La ciencia moderna sigue sin ponerse de acuerdo frente a uno de los artefactos más intrigantes de la arqueología antigua: la llamada batería de Bagdad. A casi noventa años de su hallazgo, un nuevo estudio experimental ha reavivado el debate al proponer que este objeto, datado entre los siglos I y III de nuestra era, no habría sido una simple celda electroquímica rudimentaria, sino un dispositivo de dos celdas conectadas en serie, capaz de generar más de 1,4 voltios, una potencia muy superior a la atribuida hasta ahora. Sin embargo, para varios especialistas, la explicación eléctrica sigue sin ser convincente.
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El objeto fue descubierto en 1936 durante excavaciones en Khujut Rabu, a pocos kilómetros de Bagdad, en capas correspondientes al período parto. Consistía, según las descripciones, en una vasija de cerámica sin esmaltar que contenía un cilindro de cobre sellado con asfalto y, en su interior, una varilla de hierro suspendida sin tocar las paredes metálicas. La forma del conjunto llevó al entonces director del Museo de Irak, Wilhelm König, a sugerir en 1938 que podía tratarse de un “elemento galvánico”, una hipótesis que desde entonces ha oscilado entre la fascinación científica y el escepticismo académico.
La batería de Bagdad se debate entre la electroquímica y la magia ritual. Foto:Cortesía Alexander Bazes
Uno de los críticos más influyentes de esa idea fue el químico alemán Gerhard Eggert, quien analizó el artefacto desde una perspectiva histórica y electroquímica. En su estudio, Eggert sostuvo que, aunque es posible generar una diferencia de potencial al sumergir dos metales distintos en un electrolito, el diseño del objeto no permitiría una corriente estable ni útil durante un tiempo razonable.
Según su análisis, los ácidos orgánicos disponibles en la antigüedad —como jugos fermentados o líquidos ácidos naturales— serían demasiado débiles para sostener reacciones significativas, y la construcción sellada del cilindro de cobre impediría la entrada de oxígeno, lo que reduciría rápidamente la corriente a niveles despreciables. Para Eggert, la explicación más probable es que se tratara de un contenedor ritual o mágico, posiblemente destinado a albergar textos, bendiciones o conjuros escritos en materiales orgánicos.
Esa interpretación contrasta de manera directa con el estudio publicado en enero de 2026 en Sino-Platonic Papers por el investigador independiente Alexander Bazes. Tras una reconstrucción detallada del artefacto, Bazes afirma haber identificado un elemento clave que habría sido pasado por alto en experimentos anteriores: el papel activo de la vasija de cerámica.
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Según su propuesta, el dispositivo funcionaría como dos baterías en una. La celda “interna” estaría formada por la varilla de hierro y el recipiente de cobre con un electrolito ácido, mientras que la celda “externa” aprovecharía la porosidad de la cerámica y la presencia de soldadura a base de estaño para crear una batería metal-aire, en la que el oxígeno del ambiente actuaría como cátodo.
En esta configuración, ambas celdas quedarían conectadas en serie, lo que permitiría alcanzar un voltaje superior a 1,4 voltios. De acuerdo con los experimentos descritos, esa energía sería suficiente para provocar efectos visibles y “útiles”, como la electrólisis del agua, el burbujeo de gases, el grabado de superficies metálicas o procesos de electrocorrosión. Bazes sostiene que este resultado constituye la evidencia más sólida hasta ahora de que en el Cercano Oriente antiguo pudo existir un conocimiento práctico —aunque no teórico— de la electroquímica, casi dos milenios antes de los experimentos de Alessandro Volta.
El planteamiento, no obstante, está lejos de cerrar la discusión. En un análisis publicado por Chemistry World, el propio Bazes reconoce que su interpretación no convence a todos los especialistas. Algunos arqueólogos señalan que la ausencia de otros dispositivos eléctricos, de aplicaciones tecnológicas documentadas o de referencias escritas a procesos electroquímicos en la Antigüedad debilita la hipótesis de la batería. Para ellos, el objeto podría haber servido para fines simbólicos o rituales.
William Hafford, arqueólogo de la Universidad de Pensilvania y curador del Penn Museum, ha estudiado fragmentos del artefacto —hoy desaparecidos tras su custodia en un museo iraquí hasta 2003— y se muestra escéptico frente a la idea de una batería funcional. Hafford señala que hallazgos similares en la región, incluidos recipientes con múltiples cilindros de cobre anidados, apuntan más bien a dispositivos de carácter mágico. En ese contexto, el procedimiento habría consistido en introducir una oración o maldición escrita en papel, sellar la vasija con betún y enterrarla como parte de un ritual dirigido a divinidades del inframundo.
De manera llamativa, el propio Bazes no descarta del todo una función ritual. Aunque su estudio demuestra que el objeto podría haber funcionado eficazmente como batería, propone que esa capacidad energética pudo emplearse para “corroer ritualmente” una plegaria enrollada alrededor de la varilla de hierro, ofreciendo una evidencia visual de que una fuerza invisible había actuado sobre ella.
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Así, lejos de resolver el enigma, los nuevos experimentos han profundizado la controversia. La batería de Bagdad sigue oscilando entre dos mundos: el de una posible tecnología electroquímica adelantada a su tiempo y el de un objeto ritual cuya forma, interpretada con ojos modernos, alimenta una de las discusiones más persistentes entre la arqueología, la química y la historia de la ciencia.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medioambiente y Salud
@CaicedoUcros

















