Durante más de 1.600 años, el Faro de Alejandría existió únicamente en textos antiguos, monedas desgastadas y relatos que mezclaban historia y mito. Considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, su silueta desapareció del horizonte del Mediterráneo tras una cadena de terremotos que lo destruyeron entre la Edad Media temprana y el siglo XIV. Hoy, ese monumento perdido vuelve a ocupar un lugar central en la arqueología mundial.
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Un equipo internacional de investigadores logró recuperar recientemente bloques monumentales de la estructura original, hallados en el fondo del puerto oriental de Alejandría, en Egipto. Se trata de enormes piezas de piedra que permanecieron sumergidas durante siglos y que formaban parte del acceso principal del faro, una de las construcciones más emblemáticas de la Antigüedad.
El hallazgo, realizado en el mar Mediterráneo, no solo confirma la ubicación de restos clave del monumento, sino que abre una nueva etapa para comprender cómo fue realmente una obra que marcó la historia de la navegación y la arquitectura. Las piezas recuperadas pesan decenas de toneladas y pertenecieron a elementos estructurales fundamentales del edificio.
Restos del Faro de Alejandría hallados bajo el mar Mediterráneo. Foto:GEDEON Programmes / CEAlex
Un símbolo que dominó el mundo antiguo
Alejandría fue una de las ciudades más influyentes del mundo antiguo. Fundada por Alejandro Magno en el año 331 a. C., se convirtió en un punto de encuentro entre culturas, comercio y conocimiento. Desde su puerto partían y llegaban embarcaciones de todo el Mediterráneo, lo que convirtió a la ciudad en un eje estratégico para el intercambio económico y cultural.
En ese contexto nació el Faro de Alejandría, construido en el siglo III a. C. durante el período de la dinastía ptolemaica. Su función era guiar a los navegantes que se aproximaban a una costa peligrosa, marcada por arrecifes y bancos de arena. Pero su impacto fue mucho mayor que el de una simple torre de señalización.
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Con una altura estimada de entre 115 y 150 metros, el faro se convirtió durante siglos en una de las estructuras más altas jamás construidas por el ser humano. Su imagen simbolizaba el poder político, el desarrollo tecnológico y la ambición de una ciudad que aspiraba a dominar el Mediterráneo.
Más allá de su utilidad práctica, el monumento funcionaba como una declaración de grandeza. Desde el mar, era lo primero que veían los visitantes al llegar a Alejandría, una puerta monumental que anunciaba la importancia de la ciudad y de quienes la gobernaban.
El monumento guiaba a los navegantes del Mediterráneo. Foto:iStock
Ingeniería, fuego y vigilancia
El funcionamiento del faro era una proeza técnica para su tiempo. Durante la noche, una hoguera permanente iluminaba la cima, mientras que durante el día un sistema de espejos metálicos reflejaba la luz solar hacia el mar, permitiendo que la señal fuera visible a decenas de kilómetros de distancia.
La estructura no era hueca ni simbólica. En su interior albergaba rampas, habitaciones y espacios destinados al personal encargado de mantener el fuego encendido y vigilar el horizonte. Carros tirados por animales podían transportar el combustible hasta los niveles superiores, una muestra del nivel de planificación que alcanzó la ingeniería helenística.
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Además de orientar a los barcos, el faro cumplía una función estratégica. Su altura permitía detectar embarcaciones a gran distancia, lo que lo convertía en un punto clave de observación y defensa del puerto más importante del mundo antiguo.
Tras su destrucción definitiva, parte de sus piedras fueron reutilizadas siglos después en la construcción de la fortaleza de Qaitbay, aún visible en la costa egipcia. Sin embargo, numerosos fragmentos quedaron ocultos bajo el agua, preservados por el mar hasta tiempos recientes.
El Faro de Alejandría fue la tercera maravilla del mundo antiguo más longeva, Foto:iStock
Hoy, gracias al proyecto PHAROS, liderado por instituciones científicas de Francia y Egipto, esos restos están siendo estudiados mediante escaneo de alta resolución y modelos tridimensionales. El objetivo es reconstruir digitalmente el monumento y comprender con mayor precisión su diseño original.
De esta forma, el Faro de Alejandría comienza a recuperar su lugar no desde la piedra, sino desde la tecnología. Una maravilla que ya no puede levantarse sobre el mar, pero que vuelve a iluminar la historia desde el mundo virtual.
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MARÍA PAULA LOZANO
REDACCIÓN ALCANCE DIGITAL

















