La opinión de la opinión ha arrastrado al mundo a una bruma silenciosa pero letal que hunde cada vez más la información en pozos que parecen imposibles de explorar. Esta opinadera es lo que alimenta hoy las redes sociales, la inteligencia artificial y esto ha generado que las líneas que separan la mentira y la verdad se borren. Juan Gabriel Vásquez, en su libro Esto ha sucedido, disponible en librerías nacionales a partir del primero de febrero, explora cómo hemos llegado a este punto, a través de una recopilación de columnas que publicó desde el 2020 en periódico El País, de España.
A modo de diario, uno de los mejores escritores de 2025, según el mismo medio, repasa la guerra entre Ucrania y Rusia, recuerda algunos problemas ocasionados por Trump y analiza la política colombiana. Esto ocurre en un año en que las elecciones presidenciales parecen —según el escritor— adueñarse de la agenda, mientras Facebook, Instagram, TikTok, X y otras redes sociales se apoderan de los criterios de la ciudadanía
Vásquez también lanza su libro en uno de los encuentros intelectuales más importantes de Latinoamérica: El Hay Festival Cartagena, que se desarrollará desde mañana jueves hasta el 1.º de febrero. En el encuentro, el novelista de Los nombres de Feliza participará en seis charlas, en las que platicará con Leila Guerriero, Leonardo Padura, Javier Cercas y Philippe Sands.
Juan Gabriel Vásquez narra la vida de la artista Feliza Bursztyn en su última novela. Foto:Federico Bottia
¿Todo el mundo puede opinar?
No. No todas las opiniones valen lo mismo. Uno de los asuntos contemporáneos que más me interesa es la guerra que los nuevos plutócratas de la tecnología –Elon Musk y Mark Zuckerberg–, aliados con populistas, sobre todo de extrema derecha, como Trump o Bolsonaro (aunque ya no esté en el poder), le han declarado de manera muy explícita al periodismo. A ambos les interesa un mundo desorientado, en el que todas las ideas, por chabacanas o descabelladas que sean, valgan lo mismo. Porque en ese mundo, donde todo es posible, donde cualquiera puede opinar sobre cualquier cosa sin conocimiento, sin información y sin datos, se produce un efecto de desorientación que facilita la manipulación de la gente.
La opinión de que la Tierra es plana, la de que las vacunas son una conspiración de Bill Gates, o incluso la de que la mujer que murió tiroteada hace un par de días estaba agrediendo con su vehículo a los agentes del ICE, existen, están ahí, pero no deberían tener la misma credibilidad ni el mismo impacto en una sociedad informada que las opiniones responsables de un periodista. Y, sin embargo, el debate existe. A pesar de que las cámaras muestran lo que muestran, se sigue discutiendo “qué fue lo que pasó”. Y eso es nefasto para nuestra conversación democrática.
Esa frase que tanto le gusta repetir a Elon Musk –“el periodismo eres tú”– no es verdad. El periodismo exige otras cosas que no tienen todos los que opinan en las redes sociales. Exige responsabilidad, jugarse una reputación, un código de valores que sí tienen los periodistas de verdad. No hace falta tener un diploma de periodismo para ser periodista, pero sí hace falta una relación ética profesional. Nos corresponde a los ciudadanos hacer valoraciones, emitir juicios e identificar qué opiniones merecen más crédito que otras.
Durante un tiempo fue muy popular la idea de que internet nos permitiría eliminar la verticalidad de la información, que todo el mundo participaría por igual en la conversación social y que se desplazaría a los grandes medios periodísticos, vistos como vendidos al elitismo y al capitalismo. Era una idea muy atractiva y habría sido maravilloso que funcionara, pero no funcionó. Nos corresponde defender un periodismo responsable, que se juega el pellejo y entender, sin ambigüedades, que no todas las opiniones valen lo mismo.
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¿De dónde sale el interés por recopilar sus columnas en un libro?
Un novelista también es un ciudadano y, como tal, tiene la posibilidad –no el deber– de intervenir en el debate público. Es muy difícil hacerlo, porque no hay dos maneras más distintas de explorar el mundo que la del novelista y la del opinador de prensa. Una novela es un vehículo para ir hacia mundos que no se conocen; se escribe desde la incertidumbre y desde la duda. En cambio, el periodista escribe desde un breve momento de certidumbre, escribe porque tiene algo claro. ¿Por qué hacerlo? Yo también me lo pregunto.
Esto no suele traer más que problemas, enemistades, y a veces pienso que sería más sabio dedicarme solamente a la ficción como forma de explorar el mundo. Pero vivimos, desde hace varios años, tiempos muy raros, en los que nuestras sociedades desprecian cada vez más la importancia de diferenciar la verdad y mentira. Defender cierto tipo de conversación pública –pensamientos y razonamientos complejos, que vaya más allá de los 140 caracteres, que les abra los brazos a los grises, a los matices, a la complejidad del mundo– es algo que el artículo de opinión aporta. ¿Para qué sirve? Tampoco lo sé. Si realmente sirviera para algo, el plebiscito por la paz no se habría perdido, porque la inmensa mayoría de los columnistas colombianos lo apoyaban. Está por verse cuál es el impacto de una columna de opinión larga y compleja sobre la realidad.
El libro va a salir en el año de las elecciones de Colombia…
Es completamente intencional. Esas elecciones van a ser cruciales, no solo por el momento político del país, sino porque coinciden con un momento muy particular de mis años de vida adulta. Nunca me había parecido que el orden mundial estuviera tan amenazado y que la democracia estuviese tan en riesgo. Eso empezó a hacerse evidente alrededor de 2016, cuando inventamos el término “posverdad” para tratar de entender lo que estaba ocurriendo. Por eso propongo, con la publicación de todos los artículos que he escrito desde entonces, pensar el mundo que ha surgido de esta nueva relación que tenemos con la verdad y la mentira, con la desinformación, con nuestra manera de entender qué es el periodismo, qué es la política, para qué sirven los políticos y qué debería ser un buen político.
Juan Gabriel Vásquez. Foto:Laura Morales
Todas esas preguntas son las que el libro pone sobre la mesa, a partir del análisis de los casos que conozco mejor: el colombiano, el francés –porque he vivido muchos años en Francia– y el norteamericano, que también conozco muy bien. Más allá de eso, el libro está dividido, como explico en el prólogo, a partir de mis obsesiones. Mis obsesiones son, trágicamente, pocas, y eso les sirvió a mis editoras para estructurar el libro en secciones. Hay una sección dedicada a la verdad y la mentira, otra a la violencia y la memoria, y otra a la literatura y las artes. En cierto sentido, las tres van a jugar un papel importante en nuestras reflexiones de cara a las próximas elecciones. Yo quisiera que los colombianos fueran capaces de elegir a alguien que no sea violento ni predique la violencia, que no sea mentiroso ni elogie o favorezca la mentira como forma de estar en el mundo. Todo eso suena sencillo, pero es terriblemente complicado. Y eso es, en el fondo, lo que quiero proponer con estas columnas.
¿Con el paso de los años se cambia de opinión?
Cuando decidí publicar este libro, tomé también la decisión de no editar mi propio pasado. Es decir, de no arreglar lo que ya había opinado para quedar un poco mejor hoy, ni de corregir las cosas en las que me equivoqué. Me interesaba, de verdad, que la lectura del libro fuera la experiencia de ser testigo de estos cinco años en los que han pasado más cosas que en el siglo pasado. Han sido cinco años muy cargados, y quería que el libro pudiera leerse más o menos como un diario de ese tiempo. Por eso respeté lo que pensé en cada momento: no lo escondí, no lo maquillé y, desde luego, no lo reescribí. Me doy cuenta, con un poco de preocupación, de que no me equivoqué demasiado. Mis opiniones, que en su momento me parecieron pesimistas –yo soy de temperamento más bien pesimista–, resultaron ser correctas, incluso clarividentes. Dejé en el libro todo lo que pensé en cada momento, incluso en los casos en los que la realidad hubiera podido demostrar que me equivocaba, porque me interesaba que el lector viera también lo difícil que es ser testigo de un mundo cambiante y tan inasible.
En torno a esas opiniones hay, además, momentos coyunturales muy importantes, como el estallido de la guerra de Rusia contra Ucrania, y muchos otros. Incluso escribo sobre Crimea, sobre las tensiones políticas y sobre la posibilidad de la bomba nuclear. Todo eso forma parte de ese intento de dar cuenta, sin correcciones retrospectivas, de lo que fue pensar y escribir en medio de un mundo que se estaba transformando a una velocidad vertiginosa.
Juan Gabriel Vásquez, autor de ‘El ruido de las cosas al caer, en la edición 2018 del festival. Foto:Cortesía del festival.
¿Cuál es el momento más importante de la historia sobre el que ha opinado?
La actualidad me parece tan urgente porque veo la confluencia de muchas cosas de una importancia enorme. Creo que, dentro de cincuenta años, cuando se analice históricamente lo que está ocurriendo, veremos con mucha probabilidad que la guerra en Ucrania, la catástrofe en Gaza y esta alianza –o conspiración– entre los plutócratas y los populistas forman parte de un mismo entramado. Son escenarios que se comunican entre sí, que son al mismo tiempo causa y consecuencia unos de otros, de maneras profundamente perversas. Más que preguntarnos qué ha sido lo más relevante que ha pasado, lo verdaderamente importante es nuestra capacidad de ver las conexiones entre hechos que a primera vista parecen separados, pero que en realidad forman parte de una misma crisis internacional. Una crisis que tiene que ver, en el fondo, con el intento muy claro de ciertos actores por destruir el orden democrático que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, y que constituye una de nuestras grandes conquistas históricas.
¿Cómo ve el periodismo en la actualidad?
El libro es una declaración de admiración por los periodistas que están sosteniendo el edificio para que no se derrumbe bajo la presión de los enemigos de la verdad. A veces da la impresión de que estamos haciendo mal la tarea de cuestionar la realidad, pero cuestionarla se vuelve cada vez más complejo. El desafío es cada vez mayor porque se cruzan muchas competencias: económicas, de supervivencia, de opinión, de idiosincrasia. Por eso, cada vez siento más admiración y más respeto por los buenos periodistas, muchas veces desde los medios tradicionales –aunque no únicamente desde allí–. Me parece que hoy hacen su trabajo en condiciones cada vez más difíciles, con menos recursos, bajo mayor persecución y presión constante.
Todo esto ocurre gracias a una propaganda sistemática impulsada por los enemigos del periodismo: nuevamente Trump, Milei, Bolsonaro, y también figuras como Musk y Zuckerberg. Esa ofensiva ha sembrado en la ciudadanía una desconfianza absurda y lamentable hacia el periodismo. Cuando Milei incita a una multitud a gritar “periodistas hijos de puta”, o cuando Trump afirma que “los periodistas son el enemigo público”, se crea una presión enorme. Hoy, la única resistencia que se ha enfrentado a Trump, a Daniel Ortega, Netanyahu, Putin, Musk, ha sido el periodismo. Es el lugar en el que yo veo la resistencia a esos impulsos y fuerzas que buscan destruir las instituciones democráticas y el orden internacional.
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El libro habla de arte y literatura. Es un respiro al pesimismo…
La literatura, la pintura, la escultura son espacios en los que se filtran nuestras insatisfacciones, no solo como personas privadas, sino también como ciudadanos. Son lugares donde nos hacemos preguntas que no se formulan de otras maneras y donde, con mucha frecuencia, se dicen verdades que no están presentes en otros discursos, como el político. Por eso se convierten en espacios de enorme valor. Las sociedades, cuando atraviesan momentos convulsos –y en particular cuando esos procesos vienen acompañados de violencia–, producen arte. Los grandes estallidos artísticos ocurren en momentos de la historia en los que el mundo está sumido en el caos, en los que los seres humanos sufren enormemente, o en los que se viven transformaciones radicales. ¿Por qué? Tratamos de lidiar con nuestras ansiedades, incertidumbres y preguntas. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora.
Los grandes novelistas y artistas –como Doris Salcedo en Colombia– están tratando de abrir espacios que nos permitan llegar a verdades más profundas que las que circulan en el discurso social dominante. Un discurso que hoy está atravesado por la distorsión, la desinformación y la mentira. El arte hace cosas valiosas, las ha hecho siempre, pero hoy lo estamos viendo con una claridad especial.
¿Qué opinión lo ha metido en problemas?
El inventario es grande. Como todo el mundo, he perdido amigos, roto relaciones y sufrido calumnias y ataques, como le ocurre siempre a quienes opinan en Colombia. Por eso decía antes que tal vez sería sabio dedicarse únicamente a la escritura de novelas. Sin embargo, ese no es mi temperamento. Dejé de escribir columnas de opinión después de siete años para El Espectador, en 2014, y en ese momento creí que nunca volvería a hacerlo. Pero la realidad termina jalándolo a uno otra vez, como la mafia a Al Pacino en El Padrino: te vuelve a atraer, te vuelve a meter adentro. La mirada periodística sobre el mundo es algo que no se puede apagar; no es un interruptor que se pueda desconectar.
¿Qué deberes tiene la juventud en esta época?
Sé que esto es más idealista de lo que puedo permitirme, pero me gustaría ver a la gente cerrando sus redes sociales como una forma de rebeldía y de decir: “Yo no puedo hacer parte de esto”. Lo que está ocurriendo está destruyendo nuestras democracias. Uno de los grandes pioneros de la inteligencia artificial y de las nuevas tecnologías en los años noventa decía que cerrar las redes es la única manera de obligar a las plataformas a cambiar su modelo de negocio, para que no sigan lucrándose de la destrucción de nuestra convivencia y de nuestros valores democráticos. Todos tenemos una responsabilidad, pero para mí es más intensa en el caso de la gente joven. Lo que me gustaría pedirles es un poco de rebeldía. Rebeldía frente a la manipulación a la que estamos siendo sometidos todos por parte de las nuevas tecnologías.
MARÍA JIMENA DELGADO
Periodista de Cultura
@Mariajimena_delgadod

















