“Cuando mataron a Gaitán no había televisión, por supuesto, y me puse a escuchar por radio todo lo que sucedía en Bogotá: todo lo que describían lo iba pintando”, así recordaba Débora Arango la forma en que retrató la Masacre del 9 de abril, un cuadro que permaneció oculto durante 38 años antes de convertirse en memoria visual del país.
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Arango escuchó una ciudad en llamas y la transformó en forma y color. ¿Cómo logró capturar ese fervor solo con el relato fragmentado de la radio, desde un rincón apacible de Envigado que aún estaba lejos de los primeros golpes de La Violencia?
A veinte años de su muerte, su obra sigue atravesada por silencios como este. “A pesar de ser una artista pública –que se asoma cada vez que pagamos con un billete de dos mil pesos– Débora ha quedado opaca y escurridiza”, escribe el periodista y abogado Víctor Cabezas Albán, finalista del Premio Gabo y ganador del Simón Bolívar. Su nuevo libro ‘Débora Arango de perfil’ (Planeta) recurre a archivos, expedientes y prensa de la época para reconstruir su vida con el pulso de una novela policiaca.
Cabezas alterna roles de detective e historiador para seguir la vida de la primera mujer que expuso desnudos femeninos en Colombia. En el libro intenta “reconciliar a las muchas Déboras”: la que exploró el cuerpo femenino desde el expresionismo, la que abogó por el derecho al sufragio de la mujer y la joven paisa que, en los años veinte, fue una de las primeras con licencia de conducción.
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Ese esfuerzo lo llevó a documentos que no encajaban con versiones muy repetidas sobre la artista y a revisar las historias que habían permanecido ocultas en sus cuadros. Sin embargo, siempre estuvieron allí; solo que el país prefirió no mirarlas de frente durante mucho tiempo.
¿Qué mitos sobre Débora Arango se desmontaron al escribir este libro?
No empecé con la intención de desmontar algo, sino con una historia oficial que se cayó por la fuerza de los archivos y la investigación. Por ejemplo, yo creía que su paso por Europa había sido determinante; que había recibido iluminaciones de maestros en Francia y en España, y que después regresó a pintar con esa influencia. No fue así. Débora fue autodidacta: tuvo a Pedro Nel Gómez y a Eladio Vélez como maestros iniciales, pero el grueso de su obra lo hizo sola. El segundo tema que se desmontó rápido fue la supuesta censura de Laureano Gómez en Bogotá. Eso tampoco ocurrió y la propia artista lo negó. Laureano la criticó mucho, sí, pero nunca intervino para censurarla o limitarla.
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Este episodio ocurrió en 1940, cuando el rumor de una exposición con desnudos femeninos se esparció por Bogotá y llegó a oídos del conservador Laureano Gómez, quien desde el periódico El Siglo y la Revista Colombiana desató 20 páginas de ataques, calificando la muestra como una “manifestación de pereza”. Aun así, la exposición se mantuvo quince días en el Teatro Colón. En su libro, Cabezas reconstruye la trama de quienes sostuvieron esa resistencia discreta: Amparo Jaramillo y su esposo, entonces ministro de Educación, Jorge Eliécer Gaitán.
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‘La amiga’, en acuarela sobre papel, de Débora Arango Foto:© Museo de Arte Moderno de Medellín
En esa recopilación de anécdotas, ¿cuáles tuvo que dejar por fuera y qué silencios siguen sin resolverse?
El método que elegí es como abrir una trocha que, a cada paso, abre otras nuevas. Hay que saber administrar el entusiasmo para no desviarse. Por ejemplo, cuando Gloria Gaitán, la hija del caudillo, me habló de su relación con el presidente chileno Salvador Allende, entendí que ahí había mucho por explotar, pero no podía hacerlo. Lo mismo ocurrió cuando me mostró una caja con la correspondencia entre sus padres: tanto por el romance como por la aptitud política de Amparo Jaramillo, una estratega y pensadora muy avanzada a su tiempo.
Por otro lado, uno nunca renuncia a buscar respuestas, y la vida a veces te da desquites en momentos insospechados. Uno de esos silencios fue Casablanca, la hacienda y casa taller donde vivió Débora hasta su muerte, que por fin pude visitarla. El otro es la suerte de una muchacha muy importante para ella en los años 80, que terminó atrapada por la drogadicción y viviendo en el Cartucho, en Bogotá. A ella intenté seguirle la pista durante meses, buscando personas en situación de calle que pudieran haberla conocido, y no lo logré, porque allí la gente vivía en un estado de anonimato, donde ocurrían ejecuciones constantes y tal vez terminó en una de esas. Los espacios más agrestes para el periodismo suelen serlo también para las personas, y ese es un silencio incómodo, que quién sabe si se llene de voz pronto.
Si quieres ver a Botero, puedes hacerlo sin problema. Con Débora no pasa. El silencio persiste.
¿Por qué cree que el país tardó tanto en reconocer una obra que, siendo tan honesta y transgresora, estuvo relegada durante décadas?
Hay un temor velado a la honestidad y al poder de una obra. No creo que haya existido una conspiración explícita, un grupo de personas diciendo: “Vamos a silenciar a esta artista”. Esas son dinámicas sociales en las que las obras honestas, puras y poderosas salen perdiendo. Ha pasado siempre: en la época franquista, acá y en Alemania. El poder político tiende a identificar esas obras y a relegarlas. Y creo que hoy, cuando se cumplen 20 años de su fallecimiento, estamos aún muy lejos de que ella ocupe el lugar que merece y de que su obra tenga la difusión, el reconocimiento, el estudio y la observación que debería. Este libro es apenas un empujoncito para eso. El Museo de Arte Moderno de Medellín está haciendo algunos esfuerzos, pero falta mucho para que esa obra salga a relucir. Si quieres ver a Botero, puedes hacerlo sin problema. Con Débora no pasa. El silencio persiste.
Portada del libro «Débora Arango de perfil» Foto:Cortesía Editorial Planeta
¿Qué lo llevó a contar esta biografía como una novela hecha de historias ajenas?
El proyecto es ambicioso porque es literatura de no ficción: todo lo que aparece en el libro tiene una base de investigación, reportería y archivo, pero está narrado con las herramientas de la literatura –personajes, tramas, atmósferas–. Sentía que había poca información disponible sobre ella y que la literatura podía tender ese puente: una historia bien contada puede descifrar hilos y revelar conexiones insospechadas. En la construcción del perfil hubo dos claves. La primera fue nunca dejar de ver la obra. Las anécdotas sobre su vida, sus emociones o su día a día importan, claro, pero no tanto como lo que te dice un cuadro en la intimidad de tu observación. Ahí está el poder. El libro intenta hacer ambas cosas: observar la obra y contar sus historias, y al mismo tiempo armar el perfil de la artista, con anécdotas y algunos buenos chismes de su época.
El libro se lee como una novela de múltiples historias entrelazadas –Carolina Sanín, en el prólogo, incluso lo compara con Las Mil y Una Noches por esa técnica de “relatos en marco”. ¿Qué le permitió ese método en la escritura?
El libro es, en realidad, un perfil a través de sus cuadros. Para mí, fue muy difícil decidir escribirlo. Yo pensaba, y aún lo pienso, que no tengo aptitudes técnicas para evaluar arte: no sé de tendencias, de olas ni de composiciones, solo admiro lo que veo. Lo que sí sé y cultivo a diario es la habilidad para contar historias. Por eso le decía a mi editor que quizás debían conseguir a un crítico o a un historiador del arte. Y él insistía: “Precisamente no. Eso sería un estudio teórico, ensayístico, y este libro busca una difusión masiva”. Ya embarcado en el proyecto, entendí que el método era encontrar las historias. Poner el foco en un cuadro y, desde ahí, rastrear qué hechos reales estaban escondidos en él. Usar la pintura como un mapa para ir a los archivos y explorar el pasado, para hacerse preguntas que al principio parecen bobas, pero terminan siendo desafiantes. Por ejemplo, en Masacre del 9 de abril: ¿quién era la mujer que tocaba las campanas con el pecho desnudo? Esa pregunta no me dejaba tranquilo, sabiendo además que la maestra pintaba lo que oía en la radio.
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Después de leer este libro, ¿qué espera que cambie en la relación del público con la obra de Arango?
Mi mayor anhelo es que la gente entre a la página del Museo de Arte Moderno de Medellín y empiece a relacionarse con esa obra. La vida es más ligera cuando uno aprecia el arte como ejercicio cotidiano; cada dos días veo una de sus obras y me doy ese momento, después del ruido del día, para contemplarla en pantalla completa. Es un ejercicio muy diciente. Por eso, mi ambición es despertar interés por Débora Arango y por las historias que esconden sus cuadros y están contadas en el libro.
Víctor Cabezas, autor de «Débora Arango de perfil» Foto:Cortesía Editorial Planeta
¿Y a usted cómo lo transformó la experiencia de escribir sobre alguien tan rebelde para su época?
Me cambió en dos sentidos. Primero, en mi interés por su arte. Conocer algo más de su vida privada me hizo valorar mejor esa obra tan transgresora y potente. Lo que más agradezco del proceso de investigación y escritura es haber vuelto a mirar sus cuadros. Su obra sigue comunicando cosas en el silencio de la observación y creo que esa fue la transformación para mí: apreciar la capacidad del arte para decirte cosas atemporales.
Después de sumergirse tanto en la vida de Arango, ¿hay otro artista cuya historia le gustaría explorar de la misma manera?
La libreta de pendientes es larguísima, pero uno de los artistas que más me interesa es Luis Caballero. Tiene una vida asombrosa y una obra poderosísima que merece más atención. Arango tiene la virtud —y también el padecimiento— de que la mayor parte de su obra está en un solo museo, porque muy poca se vendió. En cambio, Caballero sí vendió muchas de sus obras y están dispersas. Me gustaría investigarlo y, en algún momento, contar esa vida feroz que tuvo.
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Políticas, eróticas, transgresoras: así son las pinturas de Débora Arango que Víctor Cabezas invita a observar desde las historias que encierran sus cuadros. A veinte años de su muerte, su obra vuelve a abrir un espacio en la conversación pública. Desde este 4 de diciembre, el Museo Santa Clara en Bogotá inaugurará «Huida del convento», una exposición con dieciocho piezas que permiten reencontrarse con una artista que desafió las convenciones de su época.
JUAN ALEJANDRO MOTATO SOTO
En redes: @juanalejandromotato
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