Casi 42.000 días de ediciones impresas. Millones de noticias digitales. Más de 881.000 trinos desde el 2007; 43 1.000 publicaciones en Instagram… Los números de los 115 años de EL TIEMPO dan cuenta de la magnitud de un trabajo informativo que ha registrado los grandes hechos del siglo XX y del nuevo milenio en Colombia y en el mundo. Esto quiere decir dos guerras mundiales; al menos dos revoluciones –la rusa (1917) y la cubana (1959)–; varias guerras civiles –la española, entre ellas, en 1936–; una Constitución, la de 1991; tragedias como la del volcán Nevado del Ruiz, de 1985, o el tsunami de 2004; y dos pandemias (la de la gripe española y la del covid-19, en 2020), entre muchas más.
Pero la historia, por supuesto, no pasa callada; se hace sentir y hace ruido. Cuando no es así, los riesgos son grandes, porque atropella, y para eso están los medios de comunicación y los periodistas: para contar lo que pasa, para hacerla visible, para dejar razón, con frecuencia de la sinrazón. Ya en 1964, el cantautor Paul Simon reconocía los peligros de la falta de comunicación. Ese año dio a conocer la que es, sin duda, una de las grandes canciones del siglo XX: Los sonidos del silencio (The sounds of silence), una oda contra el materialismo y la incomunicación humana.
Pero así como el gran compositor estadounidense recurría a ese oxímoron, dado que une dos términos aparentemente opuestos, el editor de Opinión de EL TIEMPO, Luis Noé Ochoa, quien con el editor de la revista MOTOR, José Clopatofsky, son las personas que más llevan en la nómina de este diario, –48 años, Luis Noé, y Clopa (como le dicen todos sus colegas), 59–, tiene su propia versión, no de la canción, sino de cómo han ido cambiando los sonidos en EL TIEMPO.
Rotativas EL TIEMPO
Foto:
Su interpretación es tal vez más bella o, para ser precisos, más pertinente, porque él habla de la música de EL TIEMPO para referirse a esa banda sonora que ha acompañado a este diario en sus 115 años de historia. Y esta reflexión no se refiere solo a la forma como transcurre la cotidianidad de un periódico que nació un 30 de enero de 1911, con una edición de 300 ejemplares y cuatro páginas, sino también a la forma como EL TIEMPO ha sido testigo y protagonista de la historia de Colombia y cómo sus periodistas y directores le han tomado el pulso y han sido capaces de escuchar ese atronador ruido que ha sido la realidad colombiana a lo largo de este siglo y tres lustros.
El golpe del plomo
Esta “serenata de ruidos” comienza, para Luis Noé, con el sonido de las máquinas de linotipos. Durante décadas, prácticamente hasta los años setenta, EL TIEMPO se hizo con estos artefactos inventados en Alemania a finales del siglo XIX por Ottmar Mergenthaler, mediante los cuales una persona escribía en un teclado parecido a una máquina de escribir y eso se convertía en una línea completa de texto escrita en plomo.
Eso fue lo que encontró Luis Noé cuando entró a trabajar en EL TIEMPO, en 1978. “En ese entonces, una de las tradiciones que había cuando uno ingresaba a la nómina era que los linotipistas, en esa época teníamos 14 máquinas, le entregaban a uno el nombre escrito en los tipos de plomo, yo todavía lo conservo”, dice, y lo saca de su escritorio. Como los tiempos cambian, hoy el plomo se usa para otras cosas, y la entrada a la nómina se formaliza con un carnet que tiene un chip, probablemente de silicio.
Y ese ruido era grande, fuerte, metálico, industrial. Con ese sonido de fondo se logró una de las tantas chivas o noticias exclusivas que ha tenido este periódico y que, 58 años después, forma parte de los hitos y leyendas de la redacción. De acuerdo con Luis Noé, esa chiva fue el asesinato de Robert Kennedy, el 5 de junio de 1968. “La noticia se dio a conocer a la 1 de la mañana. Creo que fue el director (Roberto García Peña) quien estaba escuchando una radio de onda corta (en términos de hoy, como un Spotify, que permitía oír emisoras de radio de otras partes del mundo). A esa hora no había nadie en el periódico, que funcionaba en la tradicional esquina bogotana de la carrera 7.ª con calle 13, pero muchos vivían cerca y otros estaban todavía en los bares de los alrededores. No fue difícil ubicarlos”. El caso es que, en poco tiempo, se logró reunir el personal necesario: diseñadores, fotógrafos, linotipistas, operarios de las impresoras y repartidores, y el periódico llegó a las calles con la noticia de la muerte del precandidato presidencial estadounidense.

Lasa rotativas son la parte más ruidosa del periódico, pero su velocidad hace la diferencia para que la información llegue a todo el país.
Foto:
Las máquinas de escribir
Clopatofsky, que durante 10 años fue editor de Deportes, señala que este diario creó la Vuelta a Colombia. Según él, el evento nació en 1951 como una idea de varios periodistas del diario, entre ellos Guillermo Pignalosa y el ciudadano inglés Donald W. Raskin. Al proyecto se unieron algunas de las empresas más importantes del país y esa primera carrera arrancó el 5 de enero de 1951, frente a la sede de El TIEMPO, en la Jiménez. “La Vuelta a Colombia era un evento que paralizaba al país. La radio se desarrolló a su lado, porque con la prensa escrita eran los únicos que podían contar lo que estaba pasando. Era un cubrimiento fantástico. En los que me tocaron, íbamos dos redactores, dos fotógrafos y dos camionetas. Había que madrugar mucho e irse temprano al pueblo donde iba la caravana. Nos tocaba reservar el teletipo de Telecom para poder transmitir antes de que llegaran nuestros colegas”, dice Clopa.
El director de la revista MOTOR no olvida a su maestro, Humberto Jaimes, editor deportivo durante varias décadas, quien tuvo que cubrir los Olímpicos de Múnich en 1972. A Jaimes le ocurrió lo mismo que muestra la película Septiembre 5, estrenada en Netflix a finales del año pasado. Ese filme cuenta cómo los reporteros de deportes de la cadena ABC tuvieron que transmitir el se cuestro y posterior asesinato del equipo israelí de lucha en los Olímpicos de 1972. A Jaimes le pasó igual, pero además tenía una vista privilegiada frente a los hechos porque estaba alojado en uno de los edificios contiguos al sitio donde ocurrió la toma de la sede olímpica.
Otro evento en el que Clopa tuvo la fortuna de ser pionero fue el Tour de France, en 1983. En esa primera vez, pagó todas las novatadas posibles. “Nos habían dicho que teníamos todas las facilidades para hacer el cubrimiento: transporte, salas de prensa con máquinas de escribir, etc. Y yo llegué confiado, sin nada, solo con una libreta y mi cámara. Pero no había ni bus ni máquinas. Me tocó asociarme con un francés que quería entrar al Tour, pero no tenía licencia, entonces quedamos en que él me llevaría como nuestro conductor. Como no tenía máquina de escribir, me tocaba ir al Telecom de Francia y dictar, sin posibilidad de editar, no tenía ni papel ni nada de referencia, de tal manera que no podía saber lo que se estaba escribiendo, obviamente en Bogotá nos tenían que editar”.
“En ese entonces, una de las tradiciones que había cuando uno ingresaba era que los linotipistas le entregaban a uno el nombre escrito en los tipos de plomo, yo todavía lo conservo”.
Otra noticia que impactó a Colombia y a la redacción fue el terremoto de Popayán, un 31 de marzo de 1983, Jueves Santo, a las 8:12 de la mañana. Ya para ese tiempo, el ruido persistente en la redacción, o la música de fondo, era el de las máquinas de escribir, que podríamos describir como un golpe sistemático, suave pero firme, no tan ensordecedor y tal vez más rítmico, en ocasiones acompañado de una campana que advertía que se había llegado al final de la línea y había que devolver el rodillo.
“Ese día –dice Luis Noé– tradicionalmente no circulaba periódico e inicialmente no se pensó en hacer una edición especial. Pero, para muchos, en esa época el periódico era casi o más importante que su casa y veníamos incluso sin que nos tocara. EL TIEMPO era como parte de la vida de los que trabajábamos aquí. Se decidió hacer la edición y llamamos a Yamid Amat y a Juan Gossain para que nos ayudaran con la promoción en radio. Al poco rato comenzó a llegar gente. No olvido al periodista Jesús Medina, que justo estaba saliendo de su casa con su familia para un paseo. Se devolvió a recoger un sombrero y le sonó el teléfono (en esa época era de disco y no tenían identificador de llamadas). ‘Mijito, terremoto en Popayán, te necesitamos’, le dijo el director. A los pocos minutos, Chucho estaba en la redacción, todavía con el sombrero y diciendo: ‘Dejé a mi familia, se acabó el viaje, pero ¿qué hay que hacer?”.
Hacia el mediodía salió la edición extra y, como suele suceder con estos productos, el enlace más débil en esta cadena es la distribución, de manera que, como ha ocurrido en varias ocasiones, a los periodistas les tocó salir a la calle a vender un producto cuya programación solo responde a los caprichos del destino y de la historia.

En una edición extra del periódico EL TIEMPO el enviado especial Ángel Vargas logra captar a un hombre halando a una mujer entre el lodazal y las piedras que consumieron a Armero. Foto: EL TIEMPO
Foto:
Lo mismo ocurrió con la edición extra que se hizo cuando un atentado terrorista en Nueva York derrumbó las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001. Martha Soto, editora de la Unidad Investigativa, lo recuerda como un momento de esos en los que todo el periódico confluye en una sola causa y se rompen las fronteras invisibles que marcan la división por secciones que tienen todas las redacciones. En esos momentos, eso es secundario. El vértigo de ser testigos y de alguna manera notarios de la historia, lo cual no es poca cosa, se impone. “En esos instantes, los editores de EL TIEMPO muestran su casta. Yo ya estaba en la Unidad Investigativa, pero me uní al equipo que estaba haciendo el especial desde lo que sabía. Luego todos nos fuimos a venderlo a las calles; hicimos el ciclo completo del periodismo. Me fui al aeropuerto y me acuerdo que vendí unos ejemplares en dólares. Pero eso mismo lo viví hace pocos días, con lo de Nicolás Maduro, el 3 y 4 de enero de este año. Si antes eran las ediciones extra, ahora son las transmisiones en vivo: empezamos a las 2:43 de la mañana Ana María Rodríguez, corresponsal en Caracas, y Eduard Soto. Al poco tiempo se unió Camilo Castillo, subeditor internacional, y yo llegué a las 6:30 con el editor general, Ernesto Cortés, y terminamos como a las 2 de la tarde. Ese día el tráfico se catapultó porque la gente confía en el periódico para ese tipo de información”.
Otra ocasión en la que Soto tuvo que pensar fuera de la caja y salir del entorno de la Unidad Investigativa fue cuando colaboró en la elaboración del extra que se hizo con la muerte de Gabriel García Márquez, el 17 de abril de 2014. Ese día, EL TIEMPO —es inevitable la obviedad del símil que sigue— “vivió una jornada macondiana”. Fue tal vez una broma póstuma del autor de Cien años de soledad, periodista de profesión, porque se cayó el internet. “Fue una lección muy grande de periodismo puro y duro –recuerda Martha–. Estábamos incomunicados y el reto era sacar la edición extra”.

Andrés Mompotes Lemos, director de EL TIEMPO, en las trasmisiones de la maratón #PazElectoral
Foto:
Es que en periodismo la velocidad con que ocurren los hechos hace que todas las precauciones que se tomen sean insuficientes. Ese día, uno de los primeros problemas por resolver era algo tan sencillo como la compra del pasaje del enviado especial a México, y como el tiempo apremia y el deber llama, varios periodistas, entre ellos Martha, ofrecieron su tarjeta de crédito. Luego estaba el reto de completar la información que faltaba teniendo en cuenta que ya para ese tiempo internet era el principal medio de comunicación y Google, la memoria colectiva.
A Martha le encargaron la misión de hacer la noticia de la muerte, mientras el resto del equipo ajustaba las crónicas sobre su biografía, su literatura, el impacto de sus obras y las reacciones. “Yo recuerdo que llamé a mi novio y le dije que no tenía absolutamente nada, y él me dijo: ‘¿Y tú cómo hacías antes periodismo?’. Y eso fue lo que puse en práctica: a echar teléfono y a contactar a la gente. Logramos sacar la edición haciendo periodismo de antaño”.
Pero también es importante agregar que, desde la Unidad Investigativa, Martha ha estado en la primera línea de algunas de las noticias gruesas que han sacudido a Colombia. Entre ellas estuvo el famoso proceso 8.000, en el cual los dineros del narcotráfico lograron permear la campaña, del entonces presidente Ernesto Samper. Entonces, EL TIEMPO y otros medios fueron protagonistas al revelar los detalles de ese escándalo. “Desde la Unidad Investigativa comenzamos a publicar las piezas procesales que dejaron ver la magnitud de lo que estaba enfrentando el país.
Como reportera, yo tuve que hacer los acercamientos a Santiago Medina, quien se convertiría en una de las piezas centrales de esa denuncia, y de primera mano escuchaba sus declaraciones. Pero de pronto nos dimos cuenta de que estábamos trabajando como islas (Política tenía una información, Justicia otra y la Unidad otra). Entonces, el editor general nos reunió y dijo: ‘Comiencen a trabajar en equipo’. Cuando empezamos a intercambiar información y a hacer esa coordinación, nos dimos cuenta de que teníamos casi todo el expediente. En el momento en que bajamos los linderos de las secciones, EL TIEMPO comenzó a liderar una de las investigaciones más importantes sobre la corrupción en Colombia”.
También estuvo la época del narcoterrorismo, con Pablo Escobar, a comienzos de los años noventa, cuando muchos medios de comunicación, especialmente El Espectador, El Colombiano y también EL TIEMPO, estuvieron amenazados. Ese clima de miedo y amenazas sacó lo mejor del periodismo colombiano y mostró toda su casta. Martha lo dice sin titubear: “Fue una época muy buena del periodismo, en donde no había fronteras porque lo importante era salvar a Colombia, el terrorismo nos tenía prácticamente arrodillados. Incluso llegamos a intercambiar información con otros medios que eran la competencia”. Fue un modelo de periodismo que se convirtió en ejemplo para el mundo.
Otra historia que marcó al país y que Martha ayudó a revelar fueron los ‘falsos positivos’, término que acuñó la Unidad Investigativa para denominar ese horrible crimen de hacer pasar por guerrilleros a víctimas inocentes. “Cuando nosotros hicimos esa denuncia, que daba cuenta de un episodio ocurrido en Bogotá, la primera reacción del gobierno de ese entonces fue calificar de falsa la noticia, en una alocución presidencial. Fue un momento difícil, pero tuvimos el respaldo del periódico y, dos meses después, la Fiscalía confirmó, en una rueda de prensa, nuestra información”, concluye Martha.
Hoy por hoy,
la redacción de
EL TIEMPO vive las noticias de manera simultánea en el mundo real y en
el mundo virtual.
Se trabaja con un formato híbrido, dado que el periodismo se puede hacer desde cualquier parte
del planeta y en tiempo real.
El ruido de internet
Para ese momento, los sonidos de fondo en la redacción eran otros. A comienzos de los 90, era un zumbido sutil que indicaba que se estaba habilitando la conexión a internet. El golpeteo de las máquinas de escribir se cambió por el de los teclados de los computadores, más sutil, sin campanita de advertencia.
Poco a poco, y a medida que la tecnología se fue renovando, los decibelios fueron bajando. Gabriel Meluk, editor de Deportes, tiene una anécdota sobre las distancias tecnológicas que existían hace casi tres décadas. “Para el Mundial de Francia de 1998, el periódico envió a un grupo de cinco periodistas para hacer el cubrimiento. Para mí fue un shock ver el atraso tecnológico en el que estábamos. Llegamos con unos computadores Tandy (la marca desapareció a comienzos de 2000) que pensábamos que era lo último en guaracha. Pero al llegar allá encontramos que no funcionaban. Entonces, nos dijeron: váyanse donde los compañeros de La Nación, de Argentina, que están en tal hotel, a ver si ellos los pueden ayudar. Cuando llegamos, encontramos que había un equipo como de 90 personas y el hotel lo tenían dividido en dos pisos, uno para dormir y en el otro montaron una redacción. Lo que nos dijeron los ingenieros argentinos era que nos habían mandado con unos computadores de la Rusia de los 50”.

Bogotá, 17 de julio del 2025. En entrevista con EL TIEMPO, Juan David Riveros, Abogado de Keralty habló con Martha Soto y Jean Catalán de Unidad Investigativa, sobre las EPS. Foto: John Pérez, El Tiempo
Foto:
Afortunadamente, en la última década, la tecnología ha dejado de ser un problema y la transición hacia el mundo digital es cada vez más frenética, aunque el periódico impreso sigue siendo un activo importante.
Esta combinación entre el mundo digital y el analógico facilitó ejercicios como el que vivió Meluk durante el inolvidable Mundial de Brasil en 2014. “A ese mundial también fuimos cinco periodistas y la gran sorpresa para nosotros era que en todos los estadios prácticamente jugábamos de locales. Entonces, la línea que nos dieron era que, además de los análisis, el cubrimiento de los entrenamientos y los partidos, teníamos que mostrar las historias de la gente, averiguar cómo había hecho tanta gente para llegar allá. Encontramos personas que no tenían dónde dormir y se inventaban cosas raras, como dormir en zonas públicas o en carros donde alquilaban el puesto. Eso fue tan loco que decidimos hacer un extra para el partido que se jugó en Fortaleza contra Brasil (4 de julio de 2014). Lo imprimimos en un periódico de esa ciudad y fuimos nosotros los que nos encargamos de repartirlo a los hinchas. Nos instalamos en las rutas de acceso a los estadios para entregar los periódicos”, recuerda Meluk.
De los tiempos en los que la redacción comenzó a convivir con el internet, Jineth Bedoya, editora de Género del periódico y directora de la Fundación No Es Hora De Callar, resalta el cambio de chip que tuvieron que hacer los periodistas del diario, dado que esta nueva herramienta hizo que no fuera necesario esperar hasta el otro día para dar una chiva. Fue así como, en su condición de periodista especializada en el conflicto, permitió que El TIEMPO le contara primero al país las muertes del comandante en jefe de las Farc, ‘Alfonso Cano’, el 4 de noviembre de 2011, y del jefe militar de la misma organización, Víctor Julio Suárez Rojas, alias Mono Jojoy, ocurrida el 10 de septiembre de 2010.

Redacción periódico EL TIEMPO 2023
Foto:
“Cuando mataron a ‘Alfonso Cano’, yo acababa de llegar del Tolima, donde estaban haciendo las operaciones. Una de mis fuentes me dijo que habían logrado cercarlo. ‘Es cuestión de horas para que caiga’, me comentó. Estuve todo el día esperando la noticia hasta que a las 7 de la noche me llamó y me dijo: ‘Ya cayó’. Me fui a la oficina del editor del periódico y le comenté. Luego me senté y escribí la nota muy rápido. Ese era un momento en el que nuestro portal digital apenas estaba cogiendo fuerza. Envié el texto al portal del puntocom, pero en ese momento el editor me dijo que solo lo publicaría si tenía el 100 por ciento de la confirmación. Fue muy fuerte porque esa discusión fue en el escritorio del responsable de la web. Solo era cosa de espichar un botón para dar la chiva. No olvido el dedo tembloroso del editor del puntocom esperando la orden. Como yo tenía completa certeza de que eso era verdad, no me pude contener y le empujé el dedo al editor y mandé la nota. Inmediatamente, los otros medios comenzaron a citarnos y a decir que estábamos dando la noticia de la muerte del jefe guerrillero. Solo una hora después, el Ministerio de Defensa confirmó la noticia; fueron los 60 minutos más largos de mi vida”.

Foro día de la mujer, no es hora de callar con Jineth Bedoya y la Brigadier General Olga Patricia Salazar de la Policía.
Foto:
Pero en las páginas de EL TIEMPO también pasa la historia del mundo y en ese sentido Eduard Soto, actual editor del impreso, con 33 años en el periódico, ha tenido que dar cuenta de noticias que van desde la caída de Maduro hasta la de las Torres Gemelas. “En esa época, a comienzos del nuevo milenio, los periodistas no veníamos tan temprano a la redacción, llegábamos más bien después de las 9:30 de la mañana. En un primer momento, como que no entendíamos qué estaba sucediendo, era muy difícil comprenderlo. Inicialmente se pensó que era una avioneta. Pero cuando se estrelló el otro avión, todos entendimos que era otra cosa, que era intencional. En ese momento, comenzamos a correr todos a la redacción y se decidió que debíamos hacer un extra. Nos dividimos en dos equipos: uno que se encargó del extra y otro que se enfocó en la edición del día siguiente. Básicamente, el equipo de Justicia se encargó de hacer esa primera edición”.
Otro recuerdo clave para Soto fue la reacción ante la muerte de Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016, el hombre que gobernó con mano de hierro a Cuba durante 50 años. “Eso fue un viernes amanecer de sábado. El equipo internacional acababa de cerrar la edición de domingo. Yo ya estaba en mi casa, acostado, y me comenzó a sonar el celular. Todavía no había WhatsApp y, cuando vi las llamadas, eran de la corresponsal en La Habana, Milagros López, diciendo que Raúl Castro acababa de salir en televisión nacional para informar que Fidel Castro había muerto. Lo primero fue hacer que la web incluyera la noticia. Luego vino una conversación con los jefes Roberto Pombo y Andrés Mompotes para saber qué hacer a esa hora, porque ya era tarde para hacer un extra y también para cambiar la edición. Entonces, los jefes tomaron una decisión muy sabia: hacer una edición extra e incluirla en el periódico que se iba a repartir. La condición era que debíamos terminar la edición a las 4 de la mañana para que pudiera montarse en el periódico normal”.

Stephany Echavarría, editora de Internacional y Eduard Soto, editor de Impreso, durante la maratón #PazElectoral
Foto:
Soto también recuerda con simpatía otro momento histórico, al menos para los católicos del mundo: la elección del primer Papa latinoamericano en más de 2.000 años de historia, el 13 de marzo de 2013. “Eso fue como a las 2 de la tarde, todos estábamos mirando las pantallas de televisión, pendientes de la noticia. Cuando salió el cardenal que hizo el anuncio, al comienzo como que no entendimos qué decía, pero luego comprendimos que el elegido era el cardenal argentino. La redacción estalló en júbilo, como si la Selección hubiera metido un gol”.
Los sonidos del silencio
En la última década, especialmente después de la pandemia del covid-19 en el 2020, poco a poco se ha ido instalando el silencio en la redacción, sobre todo porque, al igual que en todo el mundo, la forma de concebir el trabajo cambió de manera fundamental y se demostró la tremenda versatilidad de las herramientas digitales (internet, redes sociales y teléfonos celulares).
Hoy por hoy, la redacción de EL TIEMPO vive las noticias de manera simultánea en el mundo real y en el mundo virtual; se trabaja con un formato híbrido, dado que el periodismo se puede hacer desde cualquier parte del mundo, sin exagerar, y en tiempo real. Mientras tanto, en el edificio de la avenida El Dorado, ahora se pueden experimentar sin problema los sonidos del silencio, y el ruido de fondo es una onomatopeya: un clic.
ANDRÉS ORLANZO ZAMBRANO DÍAZ
Conforme a los criterios de

















