Helena Uran Bidegain vio a su papá, Carlos H. Urán, por última vez el día de la toma del Palacio de Justicia; muchos años después encontró una foto de su rostro destrozado por un balazo e incluso habló con su asesino. Ha escrito dos libros sobre el tema: Mi vida y el Palacio y Deshacer los nudos. Acaba de cumplir 50 años. Nació en Bélgica y estudió Estudios Latinoamericanos con énfasis en gobierno. Se ha dedicado al análisis legislativo y parlamentario en el Bundestag alemán (Parlamento de ese país), además de que ha hecho investigaciones para el Rockefeller Brothers Fund (RFB) y proyectos con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Trabajó en la Cancillería en el gobierno Petro, pero la despidieron sin darle ninguna explicación. Esta es su entrevista en BOCAS.
Helena Uran Bidegain recuerda que el 6 de noviembre de 1985, su papá, Carlos Urán, magistrado auxiliar del Consejo de Estado, la acompañó al paradero de la ruta del colegio. Tenía 10 años y fue la última vez que lo vio. Horas después, Carlos Urán quedaría atrapado en el Palacio de Justicia mientras 35 guerrilleros del M-19 se tomaban la sede del poder judicial.
Luego, en lo que se conoce como la retoma, y que para Helena no fue más que un atentado indiscriminado de las Fuerzas Militares, el magistrado Urán salió del Palacio con vida y fue asesinado y torturado en el Cantón Norte de Bogotá. La fuerza pública creó un entramado que durante muchos años se presentó como verdad: Urán murió por el fuego cruzado al interior del Palacio. Ese 6 de noviembre, desde la ventana de su casa, Helena vio pasar tanques hacia el centro de la ciudad como si el país estuviera en guerra.
Verónica Orozco en la portada de BOCAS. Foto:Hernán Puentes / Revista BOCAS
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Estaba en quinto de primera y ese día su mamá la recogió temprano del colegio por indicación de su papá, quien alcanzó a llamar para decir que había un tiroteo en el primer piso del Palacio de Justicia y que era mejor que todas estuvieran en la casa para esperar noticias.
Helena acaba de cumplir 50 años. Nació en Bélgica y estudió Estudios Latinoamericanos con énfasis en gobierno. Se ha dedicado al análisis legislativo y parlamentario en el Bundestag alemán (Parlamento de ese país), además de que ha hecho investigaciones para el Rockefeller Brothers Fund (RFB), fundación filantrópica, y proyectos con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Si bien ha dedicado la mayor parte de su tiempo a la investigación académica, también ha gestionado y dirigido proyectos culturales con énfasis en memoria histórica, justicia y construcción de paz. En otras palabras, una vida dedicada a la academia y al conocimiento enfocado para que las sociedades no olviden las tragedias de su pasado y las tengan presentes en la construcción de un futuro más llevadero, más justo.
Si bien lo anterior podría sonar a un lenguaje técnico y acartonado, Uran ha tenido la destreza de desarrollar una voz propia, delicada, certera y eficiente. Así lo demuestra en sus dos libros: Mi vida y el Palacio (Editorial Planeta) y Deshacer los nudos (Editorial Random House), textos que relatan su vida alrededor de la tragedia del Palacio de Justicia, pero que llevan a entender lo que hay alrededor de una historia que ha sido contada por tantos, pero sin la claridad y la contundencia con la que Uran lo hace. Hablar con ella resulta sencillo, didáctico y, por momentos, conmovedor. Es la voz de alguien que busca en todo momento la palabra correcta sin perder la naturalidad. Un diálogo que por fortuna nunca languidece y que valdría la pena replicar muchas veces.
Esta entrevista tiene muchos puntos de partida y no sólo se trata de lo que sucedió el 6 y el 7 de noviembre de 1985, sino de cómo ese hecho, de los más atroces en la historia de Colombia, generó una diáspora constante y obligó a construir un mundo nuevo, lejos de la seguridad que da la rutina. Ese día, Helena, sus tres hermanas y su madre —una historiadora uruguaya— no sólo perdieron a Carlos Urán, también perdieron una cotidianidad naturalmente construida, su país, incluso su idioma.
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A la semana de enterrar a Carlos Urán, Helena, su mamá y sus hermanas viajaron a Uruguay. De la dictadura del miedo en Colombia —persecuciones y amenazas— a un país que recién salía de una dictadura cívico-militar. “Era paradójico: mi mamá había dejado su patria, muy joven, por la violencia política que se avecinaba y ahora regresaba sin su marido, con cuatro hijas y por un tema de violencia política”.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Helena se asombró con varias cosas, entre ellas que sus primos y familiares por parte de mamá eran monos y de ojos azules, y ella y sus hermanas trigueñas, de pelo oscuro. “Yo era muy parecida a mi mamá, pero tenía una pincelada gigante de mi papá”. También le llamó la atención que los taxis en Montevideo eran Mercedes y que la capital uruguaya se presentaba como un lugar más amable y próspero que Bogotá. Sin embargo, la dictadura en Uruguay seguía muy fresca y no era fácil vivir en ese ambiente. No hubo una oportunidad laboral que les brindara estabilidad y las cinco regresaron a Bogotá. “Por fortuna mi mamá tenía buenos amigos y la nombraron agregada cultural de Uruguay en Colombia. Eso nos dio cierta protección, al menos eso fue lo que creímos”.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
De nuevo hubo intimidaciones y seguimientos, llamadas constantes y un hombre que seguía a la mamá de Helena hasta la Universidad de los Andes, donde dictaba clase, y que le confesaría, sin decoro, que se había convertido en su sombra para recordarle que regresar era una mala idea, mucho más con cuatro hijas pequeñas. “Pobre mi mamá. Con el paso de los años entiendo mejor lo que vivió: cuatro niñas a cargo, sola, extranjera en un país que ha sido muy agresivo con el foráneo, mucho más con los connacionales. Yo tengo un hijo y es tremendo camello, imagínese cuatro. Terminas perdiendo a tu mamá por la falta de tiempo, porque la vida la obliga a producir para que no falte nada”. No hay una voz vacilante luego de esta frase. Por el contrario: hay firmeza, una firmeza que, a la larga, se ha transformado en resistencia.
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Helena cuenta que no le pone tilde a Uran porque su apellido es de origen vasco y en euskera (lengua tradicional del pueblo vasco) no se usan. “El de mi papá lo colombianizaron y por eso es Urán”. Helena hace una reflexión: “Es curioso, ¿no? Mis ancestros migraron a América buscando una mejor vida y tiempo después, como si estuviera predeterminado, nosotras volvimos a los orígenes tratando de tener una vida”.
Siguiendo por la línea de lo curioso, saca su teléfono celular y muestra la foto de la placa de un carro en Alemania. ¿El número?: 1185. “11 por noviembre y 85 del año del Palacio de Justicia. Qué cosa rara”. Así como recuerda ese carro de segunda que le costó 1.200 euros, también llega a la mente cómo el día que estaba en un gimnasio de Estados Unidos, donde nadie sabía quién era, y de repente un entrenador personal empezó a hablarle de la tragedia del Palacio de Justicia. “Se me acercó y me dijo que había visto algo sobre el asesinato de un juez y unos tanques entrando al Palacio de Justicia. Supe que no era normal. Por esa época estaba terminando Deshacer los nudos y ese suceso me ratificó que no podía hacerle más el quite a mi historia, a la memoria, y entonces me convencí de que tenía que sentarme, escribir más y, al final, soltar”. Azar selectivo, diría el francés André Breton: cuando el deseo y el azar se combinan.
¿Por qué no fue al entierro de su papá?
Por esa época mi mamá estaba sobreexigida con tantas cosas y le dio por preguntarnos. Yo tenía 10 años. Me sentía abrumada y dije que no. Tanta gente yendo a la casa, adultos abrazándolo a uno. Nunca fui muy del contacto físico entonces eso me agobiaba. Todo el mundo recordándote a tu papá, y saber que ya no estaba. Fue horrible, entonces no fui al sepelio.
Y duró casi un año sin hablar, sin entablar conversaciones fluidas…
No sé cómo explicarlo. No hablaba. Claro, si me preguntaban algo decía sí, no, pero no lograba decir mucho. Puede que haya sido un bloqueo, una manera de resguardarme y protegerme a mí misma.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
Luego de regresar de Uruguay, en ese éxodo continuo, se van a vivir a Estados Unidos, un lugar que tampoco sentía suyo. ¿Qué recuerda de esos años?
Llegamos a Carolina del Norte por un trabajo que consiguió mi mamá y en esa época eran pocos los latinos. Yo era pequeña y veía que todos eran negros o blancos. Entonces empecé a cuestionarme y a no saber de qué lado estaba. Era un ambiente sesgado. Además, yo no quería que la gente supiera lo que había vivido.
Después se van para Zumaya, en el País Vasco (España). ¿Por qué?
Porque mi mamá se casó con un vasco.
¿Y qué tal fue él con ustedes?
No cuenta para nada. No ocupó un rol ni emocional ni económico ni nada.
¿Fue en el País Vasco donde la vida tomó un ritmo más calmo, más seguro, más normal?
Puedo decir que allá empecé a formar una identidad aparte del núcleo familiar. Se consolida un círculo de amigos, empiezas a tener una vida propia, aparte, de adolescente.
¿La castigaban mucho?
Cero. Mi mamá nunca nos puso reglas de nada. De hecho, mis amigas se quedaban en mi casa para poder llegar tarde de las fiestas. Yo nunca tomé trago, tampoco consumí drogas, y eso que a mi alrededor todos eran drogadictos y borrachos (risas). Siempre me he hecho esa pregunta: habiendo estado en medio de gente que usa la fiesta para descongestionarse, y yo con esa carga del asesinato de mi papá, jamás consumí nada.
¿Inconscientemente no consumía o no tomaba para no derrumbarse…?
Sí, seguro. No perder el control, tenerlo siempre. Fui una persona supercontenida: controlando, controlando, controlando. De hecho, hoy en día no me tomo una cerveza, me sabe horrible. Eso es un gusto adquirido. Mi hermana mayor (que le lleva dos años) siempre recuerda que una vez en San Sebastián, o en un pueblo cerquita, me vio con mis amigas de bar en bar, como suele hacerse allá, de marcha. Y que mientras ellas tomaban cerveza, yo cargaba una leche chocolatada.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
No le importa el qué dirán…
Siempre he sido muy leal conmigo misma, con lo que para mí es importante y donde yo me sienta cómoda.
¿Cómo era la relación con su mamá en esa época?
Mi mamá merece un libro y mucho más. Siempre fue hermética por su herencia alemana. Y muy uruguaya, orgullosa de serlo, con su propia identidad. Vivía trabajando y era poco lo que compartíamos. La entiendo y no la juzgo: tenía que sacar adelante a cuatro niñas, ella sola, como fuera. Mucho peso para una sola persona.
Es curioso que hable de la ascendencia de su mamá sabiendo que usted terminó viviendo muchos años en Alemania. La migración, al final de cuentas y de generación en generación, termina siendo circular…
Una cosa impresionante. Cuando llegué a Alemania, muchos años después, empiezo a ver los platos que mi mamá cocinaba en la casa sin decirnos que era comida alemana. Siempre pensé que era comida uruguaya. Las canciones de cuna: alemanas, pero traducidas al español. De hecho, una vez llegamos a un pueblito por los Alpes y el nombre era el segundo apellido de mi mamá. Vas recorriendo el camino de tus ancestros.
¿Hubo alguna recriminación contra su mamá?
La hubo, pero ahora la entiendo. Sentía que era muy parca. De hecho, el contraste con mi papá era enorme. Mi papá era el alegre, el que cantaba, silbaba, hacía chistes, y ella no mostraba sus emociones, vivía estresada, de salir joven de su país por una dictadura, de estar escuchando que los amigos se iban desapareciendo, y va y pasa lo de mi papá. Pobre mujer. Se ocupó de que no faltara nada y esa fue su gran tarea. Pero que se sentara con nosotras a leer un libro, nada. Súmele que ella tenía su propio trauma. No sé cómo no explotó.
¿Qué le dijo cuando usted escribió su primer libro, Mi vida y el Palacio, donde usted revela mucho de lo que sentía cuando era adolescente?
Que era un buen libro y que hubiera deseado ser mejor mamá. Yo no sé cómo hizo ella para sacarnos adelante, a cuatro, siendo profesora full time. Es de admirar. Yo tengo un hijo y a veces con tanto trabajo me enredo, imagínese ella. Toda mi admiración y todo mi amor.
Volvamos a España. ¿Por qué se van para Madrid?
Porque en el País Vasco ya nos estaban exigiendo que habláramos euskera para poder estudiar. Entonces mi mamá dijo no. Y nos fuimos.
Y usted vuelve a tener un choque cultural por un tema lingüístico…
Yo no hablaba español como los españoles. A decir verdad, siempre estoy como en ningún lado y en todas partes a la vez. Además, imagínese: la profesora de inglés se ponía brava cuando yo hablaba inglés…
¿Por qué?
Nosotras lo aprendimos en Estados Unidos, pero para la señora no era el de verdad porque no tenía acento de Inglaterra. Entonces ni buen español, porque no era como el de ellos, ni tampoco inglés porque no era el del Reino Unido. Jodida.
Más allá del colegio, tengo entendido, Madrid fue el mejor lugar para vivir la adolescencia…
¡Sí! Madrid fue maravilloso. Madrid era la fiesta, las maquinitas, los novios. Una época que me marcó. Esa ciudad me dio una sensación de libertad. Yo no quería irme.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Entonces por qué regresaron a Colombia?
Llegué a los 17 años. Nos regresamos recién se firmó la Constitución del 91 y mi mamá pensó que el país estaba mejor, que vendrían más oportunidades laborales porque gran parte de su carrera profesional la había hecho en Colombia. Es que esa vaina del destierro, todo el tiempo por todo lado, dando vueltas. Hoy en día ella me lo confiesa: “fui muy ingenua políticamente”.
Usted empieza a estudiar Ciencias Políticas en el Externado…
Sí, pero me pasó algo muy doloroso, de lo que no voy a hablar acá, y me di cuenta de que no podía seguir estudiando, que necesitaba algo que me mantuviera en las nubes.
¿Ahí fue que le dio por ser azafata?
Quería un trabajo mecánico y lo conseguí en Avianca. Empecé a hacer vuelos internacionales por mi nivel de inglés. Y me la pasaba viajando: Perú, Buenos Aires, Madrid.
¿Y entonces cómo termina viviendo en Hamburgo?
Me iba a ir a terminar mis estudios en Francia, pero un amigo me dijo que Hamburgo era buenísimo, que el puerto era genial. Y me fui. Llegué en pleno invierno. No me gustaba el frío, pero como soy un poco terca me propuse quedarme hasta aprender el idioma. No me iba a ir con el rabo entre las patas.
Y terminó recorriendo la tierra de sus ancestros…
Sí, como si fuera un viaje al revés.
¿En dónde vivió en Hamburgo?
En el barrio Sankt Pauli, cerca al puerto, barrio bohemio, de artistas, intelectuales. Y ahí duré como ocho años.
Estando en Hamburgo va por primera vez al psicólogo…
Llegué por una situación particular, un tanto curiosa. Estaba con estreñimiento y me hice un montón de exámenes, pero todos salían normales. Entonces una trabajadora social me sugirió que fuera a donde el psicólogo para hablar de la niñez, y busqué uno que hablara español. Encontré a un argentino. Yo pensaba que esa reacción de mi cuerpo era porque peleaba mucho con mi novio de entonces, pero el tipo empezó a indagar, que mi mamá qué hacía, que mis hermanas y cuando le dije que mi papá había muerto, pues le conté toda la historia. Y el tipo fue mi salvación: pasé de ser una persona que se guardaba todo a poder hablar tranquilamente de lo que le había pasado. Y chao estreñimiento.
¿Qué más recuerda de ese psicólogo?
Que su esposa era hija de judíos que habían huido del régimen nazi. Él, además, había crecido durante la dictadura en Argentina. Sentí una afinidad inmediata. Historias similares, otra casualidad.
¿Por qué la operaron de la espalda?
Uy, eso fue cuando estaba investigando para mi primer libro. Me puse a mirar la necropsia de mi papá. Siempre me dije a mí misma que esas fotos no iban a aportar mucho a la historia y un día, estando frente al computador, con la carpeta en el escritorio, le di clic por inercia. Y, claro, el ojo reventando de mi papá, las heridas, una cosa horrible. Al otro día empecé con un dolor de espalda horrible. El médico me dijo que era pura tensión muscular, me puso un relajante. Viajé a Madrid con la molestia y esa noche no dormí del dolor. Llamé a una amiga, me contactó con un médico, resonancia y dictamen: operación.
¿Qué le dijeron?
Que tenía una hernia discal. Y que si no me operaba la posibilidad de no volver a caminar era enorme. Volví a Berlín, me operaron y todo salió bien.
Y después le dijeron que sufría de síncope…
Eso fue seis años después. Fui a la cárcel a entrevistarme con José Dorado Gaviria, exagente de contrainteligencia del Ejército. Lo conocí en la JEP y le dije que quería saber cómo habían cometido crímenes en el Cantón Norte. El tipo, sin inmutarse, me contó cómo habían matado a mi papá, dónde le habían disparado exactamente: en la sien y en el pecho. Un relato crudo. Ese día llegué a la casa, me quedé dormida y cuando me levanté empezaron los mareos. Como lo digo en mi segundo libro, Deshacer los nudos: el cuerpo habla lo que la razón calla. El cuerpo me decía que no quería saber más, pero yo no podía parar, tenía que seguir investigando.
¿Qué tan cierto es que su primer libro se materializó por una serie de casualidades?
Es que mire: en una conversación con la escritora Laura Restrepo y con la escultora Doris Salcedo, ambas me dijeron que tenía que contar mi historia y la de mi papá, es decir, la del Palacio de Justicia. Después, por un amigo abogado, conocí a una señora filántropa que me dio un dinero para empezar, como 70.000 euros. Me acababan de dar la residencia gringa, tenía que ir a Estados Unidos y ese era el lugar perfecto para escribirlo. Y ahí, mientras estaba en el proceso, apareció Juan David Correa, que era editor en Random. Muchas cosas ocurrieron, una tras la otra. Y eso no es normal que todo se alinee para que lo hagas. Yo dije: esta vaina es espiritual. Nunca he sido muy creyente, pero en el proceso del libro deduje que había fuerzas que me tenían ahí escribiéndolo.
Fue arriesgado hacerlo, sobre todo en un país como Colombia…
¡Claro! No sabía a qué hora me había metido yo a investigar y cuestionar a los militares, a hacer preguntas incómodas para saber la verdad. Y con dos libros ya publicados puedo decir que este proceso me ha tranquilizado y me ha ayudado a soltar un trauma que durante tanto tiempo tuve encapsulado. Eso sí, he incomodado a muchos.
En ese ir y venir usted regresó esporádicamente para la inauguración de una de las exposiciones más completas sobre el Palacio de Justicia realizada por el Forensic Architecture en 2021: Huellas de desaparición forzada…
Conozco al director, es un gran amigo mío. Recuerdo que me llamó para contarme que lo había contactado la Comisión de la Verdad para que trabajara en tres casos y que él les dijo que uno debía ser el del Palacio de Justicia. En el documental que ellos hacen hay imágenes de mi papá saliendo con vida del edificio. Estaba en Miami y planeé todo para estar en la inauguración de esa exposición en el Museo de Arte Miguel Urrutia de Bogotá. Organicé para que fueran tres días, ni uno más.
¿Es verdad que un tipo se dedicó a seguirla por toda la ciudad?
Estaba en todos los lugares a los que iba. No se esforzaba en lo más mínimo para que yo no lo viera. Y me acordé de mi mamá y de lo que vivió y chao, me fui otra vez del país.
Helena Uran Bidegain. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS
¿Meses después le ofrecieron trabajo en la Cancillería?
Álvaro Leyva me propuso ser asesora en asuntos para la no repetición, lo consulté con mi hijo y acepté. Él nunca había vivido en Colombia. Sabía que me iban a cuestionar porque iba a ser parte de un Gobierno cuyo jefe de Estado había sido parte activa de la guerra, militante del grupo que inició la tragedia del Palacio de Justicia. Pero también tenía claro que Colombia necesitaba nuevas voces en el tema de reconstrucción de memoria.
¿En qué trabajaba en ese entonces, cuando le hicieron la oferta?
Era asesora de política exterior de América Latina del Parlamento alemán. Trabajaba mucho los temas de memoria y de su recuperación. Hice cosas con las Madres de Plaza de Mayo y con varias organizaciones de víctimas.
¿Y qué pasó en la Cancillería?
En general, creo que me pasó lo mismo que a mi mamá: ingenuidad política y creer que se abrían espacios para otras propuestas, para una democracia más sólida, pero no.
Usted le manda una carta al presidente Petro en la que lo invita a reflexionar sobre su insistencia en exaltar la bandera del M-19 en actos públicos, siendo usted una víctima indirecta de este grupo. Esa carta no tuvo respuesta directa, pero luego de eso la sacaron de la Cancillería, ya con Luis Gilberto Murillo. ¿Pudo hablar con el entonces canciller?
Lo conozco hace tiempo y esperé una respuesta, que al menos me diera la cara. Nunca apareció ni nada. Mal gesto de una persona que parecía abierta al diálogo.
Hace poco entrevistó a Noemí Sanín, ministra de Comunicaciones del presidente Belisario Betancur y quien dio la orden de callar a los medios de comunicación durante las acciones militares en el Palacio de Justicia. ¿Cómo se sintió?
Yo sé lo que pasó, ella sabe lo que hizo, pero necesita mantener su versión, como en los últimos 40 años, para legitimar sus acciones. Dice que nunca censuró a los medios de comunicación por medio de amenazas, que tampoco dio la orden para que emitieran un partido de fútbol y muchas otras cosas. Le seguí el juego y ya.
¿Qué opina de la instrumentalización de la memoria?
La memoria debe estar al servicio de la justicia y para construir una sociedad más consciente de su pasado y de su relación con el presente. Todo lo que pasó en la conmemoración de los 40 años del Palacio de Justicia es lamentable: versiones encontradas, peleas con fines políticos y los familiares de las víctimas en un segundo plano.
Este año nació la Fundación Carlos H. Urán. ¿En qué consiste ese proyecto?
La Fundación promueve los procesos sociales, pedagógicos y culturales que fortalezcan la memoria colectiva como un bien y derecho público. Está el eje investigativo, el cultural y el pedagógico, y el comunicacional. Todos atravesados por un tema de memoria histórica. Lo que buscamos es generar conciencia frente a los valores democráticos a partir de la memoria.
Recomendado: Jeisson Suárez
Jeisson Suárez en la revista BOCAS. Foto:Yohan López / Revista BOCAS
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