Un nuevo estudio de la Universidad de Cambridge y el Instituto Leibniz para la Historia y la Cultura de Europa Oriental (GWZO) reconstruye con una precisión inédita la secuencia de factores climáticos, agrícolas y comerciales que, a mediados del siglo XIV, desembocaron en la llegada de la Peste Negra a Europa. A partir de anillos de árboles y documentos históricos, los investigadores concluyen que una o varias erupciones volcánicas ocurridas alrededor de 1345 detonaron un enfriamiento que provocó una crisis agrícola en el Mediterráneo.
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Para evitar hambrunas y disturbios, las repúblicas marítimas italianas activaron rutas de comercio que, sin saberlo, también transportaron el agente causante de la peste.
“Esto es algo que he querido entender durante mucho tiempo”, afirmó el profesor Ulf Büntgen, del Departamento de Geografía de Cambridge. “¿Cuáles fueron los impulsores del inicio y la transmisión de la Peste Negra, y cuán inusuales fueron? ¿Por qué ocurrió en este momento y lugar exactos de la historia europea? Es una pregunta fascinante, pero nadie puede responderla por sí solo”.
El equipo combinó datos climáticos de alta resolución con crónicas y registros medievales para reinterpretar las conexiones entre clima, comercio y enfermedad. Según su reconstrucción, el material procedente de los Pirineos españoles muestra anillos conocidos como Blue Rings, señales de veranos excepcionalmente fríos y húmedos en 1345, 1346 y 1347. Un año frío no es extraordinario, pero tres consecutivos sí lo son. Documentos de la época mencionan además una nubosidad inusual y eclipses lunares oscurecidos, indicios adicionales de actividad volcánica.
Del hambre evitada al contagio inadvertido
El enfriamiento repentino arruinó cosechas en buena parte del sur de Europa. Sin embargo, Venecia, Génova y Pisa lograron evitar la hambruna importando grano desde la región del mar de Azov, controlada entonces por los mongoles de la Horda de Oro. “Durante más de un siglo, estos poderosos estados italianos habían establecido rutas de comercio de larga distancia por el Mediterráneo y el mar Negro, lo que les permitió activar un sistema sumamente eficiente para evitar la inanición”, explicó el historiador Martin Bauch. “Pero, en última instancia, este sistema conduciría inadvertidamente a una catástrofe mucho mayor”.
Los barcos que transportaban el grano probablemente llevaban también pulgas infectadas con Yersinia pestis. Aunque el origen exacto del patógeno permanece sin resolver, análisis de ADN antiguo sugieren un reservorio natural en roedores de Asia central. Una vez en los puertos mediterráneos, las pulgas se convirtieron en vectores ideales para que la bacteria saltara de sus hospedadores —en su mayoría roedores, aunque también animales domésticos— a los seres humanos. La expansión fue rápida y devastadora: entre 1347 y 1353, la Peste Negra mató a millones de personas en Europa, con zonas donde la mortalidad alcanzó el 60 %.
Atlas del siglo XIV, atribuido a Abraham Cresques. Foto:Bibliothèque Nationale de France
La huella de aquella tragedia aún es visible. “En tantas ciudades y pueblos europeos se puede encontrar alguna evidencia de la Peste Negra, casi 800 años después”, señaló Büntgen. “Aquí en Cambridge, por ejemplo, Corpus Christi College fue fundado por habitantes del pueblo después de que la plaga devastara la comunidad local”.
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El estudio también sugiere que grandes ciudades italianas como Milán y Roma quizás no fueron afectadas, “aparentemente porque no necesitaban importar grano después de 1345”, apuntó Bauch. Este vínculo entre clima, hambre y rutas comerciales podría iluminar otros episodios de peste en la historia.
Una advertencia desde el pasado para un mundo globalizado
Los investigadores describen la secuencia de eventos como una “tormenta perfecta” de factores climáticos, agrícolas, sociales y económicos. Y advierten que, aunque la coincidencia de condiciones pueda parecer excepcional, la probabilidad de que enfermedades zoonóticas surjan en un contexto de cambio climático y se transformen en pandemias aumenta en un mundo globalizado. “Esto es especialmente relevante dado nuestra experiencia reciente con la Covid-19”, afirmó Büntgen.
Para enfrentar futuras amenazas, concluyen, será necesario un enfoque holístico que incorpore las lecciones que ofrece la historia sobre la interacción entre clima, sociedad y enfermedad.
REDACCIÓN CIENCIA

















