Ser el suscriptor más antiguo de EL TIEMPO —y quizá también el columnista— es un título que Fernando Sánchez Torres lleva con orgullo. Hablar de los 115 años de esta Casa Editorial sin mencionarlo a él resulta casi imposible: su vida ha estado ligada al diario incluso desde antes de nacer. Su padre, don Luis, hizo parte de los primeros pasos del periódico. Comenzó como mensajero, pocos años después de su fundación, y más adelante asumió la responsabilidad de la impresión.
“El TIEMPO era como mi segunda casa. Cuando mi padre volvía de trabajar, llevaba el periódico oliendo todavía a imprenta”, cuenta, sentado en un extremo de la sala, rodeado de libros y pinturas de su autoría, entre esas, una de su progenitor.
Ese mismo periódico que su padre llevaba a casa fue con el que aprendió a leer y a escribir, y también el soporte de sus primeros esbozos como artista. «Yo me metía debajo de la cama para copiar las tiras cómicas y dibujar las letras. Mi madre me enseñaba después sus nombres. Así aprendí a leer y a escribir», recuerda.
Entre los recuerdos de su infancia está el olor a imprenta con el que volvía su papá a casa. Foto:Juan David Cuevas Camacho. EL TIEMPO
Don Luis pasaba sus noches trabajando en el diario y, de vez en cuando, llevaba a Fernando consigo. Él observaba todo con fascinación. “Me encantaba ver a los linotipistas y luego todo el proceso de fabricación del periódico, hasta que lo imprimían en la rotativa”.
Conoció todas las sedes de EL TIEMPO, pero hay una en especial que le trae recuerdos: la de la avenida Jiménez. Siendo aún muy joven, Fernando fue testigo de episodios que marcaron el rumbo del país, como el ocurrido el 9 de abril de 1948. Ese día iba camino al colegio cuando los gritos y la angustia se apoderaron de la carrera Séptima. “Mataron a Gaitán”, le dijo una señora. Corrió hacia la calle 14 y alcanzó a ver la sangre en la acera. Luego, cuenta, presenció la muerte de Juan Roa Sierra, el señalado asesino del líder liberal. “Echaron abajo la malla de la droguería, lo sacaron y lo mataron a cajonazo”, relata.
Fernando alcanzó a llegar a la Plaza de Bolívar junto con la ciudadanía enardecida, hasta que comenzaron los disparos. “Me devolví para la sede de EL TIEMPO, ahí fue donde me encerré”.
“Aquella noche se jugaba la suerte del país. El centro de operaciones era la oficina de Roberto García Peña. Por ella desfilaban figuras del Partido Liberal, como Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo y Plinio Mendoza Neira. Lo que se estaba decidiendo era si contaban con la renuncia del presidente Ospina Pérez o si colaboraban con él”, rememora.
Finalmente, “se decidió que el Partido Liberal seguía colaborando con el Gobierno, fue cuando le dieron el Ministerio de Gobierno a Darío Echandía. Yo viví esa noche, esa historia que no conoce el país”.
Fernando Sánchez Torres, además de médico y académico, también es artista. Este es un autorretrato. Foto:Archivo particular
Este no es el único episodio de violencia que guarda en la memoria. En 1954, cuando era presidente de la Federación Médica Estudiantil y lideraba una marcha, fue testigo de una masacre que dejó 13 estudiantes muertos.
Un recuerdo vívido y unos apellidos que no se borran de su cabeza: Pacheco Mora. “Desde la esquina de EL TIEMPO vi la muerte de un estudiante, Pacheco Mora (se llamaba), que iba a cruzar la avenida Jiménez. Pasó corriendo y lo mataron ahí”. Con alivio, añade: “Estoy contando el cuento de milagro, porque también pude haber sido uno de los estudiantes muertos”.
Para Fernando, la sede de EL TIEMPO en la avenida Jiménez concentró dos caras: fue escenario de hechos históricos, pero también de pensamiento. En la esquina, recuerda, se formaba un “hervidero intelectual”, un punto de encuentro donde conversaban figuras como Julio H. Palacios, ‘Chapete’, Juan Lozano y Lozano, Abelardo Forero Benavides y el psiquiatra Edmundo Rico. “Me encantaba escuchar lo que decían”.
Vivir no es solo existir, sino existir y crear
FERNANDO SÁNCHEZ TORRESMédico, académico y artista
Una nueva faceta como columnista
Fernando, cuando aún era estudiante, dio un paso más allá de la lectura y se atrevió a enviar su primera columna de opinión al periódico. La publicó Roberto García Peña, quién guardaba un profundo aprecio por su padre. Desde entonces no ha dejado de escribir —o de “crear”, como él prefiere decir— para defender distintas causas médicas, gremiales y académicas. “Muchos me admiran por ser columnista de EL TIEMPO, porque no hay duda de que es un privilegio”, afirma.
“A través de mis columnas puedo crear. Eso me ha mantenido vivo y ha estimulado mi actividad intelectual. Por eso me identifica tanto la frase de Gregorio Marañón: ‘Vivir no es solo existir, sino existir y crear’”, reflexiona.
En su casa, en el centro-occidente de Bogotá, dos grandes volúmenes color café guardan cientos de columnas publicadas durante décadas. Cada una señala el año en que apareció y refleja la evolución de esta Casa Editorial. Es un legado que Fernando cuida con esmero: páginas que, reunidas, narran una vida ligada al periódico.
Luis, el papá de Fernando, pintado por su hijo. Foto:Archivo particular
Se graduó como médico cirujano y se especializó en ginecobstetricia, una trayectoria que lo llevó a ser director del Hospital San Juan de Dios y del Instituto Materno Infantil. También fue decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, y rector entre 1982 y 1984; además de presidente de la Academia Nacional de Medicina.
“En 1954 me gradué y le llevé el diploma al doctor Eduardo Santos, porque él había sido mi padrino en la universidad”, cuenta y señala con su dedo un retrato con una leyenda que reposa colgado en la sala.
Aquel que dedicó gran parte de su vida a la medicina y a la academia también desarrolló una faceta artística, que se refleja en varios libros publicados. Su obra La violencia está inspirada en archivos de EL TIEMPO.
“Llegué a la conclusión de que el mejor recurso para plasmar mis ideas era leer los registros de actos violentos publicados por EL TIEMPO, sobre todo los gráficos”, explica.
Esta obra sobre violencia la conserva la Universidad Central y la inauguración de la exposición estuvo a cargo del expresidente Juan Manuel Santos.
Fernando Sánchez Torres es quizá el columnista más antiguo de esta Casa Editorial. Foto:Juan David Cuevas Camacho
En todas estas facetas —médico, académico y artista— hay algo que no ha cambiado: su fidelidad a esta Casa Editorial. Lee el periódico sin falta todos los días; es su complemento indispensable para el desayuno, el almuerzo y la cena. El hábito se ha convertido casi en un ritual, en una “necesidad de primera mano”. No en vano lleva cerca de 60 años siendo suscriptor de este diario.
“EL TIEMPO siempre se distinguió no solo por la pulcritud en la impresión, sino por su contenido. Siempre tuvo los mejores columnistas del país, y todavía los tiene”, asegura.
A lo largo de estas décadas, EL TIEMPO ha sido para Fernando una fuente de información y una compañía constante. Está presente en su memoria familiar, en su formación y en su rutina diaria. Habla del periódico con el afecto de quien reconoce en sus páginas una parte de su propia vida. En los 115 años de esta Casa Editorial, el mensaje que le deja es claro: “Que siga su marcha”.
VALERIA CASTRO VALENCIA

















