Vamos a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente…”.
Las rimas que cada diciembre canta Pastor López cobran un nuevo significado cuando son entonadas por la orquesta Prison State, del centro penitenciario El Barne, en Boyacá. Con motivo de su debut fuera de la cárcel, los privados de la libertad estremecen al público del Auditorio Boyaquirá, en Tunja, que acompaña las canciones con ojos inundados de emoción.
“Esta es la primera salida que se nos da desde que yo estoy con ellos –revela el dragoneante Duván Salazar, director del grupo–. Y ojalá que salgamos lo que más se pueda. Que se dé a conocer que en El Barne sí se está haciendo el trabajo, la misionalidad que es la resocialización”.
Hace tres años, Salazar radicó el proyecto de crear una agrupación musical en la penitenciaría de mediana seguridad de El Barne (antes llamada Cómbita) y ahora, toca las congas con su uniforme camuflado, mientras los demás integrantes lucen una camiseta negra que lleva impreso el logotipo ‘Prison State’ en su pecho. Antes solían llamarse ‘Los de adentro’, en uno de los escapes de humor que les permite su condición.
“Vamos a desearle buena suerte y que Dios lo guarde de la muerte…”.
Con nuevos instrumentos y el apoyo del proyecto ‘Cultura para la libertad’ del programa ‘Artes para la paz’, el encierro es más llevadero gracias al poder inefable de la música. “Las directivas del penal y el área psicosocial nos han abierto las puertas –afirma Juan Vega Pérez, integrante de Prison State– y ensayamos casi todos los días. Hace unos años era más complejo salir a los ensayos. Había muchas trabas, pero hoy en día la guardia y todos lo han facilitado. Creo que hasta nos cansamos de tanto ensayar”.
Vega se inició en la música desde su adolescencia, en Santa Marta, aprendiendo los rudimentos de la percusión: la tambora, el llamador, las congas, el alegre, el guache. Luego incursionó en el saxofón y se dedicó al vallenato… hasta que las rejas interrumpieron la melodía.
Mientras la orquesta se pasea por el merengue, la salsa y la balada, entre los espectadores se liberan recuerdos descorchados por las notas musicales. En segunda fila, Jefferson Cumber, formador del programa ‘Cultura para la libertad’ en Florencia, Caquetá, se remonta a su infancia en el Huila, antes de haberse vinculado al Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, Inpec: “Yo tuve padre presente hasta los 4 años de edad. Por separación con mi madre, él desapareció de mi vida. De pequeño, mi mamá me cuenta que yo me sentaba al lado de la escuela, con vista hacia el horizonte, por donde mi papá se fue. Todas las tardes, cuando no me encontraba, ella iba y me buscaba allá. Y me decía ‘¿Usted qué hace aquí? Ya está tarde’. Y yo le respondía: ‘Estoy esperando a que venga mi papá. Ahora que venga, me entro con él’.
Presidiarios y guardianes comparte el amor por la música Foto:Caterine Alvarado Barragán
Años más tarde, Cumber prestó servicio militar en el Inpec e ingresó al cuerpo de custodia de un centro penitenciario de Neiva. “Y resulta que yo me voy a prestar servicio y vuelvo a ver allí a mi papá. A través de un vidrio, lo encontré privado de la libertad. Lo reconocí de inmediato porque tenía ligeros recuerdos. No fueron necesarias las palabras, pero pensé: ‘Gracias a Dios está bien, está vivo, aunque haya perdido la libertad. No le guardo ningún rencor’”.
Cumber sobrellevó ese momento gracias a la música, a la cual le atribuye haber sido su salvación muchas veces. “La música me permitió dejar de cargar con tantas cosas… –suspira–. Cuando él salió en libertad, yo fui quien le abrió la reja. Parece de película, pero es verdad: Él salió a las 6:30 de la tarde. Salió un poco a la carrera, a abrazar a su nueva familia. Y yo sentí envidia de la buena, porque fue una niña la que salió gritando ‘Papá’. Y me dio alegría por ver a una hija abrazando a su padre”.
Premio internacional
Cumber y otros formadores musicales de todo el país acudieron a Tunja para el encuentro Artes, Memorias y Libertad, en la Escuela Taller de Boyacá. Sus experiencias se nutrieron mutuamente del trabajo en los centros de reclusión. Una de ellas fue la maestra de danzas Aleida Flórez, quien cambió su trabajo con grupos infantiles en Barranquilla por un penal en Girardot. “Una experiencia que me marcó mucho –asegura Flórez– fue que uno de los participantes me dijo: ‘Profe, a mí lo que me gusta es ser sicario’. Y yo le decía: ‘Vamos a buscar otra manera de enamorarte de un arte, puede ser música o danza’. Y él me insistía: ‘Profe, ¿cómo hago para desprenderme de esa idea?’”.
La maestra convirtió su arte en herramienta útil para la vida, cuando empezó a enseñarles a sus nuevos alumnos cómo bailar de manera adecuada con una pareja, luego de que cumplan su condena.
Paola Vargas, miembro del equipo pedagógico de la iniciativa ‘Artes para la Paz’, calcula que son 2.500 personas privadas de la libertad quienes reciben atención en los establecimientos penitenciarios y 400 jóvenes del Sistema de responsabilidad penal adolescente. “Hay que destacar la labor de la Biblioteca Nacional, que desde el año 2008 viene trabajando en procesos de sensibilización hacia la lectura y la escritura creativa.
Ahí está el primer germen del trabajo que viene desarrollando el Ministerio de las Culturas. Prueba de ello son las 17 ediciones de un libro que se titula Fugas de tinta”.
Fugas de tinta, libro con textos de personas privadas de la libertad Foto:Caterine Alvarado Barragán
Esta forma de encontrar belleza en medio de la adversidad no es propiedad exclusiva de quienes están privados de la libertad. “Hemos visto en muchos de estos establecimientos que algunas personas del cuerpo de custodia se vinculan a las orquestas. Y se borran las fronteras. No hay uniforme que esté por encima de eso”, dice Clara Patricia Triana, investigadora del proceso de formación de Cultura para la libertad.
Triana cree que en esos entornos las artes son una posibilidad cercana de ser libres en un plano espiritual. “Hay personas privadas de la libertad que tienen condenas muy largas, por ejemplo, y que conforman una orquesta o componen una canción y encuentran que sus canciones no son quejas, lamentos, no son solamente de dolor, sino que hay mucha esperanza en eso que componen”.
En efecto, el concierto de Prison State se cierra con la composición de uno de los privados de la libertad, el saxofonista samario Juan Vega Pérez, quien se le mide a cantar: “Yo te amo, mi amor, cuando vienes o voy; Yo te amo, mi amor, hasta en mi soledad”, dice su coro en ritmo de salsa, mientras algunos miembros de la orquesta sacan a bailar a las instructoras pedagógicas de la prisión.
Encontrar lo sublime
Es fácil comprender por qué esta iniciativa llamó la atención de la Organización de Estados Americanos (OEA), que decidió en agosto pasado concederle el Premio Interamericano a la Innovación en Gestión Pública al programa ‘Cultura para la libertad’, en la categoría de Innovación en la inclusión social. El programa del MinCulturas, ejecutado por la Asociación Nacional de las Artes, ANA, fue escogido entre las 111 postulaciones que llegaron de 12 países miembros de la OEA, según el acta del jurado.
Al término del concierto de Prison State en Tunja, las parejas de baile se sientan junto a los espectadores que prefirieron no bailar. “Yo iba a seguir mi carrera en el Inpec, pero tuve un accidente y perdí el pie izquierdo. Un señor en su camioneta se salió del carril”, relata el formador del Caquetá Jefferson Cumber, mientras se levanta el pantalón para enseñar una prótesis metálica. “Yo me mantenía fuerte cuando mi mamá se acercaba, porque no quería cargarle más culpas, pero cuando ella no estaba, yo me sentía roto. Y la música… nuevamente llegó y me rescató de tocar fondo y volver a sanar”.
La instructora de danzas Aleida Flórez también está satisfecha porque logró incorporar a su grupo al joven que solo quería ser sicario. “Al final, vino y me dijo: ‘Profe, ¿y mi ropa? Ya voy a bailar’. Y le dije: ‘Vea, usted que en un principio me dijo que no le gustaba’. Él me respondió: ‘No, profe, ya quiero cambiar esta mentalidad, quiero cambiar mi informe. Quiero que mis manos ya no sean para dañar sino para cultivar cosas buenas en la vida’. Él ahora se dedica a hacer artesanías y me regaló una también”.
La investigadora Patricia Triana, junto a Paola Vargas, de ‘Artes para la Paz’, cerró el evento en el Auditorio Boyaquirá entregando diplomas a los privados de la libertad, pero esta vez improvisó un detalle muy significativo: “Queremos invitar a alguien que está en el público, para que tenga la oportunidad de entregarle a su hijo el certificado”.Decenas de celulares grabaron el momento en que un humilde campesino, vestido de ruana y con una boina azul, subió a la tarima para abrazar a su hijo, José William Pacazuca, el bajista de Prison State.
Antes de abordar la camioneta que llevaría de regreso a los miembros de la orquesta a la penitenciaría de El Barne, Pacazuca compartió una reflexión sobre la música: “A veces uno se pregunta cuándo será que se va a morir. Pero hasta cuando uno esté vivo y tenga esa capacidad y tenga esa energía, uno tiene que hacerla. A veces me he limitado a huir de la música. Tuve un accidente y tuve una limitación en mis manos, pero eso no me impidió tocar… me quedé atrás por un tiempo, pero cuando a uno le nace, le nace”.
– ¿Qué es para usted la música?
– Soñar, sentir, vivir.
* La reportería de esta serie periodística se pudo realizar gracias al apoyo de la Asociación Nacional de las Artes, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y su programa Artes para la Paz.

















