas más poderosas de la Nasa, lleva su nombre. Y las mujeres van al espacio.
Se le conocía como ‘computadora humana’ por la facilidad con la que calculaba. Foto:Getty
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La historia familiar
Creola Katherine Johnson, cuyo apellido de soltera (o sea, el de su padre) era Coleman, nació el 26 de agosto de 1918, en White Sulphur Springs, West Virginia (Estados Unidos). Tenía cuatro hermanos mayores, su madre se llamaba Joylette Roberta y su padre, Joshua. El último, que sería clave en la vida de la computadora humana, fue leñador, granjero y, más tarde, conserje en un hotel de lujo cercano a White Sulphur Springs: el Greenbrier, en las montañas Allegheny.
El padre de Johnson no había terminado la primaria (estudió hasta sexto grado), pero tenía un don: podía sacar cuentas más rápido que nadie. Era capaz de mirar un árbol y en un instante calcular cuántas tablas de madera podrían obtenerse. Ese don pasó intacto a su hija, que desde pequeña mostró una inusual habilidad para la aritmética. En otro contexto, el camino habría sido una soleada jornada hasta la agencia espacial. Pero los esperaban muchos frentes de tormenta.
En esa distopía llamada segregación racial, el condado de Greenbrier no proveía educación a los afroamericanos más allá del octavo grado.
Entrenamientos de Artemis III parar ir a la Luna Foto:NASA/Josh Valcarcel
Así que su padre tomó una decisión que les cambió la vida a todos, especialmente a ella y —como tituló Forbes al día siguiente de la muerte de esta mujer brillante—, también cambió el destino de Estados Unidos en la carrera espacial. Para que sus hijos pudieran recibir una educación, se mudaron a una casa que alquiló en Institute, una comunidad a unos 200 kilómetros de White Sulphur Springs, y desde septiembre hasta junio vivían allí. Repitieron esta rutina durante ocho años, hasta que todos sus hijos terminaron de estudiar.
Katherine Johnson, la menor, entró a los diez años al Colegio Estatal de West Virginia (WVSC, por su sigla en inglés) y se graduó a los 14. Ingresó entonces en la universidad y se graduó a los 18. Esto ocurrió más de 30 años antes de la ley de derechos civiles de 1964, que convirtió en ilegal cualquier forma de discriminación por raza, religión, sexo o nacionalidad en Estados Unidos. Por eso, Katherine debió asistir a lo que en ese país se conoce como “universidades históricamente negras”; instituciones que, en medio de la locura racista, les brindaban educación a los afroamericanos.
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Este era el caso de la WVSC, donde estudió idiomas (que encontraba también fáciles) y matemáticas, guiada por dos mentores que le sirvieron de faros: la química Angie Lena Turner King y William Schieffelin Claytor, el tercer matemático negro que se había doctorado en Estados Unidos. Claytor fue fundamental, no solo porque le permitió asistir a todos los cursos de matemática disponibles (“y algunos más”, según Johnson), sino porque le dijo que su futuro estaba en la investigación matemática. La joven Johnson todavía no sabía de qué se trataba eso, así que se lo preguntó, y Claytor le respondió que tendría que descubrirlo por sus propios medios.
Joshua lo logró y, contra la segregación y las privaciones, les dio una educación a sus hijos. Lo que no sabía era que había puesto en marcha una cadena de eventos que llevarían a su hija menor a calcular la órbita del viaje, hasta hoy, más extraordinario que ha emprendido la civilización, la misión Apolo 11 a la Luna. No diré de la humanidad, porque nuestra especie tiene 350.000 años y me imagino que la migración de los primeros humanos desde el África original hacia el resto del mundo fue el mayor de todos los viajes.
Pero la hija menor de Joshua y Joylette, luego de varios años de dar clases (su madre era maestra), se mudó a Hampton, Virginia, y coincidió con que la Naca estaba contratando matemáticos. Ella se había graduado summa cum laude, se postuló y quedó seleccionada en 1953.
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Seis años atrás se había completado la construcción de Eniac, un gigante que probó que el cálculo podía hacerse electrónicamente, pero faltaba mucho para que tal práctica se popularizara. Cuatro años después, en octubre de 1957, los soviéticos lanzaron el primer satélite artificial de la historia, el Sputnik, como el nombre de la vacuna. Los regímenes en los que solo una persona tiene toda la razón tienden a ser catastróficos para el desarrollo de las ciencias, por lo que la Unión Soviética consiguió comparativamente pocos logros, y el más sonado fue el Sputnik 1; por eso emplearon de nuevo la marca durante el covid-19. En ruso, sputnik significa satélite, y en latín satellite significa compañero, como lo es la Luna de la Tierra.
El satélite soviético causó un sismo político en Estados Unidos. No por la carrera espacial (aunque tendría efectos sobre ella), sino porque el Sputnik fue lanzado mediante un misil balístico intercontinental, el R-7, que había sido probado en agosto. El mensaje era claro. Había que ponerse las pilas, y eso fue lo que hizo el presidente estadounidense Dwight Eisenhower el siete de febrero de 1958, al fundar la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (Arpa), de la que nacerían internet y una cantidad de otras tecnologías que todavía usamos hoy.
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El 1.º de octubre de ese año, el Naca se disolvió y dio paso a la Nasa, que incluyó la investigación en asuntos aeronáuticos, y que se propuso ir al espacio. Para ello se necesitaban lanzadores, es decir, misiles. Eso hizo que Johnson, que hasta entonces había actuado como una computadora humana, empezara a ejercer como especialista en asuntos aeroespaciales.
“Todo esto se reduce a matemática”, dijo en una entrevista, y es así. Ir al espacio requiere de una constelación de tecnologías, pero al final es menester trazar una trayectoria correcta (o la historia terminará horriblemente mal). Esa trayectoria requiere resolver una serie de ecuaciones que toman en cuenta las complejas interacciones de la gravedad, la aceleración, la atmósfera y demás.
En Hollywood
Johnson fue tan extraordinaria en esto que Alan Shepard, el primer estadounidense en ir al espacio, fue encontrado exactamente donde había anticipado la aritmética de la hija del granjero que no había terminado la primaria. Por eso, más tarde, Glenn exigió que Johnson comprobara las trayectorias que habían emitido los primeros computadores electrónicos. Los prejuicios son tan insidiosos que Glenn contaba con las capacidades de una mujer, en la que no confiaba para ser astronauta, para que comprobara los cálculos astronáuticos que había hecho una máquina, pues como era algo nuevo y, por lo tanto, desconocido, le causaba recelo.
Con estos aciertos en su carrera, cuando EE. UU. se preparó para el jaque mate histórico de llevar los primeros hombres a la Luna, Johnson estuvo en el lugar y el momento correctos. Junto con otra mujer, Margaret Hamilton, guió a los hombres a la Luna.
Su participación en un vuelo quizá menos célebre, pero mucho más complejo y dramático, el del Apolo 13, es apenas conocida. Las soluciones que Johnson había desarrollado en años anteriores para navegar usando las estrellas permitieron traer de regreso a los tres astronautas en la nave maltrecha (no tenían suficiente energía para usar la computadora de a bordo sin perder el soporte vital). Y, sin embargo, la película ‘Apolo 13’ nunca la menciona. Aunque Johnson no participó directamente en el rescate y aunque la película se centra en la acción y el suspenso, de todos modos hoy se siente como una ausencia. Lo mismo ocurre con la explicación superficial de cómo se gestó el incidente que causó la catastrófica falla del módulo de servicio.
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Aunque en sus últimos años se convirtió en una celebridad —incluso hoy es muy conocida la escena en la que Barack Obama, en 2015, le coloca la Medalla Presidencial de la Libertad y le da un beso— , la vida de Katherine no fue en ningún sentido fácil, aunque ni perdió la sonrisa ni malgastó su tiempo en rencores.
James Francis Goble, su primer marido, murió de un cáncer de cerebro; tuvo tres hijas con él. Luego se casó con un veterano de la Guerra de Corea, James Johnson, quien fue su compañero durante 60 años, hasta que falleció en 2019, 11 meses antes que ella.
El viaje de la computadora humana fue épico. Una mujer negra con un don extraordinario que nació en el sur segregacionista de EE. UU. y terminó guiando a los hombres a la Luna. Ni forzando las tintas a uno se le ocurriría un argumento más potente.
Este texto fue editado por motivos de espacio.
ARIEL TORRES – La Nación (Argentina)
*Esta es una versión editada del artículo original.

















