Jeisson Suárez es el dueño del récord nacional de un deporte que cada vez gana más adeptos en Colombia; para un corredor aficionado hacer una sola maratón es un sueño. Jeisson lo hizo en 2:10:51. Y en los Juegos Olímpicos de Tokio se dio el gusto de correr al lado del más grande de todos los tiempos: Eliud Kipchoge. Esta es la historia de un tolimense que encontró su hogar en la liga del Valle del Cauca, un corredor que durante años trabajó en un call center y veía que sus tiempos estaban marcados por la impaciencia de tener que soportar clientes furiosos que, cada tanto, le tiraban el teléfono o le daban las gracias. Esta es su historia en la Revista BOCAS
Mantuvo el paso. Dio la vuelta por la Torre de Televisión, la icónica Eiffel roja en la ciudad de Sapporo, Japón, y fue, por un instante fugaz, el mejor maratonista del planeta. Jeisson Suárez corría con gafas oscuras y el uniforme de Colombia, camiseta azul y la pantaloneta roja. Y —con él— la televisión enfocaba al dios del atletismo mundial: Eliud Kipchoge. En ese calor insoportable en las calles niponas, en pleno verano, más y más atletas se quedaban atrás e incluso algunos se rasgaban las camisetas para que el clima no los venciera. Jeisson, en ese punto, vio a un exhausto Abdi Nageeye, refugiado somalí en Países Bajos, que finalmente se llevó la medalla de plata, y le pasó hielo para que se refrescara el cuello. Durante algo más de 15 kilómetros, Jeisson avanzó con el paso de los favoritos en la maratón de los Juegos Olímpicos de Tokio 2021. No podía dejar de sonreír ni de mirar a Kipchoge en un gesto de complicidad compartida; para todos los aficionados al running en Colombia —en ese instante— todos fuimos Jeisson. Todo el país corría al ritmo de Kipchoge.
Verónica Orozco en la portada de BOCAS. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
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La posibilidad de correr al mismo paso del hombre que tuvo durante años el récord mundial en la maratón (2:01:09) y que extraoficialmente rompió la barrera de las dos horas (1:59:40), parecía improbable. Pero cuando Jeisson clasificó a Tokio, en la Maratón NN de Países Bajos, se atrevió a hacer cálculos: su nuevo récord nacional estaba a dos minutos del tiempo alcanzado por el keniano en los Olímpicos de Río del 2016, ¿por qué no ir a su paso?, ¿por qué no intentarlo?
Desde que tenía 16 años soñaba con un instante similar; Jeisson es dueño del récord de maratón nacional: 2:10:51, pero más allá de los tiempos y de ser la punta de lanza de los corredores colombianos, su historia empezó con un test de Cooper, la gran pesadilla de los estudiantes de colegio, en el Líbano, Tolima. El resultado del test asombró a su profesor de educación física y le dijo que por qué no se preparaba para ir en busca de una beca deportiva. Y Jeisson —en sus sueños de provincia— siempre quiso salir de su pueblo y conocer el mundo. Era la década de los 2000 y en los noticieros de televisión de la época descubrió la historia del atleta etíope Haile Gebrselassie, que aprovechaba cada recorrido cotidiano, incluso de la casa a su colegio, para entrenar como corredor y más tarde convertirse en el ganador de dos oros olímpicos. Gebrselassie fue su inspiración para recorrer una y otra vez las calles del Líbano, su paso hacia la gloria le permitía ignorar los gritos de los borrachos de la plaza de mercado, que no se cansaban de insultarlo porque no podían entender por qué corría como si estuviera huyendo de algún espanto.
Su hermano gemelo, Jáiden, era el único en su familia que comprendía que el atletismo era el pasaporte para salir del Líbano y frenar la inagotable lucha diaria de sus padres para sacar adelante a sus cinco hijos. Su hermano también tenía otro sueño: ser bailarín. Pero la tragedia lo golpeó: se cayó de un tejado y sufrió muerte cerebral. Jeisson, sumido en el dolor, pensó en dejarlo todo, pero recordó las palabras de Jáiden: “puedes ser el mejor atleta del mundo”. Y esas palabras se convirtieron en un juramento inquebrantable que lo ató para siempre al running.
Jeisson se mudó a Ibagué para estudiar en la Universidad del Tolima, gracias a una beca deportiva y a un apoyo económico por su estatus de desplazado por la violencia. “Me encontré con un mundo totalmente diferente al que pensaba, porque no estaba preparado para pagar el arriendo ni mi alimentación. Volví al Líbano, porque no iba a preocupar a mis papás”. No le quedó otra: dio un paso al costado y su carrera deportiva, por unos meses, se quedó en pausa. Fue elegido como miembro de la Liga de Atletismo del Tolima y fue su resurrección: ganó la medalla de oro en el subcampeonato nacional en Cross Country y la clasificación en el primer suramericano en Guayaquil, Ecuador, en el 2009.
Jeisson Suárez en la revista BOCAS. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
En el 2012, se mudó a Bogotá para tratar de ganar más competencias a nivel profesional, pero para sobrevivir trabajaba en un call center y sus jornadas se extendían desde las seis de la mañana hasta las 11 de la noche. Sus días comenzaban con ejercicios de rendimiento y resistencia física en el Parque El Tunal, para luego trabajar durante toda la tarde en la agencia de Seguros Falabella en la Zona Industrial de las Américas. Y, por supuesto, no lograba los resultados con los que soñaba. Fue campeón de la Copa Nacional de Carreras de Montaña (2014), la Carrera Atlética Ciudad de Girardot (10K) y la Media Maratón de Ibagué (2015), pero era incapaz de lograr los tiempos de clasificación para los Juegos Olímpicos.
Estaba a punto de tirar la toalla; aceptó un trabajo de planta con el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDR), pero un amigo, el atleta bogotano Jason Gutiérrez, llegó a su rescate y le dijo: “puedes ganar carreras y vivir muy bien del deporte. Pero un atleta no puede entrenar durísimo para luego bañarse y salir a trabajar”. Con tal de ahorrarle horas en el tráfico de la capital del país, Jason le ayudó a conseguir una vivienda cerca al Parque El Tunal, donde entrenaba. Y su esposa le abrió una ventana de seis meses para dedicarse de lleno a correr, justo entonces apareció la Liga del Valle del Cauca y empezó a apoyarlo económicamente.
En el 2016 fue el punto de inflexión en su carrera y despegó como un referente colombiano en larga distancia: ganó la Media Maratón de Buga, Yopal, Villavicencio y Ciudad de Panamá. Un año más tarde debutó con la camiseta del equipo Porvenir en la maratón de Róterdam, Países Bajos. Por esa misma época, su compañero y amigo de equipo, Diego Colorado, se volvió una especie de “objetivo a vencer”, porque si lograba imponerse sobre el “pluma blanca del atletismo nacional”, su referente, podía realmente ostentar el título del mejor del país. El duelo uno a uno tuvo lugar en los Juegos Bolivarianos de Santa Marta. Ninguno le perdonaba nada al otro; fue una batalla de titanes. A Jeisson lo frenó el mareo que le causó ingerir un gel energético en el kilómetro 10 de los 21 kilómetros, pero a los 300 metros lo alcanzó. Al coronarse en el primer puesto de los juegos, Diego le confirmó que estaba próximo a retirarse y le dio su bendición para liderar la participación de Colombia en el próximo ciclo de citas deportivas.
Y así fue: tras una década de lucha, obtuvo oro en la maratón de los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Barranquilla (2018), en los Juegos Nacionales de Colombia (2019 y 2023) y la Maratón de Medellín (2022 y 2023). Los tiempos de carrera que tanto había anhelado, los conquistó en el 2021 en Países Bajos, batiendo el récord nacional. En medio de la adrenalina, tras pasar la meta, vio a Kipchoge y no dudó en pedirle un autógrafo. El cuatro veces campeón mundial le vaticinó un encuentro que parecía improbable: “te deseo lo mejor en los Juegos Olímpicos de Tokio”. Y la predicción se cumplió: Jeisson fue el mejor latinoamericano, terminó en el puesto 15 y se convirtió en el colombiano con el mejor tiempo en una maratón olímpica.
¿Cómo es su estrategia para correr?
Es fuerte. Antes de cada competencia se siente temor, adrenalina, angustia. Al comenzar la carrera, busco manejar mis emociones. También consiste en conocer al atleta que compite con uno: saber cómo se mueve e incluso leer sus gestos. En ocasiones me pongo detrás para saber cómo está pisando. Otra parte fundamental es saber en qué momento es mejor hidratarse. Algo clave es saber cuándo apretar al otro en velocidad. En algunos casos se puede arrancar la carrera de manera lenta y guardar energía, para luego hacer cambios de ritmo para desestabilizar. También es importante reconocer hasta qué punto se puede aguantar. Hay que intentar llevar el cuerpo dentro de nuestros límites; si se sobrepasa, se acaba la energía, la fuerza.
¿Por qué quería irse del Líbano?
Yo no tenía conocimiento del running, y el que me lo presentó fue un profesor de educación física. Tras tomar el test de Cooper, esa prueba en que hay que correr la mayor distancia durante 12 minutos, él me dijo que tenía potencial. En ese momento me dijo que podía ganarme una beca deportiva. Mi familia no tenía los recursos para pagarme la universidad, eso estaba claro. Y es que desde que teníamos 15 años, con mi hermano gemelo nos tocó madurar más rápido de lo usual, porque era definitivo pensar en cómo construir un mejor futuro. En Líbano, mis papás trabajaban para apenas suplir las necesidades del hogar, por eso con mi hermano surgió una especie de promesa de ayudar a nuestros padres en la situación en la que estaban. Cuando mi hermano murió al caerse del tejado, me quedó ese compromiso de intentarlo en el running. Salir del Líbano era una forma de encontrar nuevas formas de ganarme la vida. Además, también podría abrir puertas para viajar. Si acaso había conocido a Bogotá, pero conocer Cartagena o el extranjero no estaba en los planes.
Llegar a este punto de su carrera no ha sido nada fácil, ¿qué ha dicho su familia sobre sus esfuerzos para llegar a la cima del atletismo colombiano?
Yo siempre les dije: ‘voy a ser deportista y voy a vivir del running’. Pero a ellos les costó verlo así. En un comienzo, el ángel en mi familia fue mi madrina Alcira. Ella siempre se sintió orgullosa. Cuando gané en los Juegos Bolivarianos, me invitó a la escuela rural donde ella enseñaba y me presentó como el campeón del mundo. Creo que mi madrina lo entendió, porque a su hijo también le gustaba mucho el deporte e incluso llegó a ser un futbolista profesional, y jugó para el Tolima y Millonarios.
¿Cuántos años le ha costado llegar al nivel de un maratonista élite?
Creo que desde que comencé, en el 2007, con 16 años; ¡hoy son más de 17 años! No fue fácil incursionar con este deporte en el Líbano. Me acuerdo que alguna vez en el pueblo me gritaron “¡vamos, Forest!, ¡corre, Forest! ¡Corre!”. En esa época nadie corría allá y el que lo hacía era como el personaje de Forrest Gump (risas). En ese contexto, yo quería que mis papás comprendieran que yo sí estaba haciendo algo con el atletismo y no me estaba quedando en la vida. Ellos querían que yo estudiara, y entonces eso hice: me inscribí a cursos en el Sena durante casi dos años. Y cuando recibí el diploma como tecnólogo de ensamble y mantenimiento de computadores, arranqué a Bogotá con mi novia, que ahora es mi esposa, a intentar enfocarme 100 por ciento en el deporte. En la capital estuve compitiendo con personas que estaban haciendo mejor las cosas para estar bien preparados para las carreras, pero yo no tenía esa posibilidad.
Jeisson Suárez tenía que entrenar y trabajar en un call center. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
¿Por qué no estaba corriendo al nivel de otros atletas?
Eran días en que madrugaba para entrenar en la mañana y en la tarde trabajaba en el call center de la agencia de seguros Falabella. Si los clientes no me contestaban, tocaba seguir marcándoles para conseguir una venta. Repetir y repetir el mismo mensaje del guion y escuchar tantas veces la música de fondo de una llamada era tan aburridor. Por eso busqué al presidente de la Liga de Bogotá y le confesé que estaba desesperado. Él fue el gancho con el IDR para trabajar como orientador de parques en localidades. Con el paso de los años pude aspirar a un contrato fijo y hasta pensionarme con la entidad. Cuando estaba tomando la decisión, mi amigo Jason Gutiérrez me insistió que renunciara y me quedara solo con el running. Fue un paso muy importante en este proceso. Ahí fue cuando todo cambió.
¿Cuándo dio el salto a la Liga del Valle del Cauca?
Estaba listo para los Juegos Nacionales del 2016, con sede en el Tolima. Días antes del evento deportivo me notificaron que no estaba incluido en la lista de atletas que disputarían los 10.000 metros. Lo que pasó es que no había tomado la prueba clasificatoria, pues se suponía que, al ser de la Liga del Tolima, automáticamente quedaba inscrito para la competencia. Lastimosamente no tenía un apoyo político o empresarial para que me defendiera. Al final, el Tolima decidió no pelear con el resto de ligas por mi participación en los juegos. Me quedé como con un sabor amargo muy fuerte y empecé a preguntar: ¿dónde hay recursos? En esa búsqueda de mejores oportunidades, la Liga del Valle del Cauca me ofreció acompañamiento para apuntarle al ciclo olímpico, y desde entonces esta liga ha tenido una gran responsabilidad conmigo año tras año. También fui convocado por el equipo Porvenir.
En su historia hay varios momentos dramáticos, ¿cómo fue correr con un desgarro en la pierna durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe?
Sentía mucha presión, porque había sido el campeón de los Juegos Bolivarianos, venciendo a Diego Colorado. Por eso empecé a entrenar muy fuerte y me lesioné un isquiotibial durante una prueba de velocidad. Era la primera vez que me enfrentaba a una lesión así, busqué a un médico del Comité Olímpico, que me dijo: “es mi deber informar que no puedes ir a los Centroamericanos”. Eran cuatro semanas de recuperación, el mismo tiempo que faltaba para los juegos. Le pedí una semana para que me hiciera un nuevo chequeo, pero no volví a verlo. Me dediqué a la bicicleta y la piscina hasta la semana previa a la carrera. Si bien sentía algo, ya podía trotar. Logré lo que durante varios días parecía imposible: correr entre los tres primeros en una competencia a muerte. Lo que me favoreció para ganar es que en Barranquilla hacía un calor infernal y en el Líbano yo entrenaba con ese clima.
¿Y cómo fue la preparación para los Olímpicos de Tokio?
Para que el cambio de horario no fuera tan brusco, entrenamos durante un mes en Font-Romeu, en los Alpes franceses. Creo que en la carrera de clasificación a Tokio gasté todos mis cartuchos para lograr el récord y por eso en esos días me sentía muy cansado. Luego viajamos a la Villa Olímpica y dos días después nos desplazamos a la ciudad de Sapporo, en Japón, la sede de la maratón. En los entrenamientos todavía me sentía agotado e incluso en una prueba me dio mareo y tuve que buscar al médico. Mi entrenador, Juan Carlos Cardona, me dijo “relájate, uno nunca hace doble jornada cuando va a competir”. Tomamos el tren y nos desconectamos durante una tarde. Conocimos a una niña china, una corredora muy buena, que solo hablaba mandarín. La conversación con ella fue con señas y algunas palabras en inglés. Aunque no nos entendíamos, nos divertimos y reímos mucho. Al otro día fui otro: solté la mala energía y los tiempos de las pruebas me empezaron a salir bien. A Juan Carlos le dije, en broma, que no le iba a comer cuento ni a Kipchoge.
Hablemos un poco más de la maratón en Tokio. Su imagen en la que le ayudó a un competidor a refrescarse con hielo fue otro gran momento de la carrera…
Fue a Abdi Nageeye, refugiado somalí en Países Bajos. Yo tenía mi hielo y me lo puse en el cuello y en la cara. Y enseguida me di cuenta que él no tenía y le pasé el mío. Abdi siguió corriendo y se llevó la medalla de plata. Hay un 1 por ciento de posibilidad de que eso le haya ayudado a estar en el podio, pero esos detalles marcan la diferencia. El hielo servía para que uno no se fuera adormeciendo en medio de las olas de calor en Sapporo. Y era cuestión de pensar en la persona, porque el hecho de refrescarse le iba a garantizar un segundo aliento.
¿Es o no competitivo?
Soy muy competitivo; peleo hasta con mi familia cuando estamos jugando (risas). Por ejemplo, Diego Colorado es un gran amigo, pero era mi objetivo a vencer en los Bolivarianos. Igual soy más humano que competitivo. Prima primero esa voluntad de que los resultados se vean cuando se actúa bien. Me pasó en una media maratón de Medellín con un keniano: se desvió del circuito de la maratón y pude dejarlo que siguiera por otra calle, pero yo le indiqué por dónde era la ruta de la carrera. Y al final él llegó primero a la meta. Y creo que estuvo bien. Si yo hubiera ganado, no me habría sentido a gusto conmigo mismo. Además, los atletas kenianos son muy competitivos, porque detrás de ellos hay 20 o 50 personas, prácticamente una comunidad, que viven de sus regalías del atletismo. Lo acepté, me venció, fui segundo.
En medio del covid-19 fue la clasificación a los Olímpicos de Tokio…
El equipo NN de Eliud Kipchoge, considerado el mejor maratonista de todos los tiempos, envió un comunicado a finales de diciembre del 2020 para anunciar la organización de una carrera en Hamburgo, Alemania, con tan solo 100 cupos. Un mes después nos llegó la carta de aceptación. Planifiqué mejor mis entrenamientos, porque la pandemia me permitió estar concentrado exclusivamente para esta competencia. Ya estábamos concentrados en Hamburgo y, faltando tres o cuatro días, las autoridades alemanas cancelan el evento y los organizadores lo mueven a Twente, Países Bajos. Si bien el Comité Olímpico había dispuesto un equipo médico para acompañarnos en Alemania, no tuvo los recursos económicos para que estuvieran con nosotros en Países Bajos. Con Kelly Arias pensamos que, dado que ya estábamos en Europa, era mejor quedarnos. Corrí con un tiempo de 2:10:51, lo que me permitió representar a Colombia en los Olímpicos de Tokio. Es el récord nacional en una clasificación olímpica aún vigente.
Jeisson Suárez Foto:Yohan López / Revista BOCAS
¿Cómo fue competir durante la pandemia?
Ninguno de nosotros nos imaginábamos vivir algo así. El Comité Olímpico nos entregó una carta del Ministerio de Salud y Protección Social para que pudiéramos entrenar al aire libre. Aunque vivía en La Ceja, había viajado al Líbano para organizar el baby shower de mi hija. Pero ese fin de semana, en marzo del 2020, fue el primer confinamiento. Pasaron varios días encerrados en el pueblo hasta que conseguí un permiso del ministerio para volver a Antioquia y prepararme para un campeonato en Polonia. Yo tenía todo el temor de contagiarme, especialmente por mi hija en brazos. Competí en Europa, pero no había entrenado bien porque para mí la salud estaba primero.
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¿Quiénes son sus ídolos?
Yo empecé a correr por Haile Gebrselassie; él fue el primer maratonista que intenté ser. Los atletas Diego Colorado, Juan Carlos Cardona y Jason Gutiérrez marcaron un plus en el maratonista que soy hoy. Juan Carlos me dijo que me mudara a La Ceja para que trabajáramos juntos. Él me ha enseñado mucho para ser el atleta que soy hoy en día, no solo en capacidad física, sino también en carácter. Me acuerdo de un amigo de mi pueblo llamado Polo. Un día yo estaba acostado en las bancas del estadio y me dijo: “si te vas a quedar durmiendo ahí, mejor quédate durmiendo en la casa, pero no vengas a dormir al estadio, porque aquí es para correr”. Seguimos siendo amigos y cuando le conté la experiencia de los Olímpicos, se le aguaron los ojos, porque era como si estuviera viviendo a través de mí ese sueño que tuvo de ser un atleta profesional. En general, creo que cada persona que me ha apoyado en mi camino para seguir en el atletismo han sido ídolos. Incluso mis papás, que en un principio no lo entendían bien, ahora permanecen pegados al televisor cuando me entrevistan. Su apoyo es incondicional y se ponen la camiseta del club deportivo que tengo.
Y hablando de Colombia, hay un boom de maratones y carreras de 5k, 10k, 15k, 21k…
En la pandemia, la vida nos enseñó que el deporte era la única salida a esa situación. Yo salía a La Ceja a un circuito de cuatro kilómetros y era supersolo, se escuchaban los pájaros. Pero el día en que se tomó la medida de que las personas podían salir de sus casas para hacer ejercicios, se veía gente feliz de poder escapar del encierro. A partir de ese momento, hoy muchos ven el running como un estilo de vida, un remedio para el estrés. Las marcas están tomando en serio las maratones y en Colombia se organizan tres a cuatro carreras por semana. O sea, antes se decía ‘vamos a hacer una carrera’ y se inscribían por ahí 3.000 personas. Hoy en día, una maratón en Cartagena abre 10.000 inscripciones y se vende en un día. Medellín tiene 22.000 inscritos. El covid nos replanteó a todos que el deporte era esa posibilidad de encontrar buena salud.
¿Qué recomendaciones les daría a las personas que están incursionando en este deporte?
Siento que hoy en día el running tiene que ser mucho más consciente. Siempre debe haber una planificación para evitar lesiones, porque existen muchas percepciones erróneas. Por ejemplo, que para bajar de peso hay que aguantar hambre o hacer un exceso de kilometraje. Para empezar, todos tenemos que hacerlo con lo básico: unas zapatillas, una pantaloneta, una camiseta y tener ganas de salir. La mente, el espíritu y el alma también se trabajan en el running al tener una motivación: bajar de peso o una escapada del estrés del trabajo.
¿Considera que Colombia podría tener un campeón olímpico?
Creo que se ha registrado una buena evolución en el atletismo, pero se frenó con la disminución del presupuesto para los deportistas. Es claro que sin recursos no tendremos atletas que puedan participar en eventos grandes. Si no hay un apoyo, el running no va a tener un sustento, ni una calidad. La pasión o solo ponerle corazón no es suficiente. Podemos contar con todo el talento del mundo, pero se va a quedar en las sombras porque no tendrá la posibilidad de mostrarse al 100 por ciento.
Antes mencionó que tiene un club deportivo…
Estoy terminando la licenciatura en educación física. Para mi proyecto de grado me propuse crear una empresa llamada ‘Jauría’, para que los deportistas planifiquen mejor la forma de participar en maratones. Esta planificación es necesaria porque ahora se forman grupos de 20 a 100 personas, todas entrenando lo mismo, cuando las pulsaciones y la frecuencia cardiaca son distintas. Además, los esfuerzos físicos de cada persona están alejados de su realidad, porque es posible que muchos no realicen un chequeo médico anual que marque la pauta sobre la forma de hacer deporte. Se ha visto en maratones que la persona que fallece tenía un síntoma familiar desapercibido.
A futuro, ¿cuáles son los planes?, ¿se divisan los Olímpicos de Los Ángeles en el 2028?
Dado el interés que hay en el running, he preferido tener el club deportivo cerrado, con solo 100 deportistas, porque no quiero que esto me quite tiempo para ser atleta profesional hasta los 40 años. Estoy viviendo un día a la vez después de la lesión en el talón de Aquiles en este año. Estuve casi nueve meses sin poder competir ni entrenar como estaba acostumbrado. Voy a correr la maratón en Manizales, después viene Bucaramanga y termino la temporada con una carrerita pequeña en Líbano. Intento correrla siempre porque toda mi familia está allí y es un momento para disfrutar con ellos. Es la carrera de San Silvestre, 31 de diciembre. Termino el año corriendo.
MARÍA XIMENA PLAZA
REVISTA BOCAS
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