El 16 de noviembre del año pasado, la Galería Casas Riegner celebró el cumpleaños 93 de la maestra Beatriz González con una exposición de su última gran obra, dos telones de varios metros de ancho que resumían su mayor obsesión: la guerra y la paz. En la paz aparecía un grupo de indígenas en una restitución de tierras, y el otro era una Colombia en estado puro: era la imagen de una foto que había sacado del Diario del Magdalena en la que aparecían los cuerpos de cuatro prostitutas asesinadas al lado de un río en los alrededores de Santa Marta. La obra tenía un poder hipnótico; recuerdo haberme quedado varios minutos al frente, en silencio, aterrado.
Beatriz González nunca tuvo miedo de contar el país; en los años ochenta se atrevió a ridiculizar al presidente Julio César Turbay en el momento justo en el que se desató el famoso Estatuto de Seguridad que –en sus propias palabras– “mató a Feliza Bursztyn y puso en el exilio a Gabriel García Márquez”.
Decoración de interiores. Obra sobre Turbay Ayala. Foto:Archivo particular
La obra es una cortina gigantesca de un coctel –en el que justamente se celebraba la llegada de Camacho Leyva, el autor del Estatuto de Seguridad– en el que aparece Turbay y todo su séquito con un whisky en la mano en una reunión donde todos parecen burlarse del país. Y ella invitaba a la burla en el otro sentido: porque hay algo grotesco en todos los personajes, hombres de negro rigurosos y papadas prominentes, y mujeres con vestidos largos de coctel y colores chillones.
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“Eso era lo más miedoso”, recordó la maestra en su entrevista con María Paulina Ortiz en la Revista BOCAS. “Él mandaba detectives a mis exposiciones a preguntar qué era lo que había. Pero lo que me pasó el año antepasado (2013) sí fue increíble: hice una retrospectiva en Medellín y allá me preguntaron lo de Turbay y dije lo que siempre digo, que era un señor de mal gusto, inmoral, eso. Cuando volví a mi casa, encontré un sobre de pergamino escrito con tinta gruesa que decía: ‘Beatriz, yo la estimo y alguna vez pensé comprar un cuadro suyo. Pero después de leer lo que dice sobre Turbay, le aclaro que quiero verla en un juzgado. Julio César salvó este país, lo dejó como en un jet y lo estrellaron los que lo siguieron’. La carta era de Amparo Canal, la viuda del expresidente.
Beatriz González, en su estudio, en su entrevista con BOCAS. Foto:Pablo Salgado
La maestra no solo fue una gran artista y una voz imprescindible. Fue curadora del Museo Nacional y jefa del departamento de educación del Museo de Arte Moderno de Bogotá. No se guardaba ninguna opinión y, en el fondo, debía divertirle que ‘todo el mundo’ la catalogara de ‘malvada’. Peleó con Gloria Zea y nunca se reconciliaron. Y del Museo Nacional no se guardó nada: “se convirtió en un desastre”, decía. Su ácido sentido del humor se hizo legendario. Nadie tenía ni su voz ni su autoridad para opinar (mal) del arte colombiano y de sus artistas y salir absolutamente ‘impune’. Porque su inteligencia era –¿por qué no decirlo?– absolutamente abrumadora; era una mujer brillante. Y el humor siempre se agradece.
Doris Salcedo y Beatriz González. Foto:Néstor Gómez. EL TIEMPO
También fue una docente fuera de serie con discípulos tan notables como Doris Salcedo y José Alejandro Restrepo que, de alguna manera, tomaron la posta de contar los horrores de Colombia en su propio lenguaje. “La maestra Beatriz González”, me dice Doris Salcedo, “fue una fuerza transformadora que impactó el arte colombiano y al país, como pintora, curadora, historiadora y maestra extraordinaria, forjadora de varias generaciones de artistas colombianos. Su rigor, lucidez y gran talento guiaron su extraordinaria obra hasta convertirla en un referente importantísimo del arte contemporáneo internacional. Su mirada implacable nos enseñó a reconocer los aspectos trágicos y satíricos de la vida política colombiana. Su obra no solo hace visible la historia de millones de víctimas, sino que su talento fue capaz de elevar y dignificar estas experiencias dolorosas para otorgarles una justicia poética. La maestra siempre estará presente en mí”.
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Fue parte de una generación brillante de la Universidad de los Andes; se quejaba de algunos profesores que calificaba de “mediocres y lambones”, pero tuvo la fortuna de encontrarse con Juan Antonio Roda y Marta Traba. Nunca sufrió la discriminación de género; siempre pasó por encima. No era una ‘artista mujer’. Era una artista y punto. “Creo que Marta Traba”, dijo en su entrevista en BOCAS, “fue clave en ese aspecto; hizo que surgieran muchas artistas, fue muy clara en esa búsqueda. Ella no discriminaba entre hombres y mujeres. Yo fui la primera artista que expuso en el Museo de Arte Moderno de Bogotá y en 1965 me invitó a la Bienal de Venecia. Ella no ponía diferencias. Por eso, cuando me preguntan si sufrí por ser mujer, digo que nunca, nunca”.
Sus últimos años fueron un verdadero homenaje a su vida y obra; el Museo de Arte Contemporáneo de Burdeos hizo su primera gran retrospectiva en el 2017 y luego estuvo en el Reina Sofía de Madrid; luego fue el turno del Pérez Art Museum en Miami; después estuvo en el Museum of Fine Arts de Houston; en el Museo de Arte Contemporáneo de México; en la Pinacoteca de Sao Paulo; en el De Pont de Países Bajos y, entre otros lugares, en el Museo Urrutia del Banco de la República de Bogotá. Este año se inaugura una retrospectiva más en el Barbican Center de Londres. Su obra alcanzó el estrellato total, y lo pudo disfrutar antes de tener que retirarse de su taller en la Sociedad Colombiana de Arquitectos a finales de 2024, luego de regresar de su retrospectiva en Países Bajos.
Beatriz González. Foto:Claudia Rubio / EL TIEMPO
Su salud se deterioró con la muerte de su esposo, el arquitecto Urbano Ripoll, y se retiró a sus cuarteles de invierno. Pero la tarea estaba hecha y había quedado en su mitología el dibujo de una mandarina que encandiló a sus profesores en Bucaramanga cuando era una niña en el colegio de la Santísima Trinidad.
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Hablar del arte colombiano sin mencionar su nombre es una herejía, y hay varias piezas suyas que sencillamente son obras maestras, desde Los suicidas del Sisga hasta sus Auras anónimas en el Cementerio Central. La historia de los suicidas se ha contado cientos de veces porque –de alguna manera– es una de las primeras obras pop de Colombia. Fue una foto que salió en EL TIEMPO. Era la imagen de una pareja de campesinos que se lanzaron de cabeza a la represa del Sisga porque se amaban en exceso y no querían consumar su matrimonio ni tener sexo por motivos religiosos. La historia conmovió a González, recortó la imagen del periódico y la convirtió en tres cuadros en colores chillones que no pueden faltar en ninguna de sus retrospectivas.
Los suicidas del Sisga Foto:Archivo particular
El periódico se convirtió en parte de su trabajo. Incluso, en el Banco de la República, hubo una exposición de sus recortes. Y de esos recortes salieron obras como una cinta de peligro en la que, en lugar de líneas negras sobre un fondo amarillo, hay un grupo de cargadores de muertos, un oficio que, sin duda, solo puede existir en Colombia.
Sus Auras anónimas también salió de esa foto; los columbarios del Cementerio Central de Bogotá estaban a punto de ser derrumbados para ser convertidos en un parque, pero su terquedad genial hizo que mantuvieran su carácter sagrado. Como dice el curador Cuauhtémoc Medina, Beatriz González impidió que un espacio que había sido consagrado quedara apartado del “comercio de los vivos”. El exalcalde Enrique Peñalosa perdió la pelea contra el arte: un cementerio, y menos una obra arquitectónica de la Bogotá de los años 40, no podía convertirse en un parque para ciclocrós. El año pasado, la propia alcaldía de Bogotá se comprometió a restaurar los 8.975 nichos de la obra que, desde 2009, se ha convertido en un referente visual de la ciudad.
Beatriz González en el Cementerio Central. Foto:Milton Diaz- EL TIEMPO
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Beatriz González marcaba un antes y un después en su obra desde la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19. “Cuando pasó la toma”, recordaba, “yo estaba en Pasto dictando un taller con el Banco de la República. Llegué por la noche al hotel y prendí el televisor. Vi que un tanque estaba entrando al Palacio de Justicia y pensé que era una película. Volví a Bogotá y me dije que no podía seguir haciendo las cosas chistosas de Turbay y eso. Después de lo del Palacio, uno no se podía reír más”.
Pero se había reído. Y se había reído con una genialidad extraordinaria. Sus muebles de los años 70 son imperdibles en toda su obra; hay piezas como Mutis por el foro que son inolvidables: es una cama de madera en la que incrustó una pintura con colores chillones de la muerte de nuestro amado libertador Simón Bolívar con la cara azul; su Naturaleza casi muerta es otra cama con la imagen de un pobre Cristo agonizante.
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Hay una serigrafía de una Jacqueline Onassis de paseo sobre un camello y genialmente titulada Jackeline Oasis. En 1977 también hizo una obra maestra, genial: 10 metros de Renoir. Se trataba de un dibujo sobre papel de una obra de Renoir, el Moulin de la Galette, repintado por ella, y en plena inauguración, en la Galería Gárces Velázquez, pidió “las tijeras de oro con las que Pastrana inauguró el Edificio Coltejer” y se dedicó a cortar el dibujo para vender trozos de tres centímetros o hasta de un metro con cincuenta. “Alonso Garcés anunció: la maestra va a vender esto por centímetros. La gente gritaba: ‘no, no’… Fue un performance muy chistoso. Es una obra que me fascina”.
Pero vino la toma del Palacio. Y el paramilitarismo. Y los secuestros. Y las matanzas. Y el recrudecimiento de la guerra. Y las víctimas. Y los desplazados. Y las viudas. Y las madres de los soldados asesinados.
Su obra, desde los años 90, se convirtió en un recordatorio constante del país en el que vivimos. Y lo contó desde el lado más frágil: el de las víctimas. Las dignificó, contó su dolor y sus dramas de una forma preciosa, poética y trágica en un lenguaje y unos colores que solo ella podía usar.
Su muerte -el pasado viernes 9 de enero- es una tragedia. El arte colombiano queda huérfano de una de sus grandes figuras históricas.
FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
DIRECTOR DE REVISTA BOCAS y LECTURAS DOMINICALES

















