Según un estudio de PLOS ONE publicado por el portal Muy Interesante, los hongos pueden ser entrenados para usarse como memristores, es decir, como dispositivos que son capaces de almacenar información.
Este desarrollo implica una nueva generación de computadoras más sostenibles, fabricadas a partir de materiales orgánicos, y supone un avance llamativo en el campo emergente de la llamada informática fúngica. Tal como describe el estudio, se basa en sistemas de “computación fúngica” que utilizan redes de micelio conectadas a electrodos, capaces de actuar como componentes de memoria dentro de dispositivos bioelectrónicos.
¿Pero cómo un hongo puede ser un microchip?
Hongo Shiitake en el experimento para convertirse en un microchip. Foto:Investigación de Plos One
Lo innovador de este estudio es que los investigadores lograron en el hongo un efecto que se llama «memristencia», que es cuando los componentes son capaces de «recordar» el paso de la electricidad. En este caso, se intenta recrear la actividad cerebral humana.
La red interna del shiitake, conocida como micelio, está formada por finos filamentos llamados hifas. En el experimento, estos hilos funcionaron como el principal canal por el que circulaba la electricidad y se conectaron directamente a circuitos electrónicos convencionales.
Los investigadores comprobaron que incluso después de ser deshidratados y luego rehidratados, los hongos conservaban su capacidad de funcionamiento. Esto permitió demostrar que estos sistemas pueden “cultivarse, entrenarse y almacenarse mediante secado”, sin perder sus propiedades eléctricas. La posibilidad de reutilizarlos tras la deshidratación resulta fundamental para pensar en aplicaciones tecnológicas reales.
¿Y cómo se programa un hongo?
El experimento arrancó con el cultivo del micelio en placas de Petri que contenían un sustrato nutritivo elaborado a partir de farro, germen de trigo y heno. Cuando los hongos cubrieron por completo la superficie, el material se dejó secar al sol durante una semana. Este proceso convirtió el micelio en una estructura rígida, pero sin que perdiera su capacidad para conducir electricidad.
Antes de realizar las pruebas, los investigadores reactivaron esa conductividad aplicando una ligera nebulización de agua desionizada, lo que permitió que el sistema volviera a funcionar eléctricamente.
Una vez listos, los hongos se integraron en un circuito electrónico al que se les aplicaron señales eléctricas con distintas frecuencias y formas de onda. La prueba buscaba verificar si el sistema se comportaba como un memristor, es decir, si presentaba un bucle de histéresis en la relación entre corriente y voltaje, una señal clara de que el material es capaz de “recordar” estímulos eléctricos previos.
Los resultados confirmaron este comportamiento. La respuesta del hongo variaba según la frecuencia de la señal aplicada y alcanzó una precisión del 95 % cuando se trabajó a 10 hercios y 5 voltios, lo que respalda su potencial como componente de memoria en sistemas electrónicos.
Es decir que los hongos fueron capaces de almacenar y modificar información eléctrica como una RAM.
¿En qué se podría aplicar esta tecnología?
Además de demostrar un funcionamiento estable, estos memristores basados en hongos requieren un consumo energético muy bajo. Esta característica los vuelve especialmente atractivos para su uso en dispositivos portátiles, sensores, misiones espaciales y sistemas autónomos, ámbitos en los que la eficiencia energética es muy importante.
A ello se suma su alta resistencia a la radiación, atribuida a compuestos como el lentinano, presente en las paredes celulares del shiitake, lo que les otorga una ventaja en entornos extremos, incluido el espacio.
Más allá de la eficiencia, el sistema muestra un comportamiento eléctrico adaptable, capaz de modificar su respuesta según los estímulos que recibe. Esta flexibilidad, propia de los sistemas biológicos, abre la posibilidad de desarrollar modelos de aprendizaje artificial más cercanos a los procesos naturales, como redes neuronales con un grado real de plasticidad.
Los resultados de esta investigación son emocionantes por su novedad y su accesibilidad, pues según los mismos investigadores, estos sistemas se podrían desarrollar a un bajo costo además de impulsar el desarrollo de materiales biodegradables.
Aún así, el estudio cuenta con limitaciones, como que las muestras eran grandes y poco uniformes y que además hay un desafío a la hora de controlar el crecimiento del micelio.

















