Moda y país: 115 años de transformaciones de las que EL TIEMPO ha sido testigo

Sandra Paola Real Directora de la revista Aló y Aló.co 30 de enero 2026, 02:48 A.M. Actualizado:30.01.2026 02:49 Al lado […]

Moda y país: 115 años de transformaciones de las que EL TIEMPO ha sido testigo
Sandra Paola Real

Directora de la revista Aló y Aló.co

Al lado de los grandes inventos, los avances científicos y las sacudidas políticas, la moda ha sido una de las expresiones más elocuentes de cada tiempo histórico. No se trata solo de telas, siluetas o tendencias pasajeras: la manera de vestir habla de roles sociales, aspiraciones colectivas, rupturas culturales y nuevos comienzos. En el siglo XX —como en ningún otro— la moda se consolidó como un lenguaje universal capaz de explicar el mundo y a sus protagonistas. Y en Colombia, ese relato ha ido de la mano de la transformación del país mismo.

Durante las primeras décadas del siglo pasado, la moda nacional estuvo marcada por una fuerte dependencia de los centros de poder cultural del mundo. París, Londres y Nueva York dictaban las reglas, mientras sastres y modistas locales replicaban —con oficio y creatividad— las tendencias que llegaban del exterior. Las damas de la sociedad capitalina viajaban o encargaban sus vestidos fuera del país, y la elegancia se medía en clave europea. Sin embargo, en paralelo a esa influencia extranjera, comenzaba a gestarse una industria que sería decisiva para el futuro.

La industria textil en Colombia empezó a gestarse en la segunda década del siglo XX

La industria textil en Colombia empezó a gestarse en la segunda década del siglo XX.

Foto:ARCHIVO EL TIEMPO

En 1907, con la fundación de Coltejer, se dio el primer gran paso hacia la industrialización textil en Colombia. A esta le siguieron Fabricato, en 1922, y otras empresas emblemáticas como Gónima, Everfit y Lafayette, que consolidaron un sector productivo clave para la economía nacional. Figuras como Jesús Gónima, fundador de la sastrería que llevaba su apellido, marcaron época al perfeccionar y popularizar los moldes del traje masculino, adaptando la tradición europea a las necesidades locales.

Entre los años treinta y cuarenta comenzaron a proliferar los primeros almacenes de ropa importada y las réplicas confeccionadas por modistas para una clientela cada vez más amplia. La moda dejaba de ser un privilegio exclusivo y empezaba a permear distintos estratos sociales. Ese proceso se aceleró en la década de los cincuenta, cuando el cierre de importaciones impulsó la producción nacional y fortaleció los talleres de confección en cadena. Al mismo tiempo, el ascenso de la clase media transformó la demanda: ya no se trataba solo del vestido social, sino de un vestuario funcional y estético para la vida laboral cotidiana.

La moda en Colombia estuvo muy influenciada por los centros de poder cultural en el mundo, como París y Nueva York

Foto de 1944 de la diseñadora de alta costura francesa Coco Chanel. La moda en Colombia estuvo muy influenciada por los centros de poder cultural en el mundo, como París y Nueva York.

Foto:AFP

Los años sesenta marcaron un punto de quiebre. Con la difusión del patronaje como herramienta de formación técnica, la confección dio el salto definitivo hacia la industrialización. Surgieron las oficinas técnicas —antecesoras de los actuales departamentos de diseño— y la moda comenzó a entenderse como un proceso estructurado, creativo e industrial a la vez. El gran desfile La moda en el año 2000, realizado en 1966, sintetizó ese espíritu de modernidad: artistas como Enrique Grau y David Manzur imaginaron el vestuario del futuro, mientras emergían las primeras modelos profesionales y las producciones de moda para revistas y periódicos.

La moda que EL TIEMPO impuso

En paralelo a la evolución del vestir en Colombia, EL TIEMPO fue construyendo una mirada periodística pionera sobre la moda, convirtiéndola en un tema de interés público y cultural. Desde 1914, el periódico empezó a incluir secciones dedicadas a la elegancia y el buen gusto. En 1923, con La Página de Modas dentro del suplemento Lecturas Dominicales, aparecieron los primeros reportajes especializados, muchos de ellos traducidos de diarios franceses como Le Figaro. Un año después, la sección pasó a las páginas principales bajo el nombre La Moda al Día, consolidando un espacio informativo que tendría continuidad a lo largo de las décadas.

La cobertura fue innovadora no solo por su contenido, sino también por su forma. La sección de Moda fue una de las primeras en mantener una periodicidad constante, incorporar cabezotes ilustrados y, en los años setenta, publicar fotografías a color. Hacia finales de los años treinta, los lectores esperaban con especial interés la edición dedicada a mostrar cómo se vestían Londres y Nueva York. Más adelante llegaron el Horóscopo de la moda, la crítica especializada con El Toilette de la Semana en 1946 y, en 1967, un espacio exclusivo para la moda masculina. Este recorrido editorial se expandió con el nacimiento de revistas como Carrusel y Aló, publicación que este año cumple 38 años siendo la publicación femenina número uno del país, dos revistas que consolidaron la moda como protagonista permanente del universo periodístico de EL TIEMPO.

Solo a partir de los años ochenta puede hablarse, con propiedad, de diseño de moda en Colombia, y ese proceso no puede entenderse sin el camino recorrido por la industria textil y de la confección desde comienzos del siglo XX. A las primeras textileras, a los talleres de costura y al crecimiento de la clase media, se sumó una nueva generación de creadores que empezó a pensar la moda como una disciplina profesional, con autoría, discurso y mercado.

Creadores con sello nacional aplaudidos en el mundo

A finales de los años ochenta, cuando la moda colombiana empezaba a estructurarse como una disciplina creativa y empresarial, Silvia Tcherassi inició su recorrido desde Barranquilla, abriendo camino en un terreno hasta entonces dominado por referentes extranjeros. Desde 1987, su trabajo marcó un punto de inflexión al proponer una visión sofisticada, contemporánea y profundamente latinoamericana.

Silvia Tcherassi y sus modelos en el desfile de Fucsia.

Silvia Tcherassi y sus modelos en el desfile de Fucsia.

Foto:JAIME GARCIA/EL TIEMPO

Entre ellos, Silvia Tcherassi ocupa un lugar central y excepcional: es la diseñadora colombiana más importante a nivel global. Desde finales del siglo XX, su trabajo logró insertar el diseño nacional en el circuito internacional del lujo, con presencia constante en las principales capitales de la moda y un lenguaje propio que combina sofisticación, sensualidad y una lectura contemporánea de lo latino.

Junto a Tcherassi, otros creadores marcaron ese primer gran momento del diseño colombiano. Amelia Toro, precursora de una elegancia sobria y visión empresarial; Hernán Zajar, quien llevó el glamour caribeño a la alfombra roja; Ricardo Pava, referente absoluto de la sastrería masculina, y Francesca Miranda, que aunque nació en Honduras tiene corazón tricolor y con su propuesta de lujo latino y bridal de alcance global, contribuyeron a definir una nueva manera de crear y pensar la moda desde Colombia.

Modelos lucen las creaciones de la diseñadora Francesca Miranda en Colombiamoda.

Modelos lucen las creaciones de la diseñadora Francesca Miranda en Colombiamoda.

Foto:RAUL ARBOLEDA / AFP

A finales de los años noventa y comienzos del nuevo milenio, el diseño colombiano entró en una etapa de consolidación e identidad. Fue el momento de construir ADN propio, fortalecer la autoría y dialogar con el mercado. Nombres como Jorge Duque, con su enfoque minimalista y arquitectónico; Beatriz Camacho, exponente del lujo femenino atemporal; Adriana Santacruz, con su fusión entre moda contemporánea y saberes ancestrales; la marca Onda de Mar, pionera del swimwear de lujo y el fenómeno global de Agua Bendita, demostraron que era posible crear marcas sólidas, reconocibles y competitivas desde el país.

En la última década, una nueva generación ha consolidado la proyección internacional y el lujo contemporáneo colombiano. Johanna Ortiz se ha convertido en el mayor caso de éxito del diseño nacional reciente; Esteban Cortázar ha construido una carrera global que dialoga con la cultura pop y la herencia latina; Leal Daccarett explora la sastrería desde la reflexión sobre género e identidad; propuestas como Andrés Pajón, Juan Pablo Socarrás, Diego Guarnizo, Manuela Álvarez, Arial 12 ó Alado resignifican el oficio artesanal desde una mirada femenina, mientras creadoras como Lina Cantillo apuestan por un diseño de autor.

Junto a ellos, diseñadores de trayectoria sólida y largo aliento han sostenido el peso cultural del sector. María Elena Villamil, con su investigación textil y Andrés Otálora, con una moda femenina de ADN colombiano y proyección comercial, confirman que el diseño en el país dejó de ser una promesa para convertirse en una industria creativa madura.

A escala global, el siglo XX también fue el de los grandes diseñadores y casas de moda convertidos en figuras públicas y fuerzas culturales. De Coco Chanel a Yves Saint Laurent, de Christian Dior a Cristóbal Balenciaga, de Karl Lagerfeld a Alexander McQueen, sus propuestas transformaron la manera de vestir y, con ello, la forma de habitar el mundo. Gianni Versace convirtió la moda en espectáculo y poder; Jean Paul Gaultier cuestionó los límites del género; Vivienne Westwood llevó la rebeldía y la contracultura a las pasarelas; mientras casas históricas como Gucci y Prada redefinieron el lujo desde la provocación intelectual, el deseo y la reinvención constante.

Desfile de modas en Francia. La moda en Europa y otras partes del mundo no ha dejado de ser relevante como influencia en Colombia.

Desfile de modas en Francia. La moda en Europa y otras partes del mundo no ha dejado de ser relevante como influencia en Colombia.

Foto:AFP

Paralelamente, marcas globales como Ralph Lauren, Calvin Klein, Tommy Hilfiger, Lacoste y Hugo Boss construyeron un nuevo lenguaje de la moda: accesible, aspiracional y profundamente ligado al estilo de vida contemporáneo. Desde la sastrería moderna hasta el casual, estas casas redefinieron la manera de vestir de millones de personas y establecieron códigos reconocibles a escala global. Junto a ellas, firmas como Armani, Burberry y Dolce & Gabbana consolidaron una moda donde identidad, imagen y marca se convirtieron en pilares fundamentales del consumo cultural.

Su impacto trascendió las pasarelas para instalarse en la cultura popular, el deporte, la música y la publicidad, consolidando una idea de identidad que cruzó generaciones y fronteras. La minifalda, el bikini, la incorporación del pantalón en el vestuario femenino y la diversificación de la ropa masculina son solo algunos ejemplos de cómo la moda acompañó —y muchas veces impulsó— cambios sociales profundos, convirtiéndose en un espejo activo de su tiempo.

Prendas que cambiaron la historia

A lo largo del siglo XX, ciertas prendas no solo transformaron la manera de vestir, sino que marcaron hitos sociales, culturales y políticos. El jean, por ejemplo, nació como uniforme de trabajo y terminó convertido en símbolo universal de rebeldía, juventud y democratización de la moda. En Colombia, marcas como Studio F, Chevignon, Tennis y Stop Jeans, entre otras, ayudaron a consolidarlo como pieza cotidiana, urbana y generacional, presente tanto en el trabajo como en el ocio.

El vestido negro, inmortalizado por Coco Chanel en los años veinte, redefinió la elegancia femenina al demostrar que la sobriedad también podía ser sofisticada. En el país, diseñadoras como Silvia Tcherassi, Beatriz Camacho y Manuela Álvarez, entre otras, han reinterpretado esta prenda como sinónimo de lujo silencioso, atemporalidad y diseño de autor.

El vestido de baño también vivió una revolución. Pasó de cubrir casi por completo el cuerpo femenino a celebrar la libertad, el ocio y una nueva relación con el cuerpo. Colombia se convirtió en potencia global del swimwear gracias a marcas como Onda de Mar, Agua Bendita, Maaji, Touché y ahora Sea Salt, que llevaron el diseño local a las playas y pasarelas del mundo.

Una modelo presenta un traje de baño de una marca colombiana durante el desfile de moda Colombiamoda en Medellín, Antioquia.

Una modelo presenta un traje de baño de una marca colombiana durante el desfile de moda Colombiamoda en Medellín, Antioquia.

Foto:AFP / LUIS ACOSTA

La ropa interior, durante mucho tiempo invisible y estrictamente funcional, se transformó en una pieza clave del discurso de la moda. Del corsé restrictivo a la lencería cómoda, sensual y diversa, esta categoría refleja como pocas los cambios en la relación de la mujer con su cuerpo. En Colombia, firmas como Leonisa, Gef, Punto Blanco, Chamela y Bésame lideraron esa transformación desde la industria y el diseño.

El brasier, en particular, marcó un giro profundo en la historia del vestir femenino. Su popularización en el siglo XX acompañó la liberación del cuerpo frente a estructuras rígidas como el corsé, y evolucionó de prenda correctiva a símbolo de elección personal. Marcas colombianas como Leonisa han sido referentes regionales al combinar innovación, funcionalidad y discurso de empoderamiento femenino.

La incorporación de prendas de aire masculino al vestuario femenino, como el sastre, el pantalón de pinzas y la camisa estructurada, representó uno de los cambios más profundos del siglo XX. En Colombia, diseñadores como Ricardo Pava, Jorge Duque y Leal Daccarett resignificaron estos códigos desde la sastrería contemporánea, el género y la identidad, llevando el poder del traje a nuevas narrativas.

El pantalón femenino, en su uso cotidiano, fue también un gesto político. Permitió movilidad, funcionalidad y una nueva relación con el cuerpo. Marcas locales como Tennis, Arkitect y Arturo Calle Mujer ayudaron a normalizar su uso en contextos laborales y urbanos, reflejando los cambios sociales del país.

El pantalón hace parte en la actualidad de la moda femenina, a la par de otras prendas como las faldas y shorts.

El pantalón hace parte en la actualidad de la moda femenina, a la par de otras prendas como las faldas y shorts.

Foto:Fernando Ariza

La minifalda, ícono absoluto de los años sesenta, rompió con décadas de normas sobre el largo y el recato. En Colombia fue adoptada y reinterpretada por generaciones jóvenes y marcas como Studio F, Agua Bendita y diseñadores emergentes, convirtiéndose en símbolo de libertad, juventud y expresión individual.

Los tacones, por su parte, han atravesado múltiples significados: poder, erotismo, estatus y controversia. Desde su uso original masculino hasta su consolidación como emblema de feminidad, han sido celebrados y cuestionados. En el país, marcas como Vélez, Mario Hernández y casas de diseño artesanal han combinado tradición, cuero y modernidad en esta pieza icónica.

La camiseta, especialmente la blanca, recorrió un camino silencioso pero decisivo. Nacida como ropa interior masculina, se transformó en una prenda universal asociada a la juventud, la informalidad y la expresión personal. En Colombia, marcas como Gef y Patprimo la convirtieron en básico indispensable del vestuario cotidiano.

El traje masculino moderno definió buena parte del imaginario del poder durante el siglo XX. Uniforme de políticos, empresarios y profesionales, impuso códigos de autoridad y pertenencia social. En Colombia, nombres como Arturo Calle, Everfit y Ricardo Pava han sido clave en la evolución de la sastrería nacional.

Finalmente, el calzado deportivo, los tenis, cerraron el siglo XX y abrieron el XXI borrando fronteras entre lo funcional y lo aspiracional. De herramientas atléticas pasaron a ser íconos culturales y objetos de deseo. Marcas como Nike, Adidas, Mario Hernández, Vélez y Bosi y propuestas emergentes han dialogado con esta tendencia global, reflejando una moda cada vez más híbrida, cómoda y transversal.

Sandra Paola Real

Directora de la revista Aló

Conforme a los criterios de

Moda y país: 115 años de transformaciones de las que EL TIEMPO ha sido testigo

Loading

Compartir

Deja un comentario

Carrito de compra