Düsseldorf, una ciudad en el oeste de Alemania, siempre ha tenido un paisaje sonoro y visual marcado por su estrecha relación con las fábricas y la industria pesada. Es gracias a eso que los sonidos mecánicos, metálicos, repetitivos y futuristas se han entrelazado con el ruido hasta convertirse en parte de la sensibilidad musical de quienes habitan este lugar.
De allí nacieron pioneros en el uso de sintetizadores y tecnología en los setentas, que sentaron las bases para géneros como el techno y el electro como Kraftwerk. Ahora, es de esta misma ciudad, una de las cunas de la música electrónica, rica en arte, moda y vanguardia, de donde vienen los GrandBrothers.
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Erol Sarp es el pianista del dúo, mientras que Lukas Vogel es el ingeniero de sonido. En el escenario, Erol toca un piano de cola inmenso del que salen cables y chispas, y Lukas, del otro lado, reverbera, estira y retuerce los sonidos que emergen del gran instrumento. Juntos crearon un proyecto en el que la música clásica y la electrónica conviven.
EL TIEMPO conversó con el dúo sobre su proceso creativo, la energía de los diferentes públicos y su lugar de origen.
Su música parte de un piano modificado, pero también incorpora elementos electrónicos. ¿Cómo equilibran lo orgánico y lo digital en su proceso creativo?
El dúo suizo-alemán que sorprendió a varios por sus sonidos electrónicos. Foto:Carol Gómez
Diría que nuestro proyecto, en general, es una combinación de las cosas que cada uno sabe hacer mejor de manera individual. Ambos tenemos una formación clásica, un background muy ligado al piano. Desde niños tocábamos piano.
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Pero también nos interesaba mucho la música electrónica, una música que viene más del club, por decirlo de alguna manera. Para nosotros siempre fue importante poder combinar esos dos mundos. Al comienzo, el proyecto no era tan electrónico como lo es ahora; ese cambio se dio especialmente durante el último año. Siempre se trató de probar cosas, de experimentar, de tomar el piano como fuente sonora y colocarlo en un contexto distinto.
No queríamos que fuera simplemente alguien tocando piano y otra persona haciendo sonidos suaves con sintetizadores muy básicos. Queríamos crear algo que, al inicio, fuera incluso expresionista, no tanto en lo musical sino en la manera de aproximarnos a la música. Estuvimos muy influenciados por compositores como John Cage, o por artistas como Hauschka, que toman el piano y lo usan de maneras distintas, lo sacan de su contexto tradicional. Eso fue muy inspirador para nosotros: probar, equivocarnos mucho y, a través de ese proceso, encontrar nuestra propia voz.
Pasaron de trabajar exclusivamente con piano modificado a incorporar sintetizadores y beats. ¿De dónde surge ese cambio?
Creemos que ese cambio viene mucho de la experiencia en vivo, de los conciertos. Por ejemplo, cuando tocamos en festivales, frente a mucha gente, con una energía muy alta, y vemos a la gente moverse, bailar… eso nos gusta mucho.
Queríamos que esa energía también estuviera en la música. Por eso fue un paso natural soltar ese concepto tan estricto que teníamos al inicio, donde solo usábamos sonidos del piano, e incorporar sonidos electrónicos. A veces esos sonidos son más poderosos, y los beats que podemos hacer ahora son mucho más energéticos.
Los conciertos y la energía del público fueron una inspiración clave para movernos en esa dirección.
Ustedes han tocado en festivales de música clásica y en clubes y festivales. ¿Sienten que el público reacciona distinto?
Sí, definitivamente. Se nota mucho la diferencia según el lugar. En un festival de música electrónica, por ejemplo, casi puedes estar seguro de que la gente va a pasarla bien, porque va con la intención de bailar, de divertirse. Desde el inicio sientes una conexión con el público.
En los clubes pasa algo parecido, aunque a veces necesitamos un par de canciones para que la gente empiece a moverse y a bailar.
En los festivales clásicos, donde también hemos tocado bastante, es distinto. La principal diferencia es que el público suele estar sentado. A veces algunas personas se levantan y bailan, pero en general el público es menos expresivo, al menos desde nuestra experiencia. Existe esta tradición de guardar silencio: no toser, no hacer ruido, no interrumpir. Es una forma distinta de vivir la música.
En nuestros conciertos, en cambio, nos encanta cuando el público participa: cuando alguien grita, se levanta, baila. Eso nos da mucha seguridad en el escenario, nos llena de energía.
¿Se imaginan tocando en festivales de electrónica más convencionales, como Tomorrowland?
Hemos tocado en muchos festivales. Nuestra música no es exactamente convencional, así que no sabemos si encajaría en un festival como Tomorrowland; quizá no sea el espacio más adecuado. Pero disfrutamos mucho todos los festivales electrónicos a los que nos invitan.
La gente va a esos festivales por varios días, solo a estar ahí, a celebrar, a bailar. Estar en el escenario y ver a miles de personas bailando es increíblemente inspirador.
¿La forma en que intervienen el piano y la tecnología se conecta con esa idea de crear sus propias herramientas para hacer música?
Totalmente. Especialmente al comienzo, todo era muy DIY (Hazlo Por Ti Mismo). Construimos una máquina para el piano que nos permitía tocarlo desde el computador, como un piano mecánico. Fue una forma de crear algo realmente propio.
Siempre hemos querido tener una aproximación personal a la música, no usar simplemente las herramientas que todo el mundo usa. Yo, por ejemplo, creé muchos efectos e incluso instrumentos propios, para tener un sonido propio y sentir que lo que hacemos viene realmente de nosotros, no solo en lo musical sino también en la manera de producirlo.
Düsseldorf es una ciudad clave en la historia de la música experimental y electrónica, hogar de bandas como Kraftwerk. ¿Qué tiene este lugar que sigue produciendo artistas con una relación tan particular con la tecnología y el sonido?
El contexto importa. Toda la región fue muy industrial, muy marcada por fábricas. Eso influye en la música que surge. Kraftwerk, Can, el género krautrock (que es una música experimental alemana que surgió a finales de los sesentas, en donde se fusiona el rock psicodélico y la electrónica de vanguardia)… todo eso fue muy importante en esta parte de Alemania.
En Düsseldorf había un club muy influyente, The Longest Amateur, con una energía muy especial. También está la Academia de Artes, que tiene una gran tradición. Nosotros trabajamos mucho encerrados en el estudio, no tanto conectando con otras bandas, pero sentimos esas influencias a través de profesores, de la gente con la que hablamos. Hay una historia muy fuerte ahí, y nos alegra poder sentirnos parte de ella.
Düsseldorf aparece como un paisaje que marca su forma de hacer música. Si lo que ustedes hacen, fuera también una especie de paisaje más allá de lo sonoro, ¿cuál sería?
Es una pregunta difícil, pero muy buena. Diría que es un paisaje muy abierto. Nuestra música es así: abierta, emocional, no cerrada. Como mirar un campo amplio donde puedes mirar en muchas direcciones y siempre encontrar algo distinto.
Tal vez habría colinas, nubes, un poco de nieve, luego sol… una mezcla de muchas cosas. Algo que reúna nuestros distintos backgrounds y las músicas que nos gustan. No es un paisaje definido, sino una combinación de muchas cosas que conviven al mismo tiempo.
CAROL TATIANA GÓMEZ SUAREZ – REDACCIÓN CULTURA Y ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA

















