Con el retorno masivo a las oficinas, las aulas de clase y las rutinas laborales presenciales, millones de personas han retomado jornadas prolongadas frente a pantallas de computadores, tabletas y teléfonos celulares, combinadas con desplazamientos urbanos y exposición constante a la luz artificial. Este escenario cotidiano ha vuelto a poner sobre la mesa una advertencia respaldada por la evidencia científica: la piel no solo se expone al daño solar durante las vacaciones o las actividades al aire libre, sino también en la vida diaria, incluso en espacios cerrados.
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Aunque el uso del protector solar sigue estando culturalmente asociado al sol intenso, la playa o los viajes, distintos consensos científicos confirman que la radiación actúa de manera continua a lo largo del año. En particular, la radiación UVA —relacionada con el envejecimiento prematuro de la piel, la aparición de manchas y el daño acumulativo a largo plazo— está presente incluso en días nublados y no desaparece en interiores, lo que exige una protección más constante y estable.
Más allá del sol, la rutina diaria expone la piel a radiación constante. Foto:iStock
En respuesta a esta evidencia, la Unión Europea ha fortalecido en los últimos años sus lineamientos de fotoprotección. Los estándares internacionales ahora exigen que los protectores solares cuenten con una proporción mínima de protección UVA equivalente, al menos, a un tercio del factor de protección solar (SPF). El objetivo es mantener un equilibrio entre la prevención de los daños visibles a corto plazo y los efectos acumulativos que se manifiestan con el paso del tiempo. Estos ajustes regulatorios reflejan un consenso científico que reconoce que la exposición solar no es esporádica, sino permanente.
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El cambio en la regulación va de la mano con una transformación en el comportamiento de los consumidores, especialmente en América del Sur. De acuerdo con datos de Euromonitor, la categoría de protección solar creció un 27,6 % en los últimos años, impulsada por una mayor conciencia sobre el cuidado de la piel y por la búsqueda de soluciones que se adapten a la vida diaria, más allá de contextos recreativos. Para los próximos meses, se proyecta un crecimiento regional del 6,1 %, lo que evidencia que la fotoprotección se ha convertido en una práctica prioritaria asociada a la salud y el bienestar.
En este contexto de mayor exigencia científica, regulatoria y de consumo, la industria cosmética trabaja en el desarrollo de productos que respondan a estas nuevas necesidades. La compañía de cuidado personal y cosméticos BASF, por ejemplo, impulsa soluciones orientadas a mejorar la estabilidad, la seguridad y el desempeño de los protectores solares pensados para el uso cotidiano, así como a reducir su impacto ambiental. Uno de los instrumentos que respalda esta evolución es EcoSun Pass®, una metodología que permite evaluar el impacto ambiental de las formulaciones y orientar la creación de productos más responsables sin comprometer su eficacia.
La radiación UVA actúa todo el año y no desaparece en espacios cerrados. Foto:iStock
La adopción de este tipo de herramientas se ha vuelto relevante en un mercado donde los consumidores buscan alternativas seguras, confiables y alineadas con criterios de sostenibilidad. La preocupación por el cuidado de la piel convive cada vez más con la demanda de productos que consideren su huella ambiental, lo que ha llevado a integrar ambos enfoques en el desarrollo de nuevas formulaciones.
“Hoy entendemos que la exposición solar no ocurre solo en vacaciones. En la rutina diaria de estudio y trabajo, la piel recibe radiación de forma constante, incluso en interiores. Por eso es clave contar con protectores solares más completos y estables, que acompañen a las personas en su diario vivir”, afirma Lina Joya, líder de marketing para el negocio de Cuidado Personal de BASF.
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A partir de estas tendencias científicas y regulatorias, se ha consolidado una guía clara para el uso diario del protector solar. La recomendación principal es optar por productos de amplio espectro, capaces de proteger tanto frente a los rayos UVA como a los UVB, especialmente durante actividades prolongadas asociadas al trabajo, el estudio y el uso continuo de pantallas digitales. En estos contextos, la fotoestabilidad —es decir, la capacidad del producto de mantener su eficacia tras la exposición a la luz— se convierte en un factor determinante.
Otro de los pilares señalados por expertos y lineamientos internacionales es la reaplicación frecuente del protector solar. Idealmente, esta debería realizarse tres veces al día para garantizar una protección adecuada frente a una exposición constante. Además, se insiste en la importancia de no limitar la aplicación al rostro. Zonas como las orejas, las manos, el cuello y los hombros suelen quedar olvidadas, a pesar de recibir radiación directa de manera regular, por lo que requieren refuerzos constantes.
La fotoprotección ya no responde al ocio, sino a la vida cotidiana en ciudades y entornos laborales. Foto:Istock
Las recomendaciones también incluyen complementar la fotoprotección con el uso de gafas con filtro UV, una medida que contribuye a disminuir la carga total de radiación, especialmente durante actividades prolongadas frente a pantallas o en desplazamientos urbanos.
El mensaje central que se desprende de este escenario es la necesidad de integrar la fotoprotección como un hábito cotidiano. Así como se adoptan rutinas para cuidar la postura, la vista o el descanso, proteger la piel debe convertirse en una práctica diaria, independiente de la temporada o del entorno. Elegir un producto adecuado según el tipo de piel y las necesidades individuales es parte de un enfoque preventivo que reconoce que la exposición solar va más allá del sol visible y acompaña la vida moderna en cada jornada.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medioambiente y Salud
@CaicedoUcros
















