El mundo ha entrado en una nueva etapa de su relación con el agua. No se trata, advierte un nuevo informe de Naciones Unidas, de una crisis pasajera ni de una presión temporal sobre los recursos, sino de una condición estructural: la “bancarrota hídrica global”.
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Así lo plantea el reporte Quiebra mundial del agua: vivir por encima de nuestros medios hidrológicos en la era posterior a la crisis, que describe un escenario marcado por la sobreexplotación crónica de aguas subterráneas, la degradación del suelo y de los ecosistemas, la deforestación, la contaminación y el calentamiento global.
El diagnóstico es directo y poco habitual en el lenguaje de la gestión del agua. Según el documento, conceptos ampliamente usados como “estrés hídrico” o “crisis del agua” ya no alcanzan para describir la realidad de muchas regiones del planeta. En su lugar, el informe propone hablar de bancarrota: un estado posterior a la crisis, caracterizado por pérdidas irreversibles de capital natural y por la imposibilidad de volver a los niveles históricos de disponibilidad de agua.
“Este informe dice una verdad incómoda: muchas regiones están viviendo por encima de sus medios hidrológicos, y muchos sistemas hídricos críticos ya están en bancarrota”, afirma el autor principal, Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH), conocido como “el centro de pensamiento de la ONU sobre el agua”.
El informe recurre a una metáfora financiera para explicar el problema. En términos simples, muchas sociedades no solo han gastado en exceso sus “ingresos” anuales de agua renovable —provenientes de ríos, suelos y nieve—, sino que también han agotado sus “ahorros” de largo plazo: acuíferos, glaciares, humedales y otros reservorios naturales. El resultado es visible en acuíferos compactados, hundimiento de tierras en deltas y ciudades costeras, desaparición de lagos y humedales y pérdidas irreversibles de biodiversidad.
Cuando el agua ya no puede recuperarse
El documento se basa en un artículo revisado por pares publicado en la revista Water Resources Management, que define formalmente la bancarrota hídrica a partir de dos condiciones. La primera es la extracción persistente de aguas superficiales y subterráneas por encima de los flujos renovables y de niveles seguros de agotamiento. La segunda es la pérdida irreversible, o excesivamente costosa de revertir, del capital natural asociado al agua.
No todos los países o cuencas están en bancarrota hídrica. Foto:iStock
En contraste, explica el informe, el “estrés hídrico” describe una presión elevada pero todavía reversible, mientras que la “crisis hídrica” alude a choques agudos que pueden superarse. La bancarrota, en cambio, implica haber cruzado umbrales que ya no permiten un retorno al pasado.
El informe se publica en la antesala de una reunión de alto nivel en Dakar, Senegal, destinada a preparar la Conferencia de la ONU sobre el Agua de 2026, que será copresidida por Emiratos Árabes Unidos y Senegal. Aunque no todos los países o cuencas están en bancarrota hídrica, Madani advierte que “suficientes sistemas críticos en todo el mundo han cruzado estos umbrales”. Además, subraya que estos sistemas están interconectados a través del comercio, la migración, las retroalimentaciones climáticas y las dependencias geopolíticas, lo que altera de forma fundamental el panorama de riesgo global.
El reporte destaca cuatro ideas centrales:
- La primera es que el agua no puede protegerse si se interrumpe o daña el ciclo hidrológico, el clima y el capital natural que la produce.
- La segunda es que el agua atraviesa fronteras políticas e ideológicas, y puede convertirse en un puente para generar confianza y cooperación en un mundo fragmentado.
- La tercera sostiene que invertir en agua también es invertir en la mitigación del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la desertificación.
- Y la cuarta plantea que un énfasis renovado en el agua podría reactivar negociaciones internacionales hoy estancadas, conectando necesidades locales urgentes con objetivos globales de largo plazo.
Un planeta “en rojo”
A partir de bases de datos globales y evidencia científica reciente, el informe presenta un panorama estadístico contundente, atribuido mayoritariamente a la acción humana. La mitad de los grandes lagos del mundo ha perdido agua desde comienzos de la década de 1990, afectando directamente a una cuarta parte de la humanidad. Cerca del 50 % del agua doméstica global proviene hoy de aguas subterráneas, y más del 40 % del agua de riego se extrae de acuíferos que se están drenando de forma sostenida. Siete de cada diez grandes acuíferos muestran descensos de largo plazo.
La mitad de los grandes lagos del mundo ha perdido agua desde comienzos de la década de 1990. Foto:iStock
En los últimos 50 años, la humanidad ha perdido alrededor de 410 millones de hectáreas de humedales naturales, un área casi equivalente a la de la Unión Europea. Más del 30 % de la masa glaciar global se ha perdido desde 1970, y decenas de grandes ríos ya no llegan al mar durante parte del año. Muchos sistemas fluviales y acuíferos llevan más de medio siglo extrayendo más agua de la que se repone.
Las consecuencias humanas son igualmente amplias. El 75 % de la población mundial vive en países clasificados como hídricamente inseguros o críticamente inseguros. Alrededor de 2.000 millones de personas viven sobre suelos que se están hundiendo, con descensos de hasta 25 centímetros anuales en algunas ciudades. Cerca de 4.000 millones de personas enfrentan escasez severa de agua al menos un mes al año, y más de 170 millones de hectáreas de tierras irrigadas están bajo estrés hídrico alto o muy alto.
El impacto económico también es significativo. La pérdida anual de servicios ecosistémicos de los humedales se estima en 5,1 billones de dólares, mientras que el costo global de las sequías asciende a unos 307.000 millones de dólares al año. Al mismo tiempo, 2.200 millones de personas carecen de acceso a agua potable gestionada de forma segura, y 3.500 millones no cuentan con saneamiento seguro.
“Millones de agricultores están intentando producir más alimentos a partir de fuentes de agua cada vez más reducidas, contaminadas o que desaparecen”, advierte Madani. “Sin transiciones rápidas hacia una agricultura inteligente en el uso del agua, la bancarrota hídrica se propagará rápidamente”.
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El informe insiste en que una región puede sufrir inundaciones un año y, aun así, estar en bancarrota hídrica si las extracciones de largo plazo superan la recarga. “La bancarrota del agua no tiene que ver con cuán húmedo o seco parece un lugar”, señala Madani, “sino con equilibrio, contabilidad y sostenibilidad”.
Desde esta perspectiva, la declaración de una bancarrota hídrica global no implica un impacto uniforme en todas partes, sino que suficientes sistemas, en distintas regiones y niveles de ingreso, se han vuelto insolventes y han cruzado umbrales irreversibles como para constituir una condición a escala planetaria.
“La bancarrota del agua también es global porque sus consecuencias viajan”, explica Madani. Cuando la escasez afecta a la agricultura en una región, los efectos se propagan a los mercados, la estabilidad política y la seguridad alimentaria en otras.
De la gestión de crisis a la gestión de bancarrota
El reporte llama a un “reinicio” de la agenda global del agua. Advierte que el enfoque actual, centrado en agua potable, saneamiento y mejoras incrementales de eficiencia, ya no es suficiente en muchos contextos. En su lugar, propone una agenda que reconozca formalmente la bancarrota hídrica, eleve el agua en las negociaciones climáticas, de biodiversidad y desertificación, y utilice herramientas como la observación de la Tierra, la inteligencia artificial y modelos integrados para su monitoreo.
Cerca de 4.000 millones de personas enfrentan escasez severa de agua al menos un mes al año. Foto:Archivo El Tiempo
En términos prácticos, gestionar la bancarrota hídrica implica prevenir más daños irreversibles, reequilibrar derechos y expectativas a una capacidad de carga degradada, apoyar transiciones justas para comunidades cuyos medios de vida deben cambiar y transformar sectores intensivos en agua como la agricultura y la industria.
El informe subraya que la bancarrota del agua no es solo un problema hidrológico, sino también una cuestión de justicia social y política. Las cargas recaen de manera desproporcionada sobre pequeños agricultores, pueblos indígenas, residentes urbanos de bajos ingresos, mujeres y jóvenes, mientras que los beneficios del sobreuso han tendido a concentrarse en actores más poderosos.
“La bancarrota hídrica se está convirtiendo en un motor de fragilidad, desplazamiento y conflicto”, afirma Tshilidzi Marwala, subsecretario general de la ONU y rector de la Universidad de las Naciones Unidas. “Gestionarla de forma justa —asegurando que las comunidades vulnerables estén protegidas y que las pérdidas inevitables se compartan de manera equitativa— es ahora central para mantener la paz, la estabilidad y la cohesión social”.
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Madani coincide en que el desafío exige franqueza y voluntad política. “La gestión de la bancarrota requiere honestidad, coraje y decisión”, señala. “No podemos reconstruir glaciares desaparecidos ni reexpandir acuíferos severamente compactados. Pero sí podemos evitar más pérdidas de nuestro capital natural restante y rediseñar las instituciones para vivir dentro de nuevos límites hidrológicos”.
Lejos de ser un mensaje de resignación, el informe se presenta como una llamada a la transformación. “Declarar la bancarrota no es rendirse”, concluye Madani. “Es empezar de nuevo. Al reconocer la realidad de la bancarrota hídrica, podemos tomar finalmente las decisiones difíciles que protejan a las personas, las economías y los ecosistemas. Cuanto más demoremos, más profundo será el déficit”.
REDACCIÓN MEDIOAMBIENTE

















