La Universidad del Sinú lideró un proyecto académico que integra innovación educativa e investigación científica, con el respaldo de la Universidad de Harvard e investigadores internacionales.
Centro de Felicidad de la Universidad del Sinú. Foto:Cortesía de la institución.
La iniciativa se materializó en dos pilotos de implementación que permitieron validar las bases del ‘Currículo Común de Florecimiento para la Paz’, un programa académico orientado al fortalecimiento de habilidades socioemocionales, la salud mental y la construcción de paz desde las aulas.
Más de 1.100 estudiantes participaron en esta experiencia formativa, a través de la cual adquirieron herramientas científicamente validadas para potenciar su bienestar integral y contribuir a una cultura de paz. El currículo incluyó módulos enfocados en el manejo de relaciones, autocontrol, resiliencia y ‘mindfulness’, entre otros, con un enfoque preventivo y formativo.
María Fátima Bechara, rectora general de la Universidad del Sinú, aseguró que el desarrollo de este modelo marca un hito para la atención y prevención de la salud mental y la construcción de paz en Colombia.
“Este proyecto, respaldado por destacados investigadores internacionales y la Universidad de Harvard, no solo valida su rigor científico, sino que abre el camino para que nuestro país se convierta en un referente en América Latina en innovación educativa para la salud mental y la paz”, agregó.
En entrevista con EL TIEMPO, Andrea Ortega Bechara, vicerrectora de Innovación y Desarrollo y directora del Currículo de Florecimiento Humano, explica cómo esta iniciativa puede transformar la educación, el bienestar juvenil y el futuro del país.
¿Cómo surgió el Currículo Común de Florecimiento para la Paz?
La historia no se puede contar sin regresar al origen del programa Ciencia para la Paz. En ese entonces yo asistía al Congreso Mundial de la IPPA en Estados Unidos y recuerdo que la conferencia de clausura estaba a cargo de Mihaly Csikszentmihalyi, el padre de la psicología positiva. Su discurso fue un llamado de atención que sentí casi como un regaño personal: “¿Dónde están quienes están trabajando por los grandes retos de la humanidad? ¿Quién está atendiendo el hambre, el cambio climático, las guerras?”. Estaba sentada entre el público y algo dentro de mí hizo clic. Entendí que mi propósito no podía quedarse solo en el ámbito educativo, sino que tenía que ser más amplio. Colombia llevaba más de medio siglo en conflicto armado, ¿cómo no dedicar mi vida a intentar aportar, desde la ciencia, a sanar ese dolor? Al día siguiente, le escribí a Mihaly preguntándole por qué no construíamos juntos en Colombia un proyecto que trajera florecimiento humano a poblaciones marcadas por la guerra. Durante meses me dijo que no, hasta que finalmente aceptó. Cuando llegó a Bogotá, accedió a ser cofundador del programa Ciencia para la Paz. Desde entonces fue mi mentor durante siete años, hasta su fallecimiento.
Con el currículo se buscaba cultivar fortalezas humanas como la resiliencia o el perdón. Foto:Cortesía de la institución.
¿Qué buscaban con este programa?
Con Mihaly surgió naturalmente la idea de crear un currículo capaz de llevar la ciencia del florecimiento humano al corazón del sistema educativo. Un currículo que integrara salud mental, habilidades socioemocionales y construcción de paz; que fuera replicable en universidades, colegios públicos y privados, y en cualquier país que buscara sanar o fortalecer su tejido social.
¿Cuál fue el principal desafío para consolidar un modelo académico que integrara estos aspectos?
El mayor reto fue transformar una ciencia que tradicionalmente se estudia en contextos terapéuticos o de investigación en un modelo académico vivo, práctico y emocionalmente significativo. No se trataba de “enseñar felicidad”, sino de cultivar fortalezas humanas profundas, como la resiliencia, el perdón, la regulación emocional, la capacidad de manejar el estrés, el afecto positivo, las relaciones sanas, la atención plena o ‘mindfulness’. Apostarle a una educación positiva que no mira solo las fallas, sino las fortalezas del carácter y que enseña aquello que hace que la vida valga realmente la pena ser vivida. Hoy, ver este currículo consolidado en la Universidad del Sinú es profundamente esperanzador, porque su impacto no se limita a transformar la vida de nuestros estudiantes. Los pilotos que realizamos con más de 1.100 jóvenes formados con un minicurrículo de florecimiento nos demostraron que cuando los docentes también pasan por el proceso, ellos mismos se transforman. Y cuando un maestro cambia, cambia todo el ecosistema.
¿Qué tipo de metodología o evidencia científica respalda los resultados obtenidos?
Este proyecto cuenta con el respaldo académico de Harvard precisamente porque decidimos construirlo con el máximo nivel de rigurosidad científica. Desde el inicio definimos que, si queríamos hablar de florecimiento humano con credibilidad, teníamos que medirlo con la misma seriedad con la que se evalúa cualquier intervención en salud pública o educación basada en evidencia. Por eso desarrollamos dos estudios complementarios. El primero fue un cuasi-experimento por conglomerados, que abarcó 23 proyectos de aula con grupos de entre 40 y 60 estudiantes. En cada clase, nuestro equipo entraba a los salones con tabletas para medir satisfacción, comprensión y percepción de impacto. Además, realizábamos mediciones antes de iniciar el proceso, al finalizar los nueve módulos y nuevamente un mes después, lo que nos permitió evaluar cambios sostenidos. El segundo estudio fue un ensayo clínico aleatorizado, aún más riguroso. Entrevistamos a más de 490 aspirantes y seleccionamos a 150 participantes. Igual que en el primer estudio, aplicamos mediciones previas, posteriores y semanales. Ambas investigaciones siguieron un enfoque cuantitativo robusto y su análisis está hoy en manos del equipo de Harvard y otros expertos internacionales, como el Dr. Zhuo Chen. Los resultados preliminares fueron muy reveladores. En el estudio por conglomerados tuvimos una tasa de retención del 99,5 por ciento, y en el ensayo clínico aleatorizado, que se realizaba en tiempo libre, sin obligación académica, alcanzamos una retención del 94 por ciento en el tercer cuestionario. Cuatro de cada cinco estudiantes manifestaron estar “altamente satisfechos” con cada módulo. Esa combinación de compromiso, continuidad y satisfacción nos confirmó que el currículo no sólo es viable, sino profundamente valorado por los jóvenes.
Menciona la capacidad de retención de los estudiantes durante la fase piloto, ¿qué factores considera claves para este resultado?
La retención del 99,5 por ciento de los estudiantes no se explica por un solo factor, sino por la combinación de varios elementos diseñados intencionalmente. En primer lugar, hubo un compromiso institucional absoluto con la rigurosidad. No es lo mismo enviar un enlace por correo y esperar que los estudiantes respondan cuando puedan, que entrar a cada salón con un equipo dedicado, con tabletas y con el tiempo reservado para que cada joven pudiera participar en las mediciones. Ese nivel de cuidado y acompañamiento transmitió un mensaje muy claro: su bienestar importa, su voz importa y este proyecto es serio. El segundo factor fue la conexión emocional que generó el contenido. Aunque en esta fase piloto cada módulo tenía solo dos horas, los estudiantes encontraron en estos espacios algo que muchas veces no tienen en su vida académica tradicional, un lugar para hablar de sí mismos, de su salud mental, de sus emociones y de su sentido de propósito.
¿Qué aprendizaje les dejo la implementación de la fase piloto?
Cuando se le ofrece a un estudiante un espacio seguro para cultivar su salud mental, sus fortalezas y su bienestar, responde con una disposición enorme. Gracias a esa evidencia, hoy podemos avanzar con confianza hacia el lanzamiento del currículo oficial, compuesto por cuatro asignaturas de 16 semanas, todas sometidas nuevamente a procesos rigurosos de medición, aleatorización y grupos de control y diseñadas por los más destacados expertos a nivel mundial en la temática. En otras palabras, estamos demostrando que la paz y el florecimiento humano también pueden (y deben) construirse con ciencia.
Ahora que anunciaron el currículo, ¿qué resultados esperan tener a largo plazo?
Lanzaremos el currículo completo de 16 semanas en el 2026, con una intervención continua de dos horas semanales a lo largo de todo un semestre y durante 4 semestres. Esperamos ver resultados psicológicos comparables con otros currículos de bienestar que han sido exitosos en el mundo. Pero con un elemento diferencial. Hasta donde sabemos, este es el único currículo que integra salud mental, florecimiento humano y construcción de paz en un mismo modelo. Y aunque lo decimos con humildad, también decimos con convicción que puede convertirse en un referente global.
¿Cómo este currículo se relaciona con la visión de la Universidad del Sinú?
Hoy podemos decir que en la Universidad del Sinú no solo se están fortaleciendo las habilidades socioemocionales de los jóvenes, sino que estamos viviendo una transformación cultural completa con una comunidad educativa que respira salud mental, florecimiento humano y construcción de paz. La Universidad del Sinú ha hecho de la salud mental y la felicidad un sello distintivo: en 2024 abrimos el primer Centro de Felicidad en una institución de educación superior en Colombia, estamos próximos a inaugurar el primer parque dedicado al propósito del mundo (Ikigai) y hemos impulsado la creación del Mural de la Paz, la primera obra en Colombia del renombrado artista y activista de paz brasileño Eduardo Kobra. Todo esto ha ido tejiendo una cultura que trasciende las aulas y que convierte a la universidad en un verdadero laboratorio de paz. El sueño siempre fue tener un enfoque de “escuela total”, donde el florecimiento humano no fuera una asignatura, sino un ecosistema que acompañara a estudiantes, docentes, directivos y colaboradores por igual. Y lo más emocionante es que este modelo no nació para quedarse aquí, pues queremos que sea replicable.
¿De qué forma se articula este modelo con las políticas públicas?
La Ley 2460 de 2025 marca un hito en Colombia porque, por primera vez, el país reconoce de manera explícita que la salud mental y las habilidades socioemocionales deben ser parte estructural de la educación. Ahí es donde nuestro currículo encaja de manera natural. Cada curso que hemos diseñado trabaja una habilidad socioemocional específica. Pero lo verdaderamente importante es que no nos quedamos en la teoría. Una ley puede ordenar que se enseñen habilidades socioemocionales, pero si no existe una metodología clara, medible y replicable, corre el riesgo de quedarse en buenas intenciones. Eso ya lo vimos con la cátedra para la paz. Nuestro currículo hace justamente lo contrario. Operacionaliza la ley; es decir, ofrece una ruta pedagógica concreta, medible y basada en ciencia para enseñar lo que la ley exige.
Además de la implementación total del currículo, ¿qué esperan a futuro del modelo?
Nuestro mayor sueño es poder llevar este currículo mucho más allá de las fronteras de Unisinú. Si algo nos han mostrado los pilotos y la experiencia desde 2016 es que estas herramientas pueden transformar vidas, especialmente en contextos donde la salud mental, la convivencia y el bienestar emocional no siempre han tenido espacio. Nuestra aspiración es expandir la cobertura para que, ojalá, todos los colegios públicos del país puedan acceder a este modelo y a la formación docente que lo acompaña. No basta con enseñar habilidades socioemocionales a los estudiantes; es indispensable transformar también a los maestros, que son quienes sostienen el clima emocional de un aula y acompañan a los niños y jóvenes en los momentos más decisivos de su vida. Creemos profundamente que Colombia tiene todo para convertirse en un referente en educación emocional y construcción de paz. Y si nuestro currículo puede aportar a eso, entonces habremos cumplido la misión para la cual nació Ciencia para la Paz. Nuestro sueño es simple y, a la vez, inmenso: que ningún joven en Colombia tenga que enfrentar solo sus desafíos emocionales por falta de herramientas científicamente validadas. Que cada estudiante, sin importar su origen, pueda acceder a las habilidades que le permitan cuidarse, comprenderse, enfrentar la vida con resiliencia y, sobre todo, tener la oportunidad real de florecer, incluso en medio de las adversidades.
ANGIE RODRÍGUEZ – REDACCIÓN VIDA DE HOY – @ANGS0614
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