Un estudio científico desbarató un hallazgo que parecía revolucionario: dos vértebras conservadas en un museo de Alaska, consideradas durante más de 70 años como los fósiles de mamut más recientes del continente, han sido identificadas en realidad como restos de ballenas encontradas a 400 kilómetros del mar.
A comienzos de la década de 1950, el naturalista Otto Geist encontró dos grandes vértebras cerca de Fairbanks, en Alaska (Estados Unidos). Las piezas fueron catalogadas entonces como huesos de mamut y quedaron almacenadas en el Museo del Norte de la Universidad de Alaska, junto a numerosos restos recolectados por el explorador entre los años veinte y sesenta del siglo pasado. Durante más de siete décadas, nadie puso en duda esa identificación.
El giro llegó con un trabajo reciente publicado en la revista Journal of Quaternary Science. Al someter los fósiles a modernas pruebas de datación por carbono 14, en el marco del proyecto Adopt a Mammoth, el equipo científico obtuvo un resultado inesperado: los huesos tenían entre 1.900 y 2.700 años de antigüedad, muy lejos de los 13.000 años que tiene el fósil de mamut más joven conocido en Alaska continental. Si realmente hubieran sido de mamut, habría sido necesario reescribir la historia de la megafauna ártica.
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Los resultados confirmaron que aquellos restos no pertenecían a ningún proboscídeo. Foto:Istock
Ante una cronología tan anómala, los investigadores decidieron profundizar el análisis. Utilizaron entonces isótopos de nitrógeno, una técnica que permite inferir la dieta del animal. Los niveles detectados en las vértebras eran propios de organismos marinos, algo completamente incompatible con un herbívoro terrestre como el mamut, lo que hacía pensar que el problema no estaba en la datación, sino en la especie asignada.
Para despejar dudas, el equipo recurrió a la herramienta más concluyente: el análisis de ADN antiguo. Los resultados confirmaron que aquellos restos no pertenecían a ningún proboscídeo, sino a dos cetáceos diferentes: una ballena minke común y una ballena franca del Pacífico Norte. De golpe, los supuestos “últimos mamuts” de Alaska se convirtieron en huesos de ballena mal catalogados.
El misterio sobre el origen de los fósiles se mantenía abierto. Foto:Istock
El hallazgo resolvió una incógnita, pero abrió otra todavía más intrigante: si se trataba de ballenas, ¿cómo habían llegado sus huesos hasta Fairbanks, a unos 400 kilómetros de la costa más cercana? Los científicos exploraron varias explicaciones. Pensaron, en primer lugar, que los animales hubieran remontado antiguos ríos de la región, pero descartaron esta opción al comprobar que el pequeño arroyo junto al que se hallaron los fósiles no podía albergar cetáceos de ese tamaño.
Otra hipótesis barajada fue que grandes depredadores, como osos o lobos, hubieran arrastrado los restos tierra adentro. Sin embargo, esta escena tampoco convenció al equipo, ya que la distancia desde el mar y el tipo de huesos conservados no encajaban bien con ese escenario de transporte natural por carroñeros. El misterio sobre el origen de los fósiles se mantenía abierto.
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apunta a un error de etiquetado en el museo Foto:Istock
Finalmente, los investigadores redujeron las explicaciones plausibles a dos. Una posibilidad es que grupos humanos prehistóricos hubieran trasladado los huesos hasta esa zona del interior por su valor simbólico o para utilizarlos como materia prima en la fabricación de herramientas.
La otra, que consideran la más probable, apunta a un error de etiquetado en el museo: los restos de ballena se habrían mezclado con otros fósiles procedentes de áreas costeras, también recolectados por Geist, y habrían sido registrados por equivocación como hallados cerca de Fairbanks. Teniendo en cuenta que el naturalista entregó al museo piezas tanto del interior de Alaska como de la bahía de Norton, en el litoral.
Un fallo en el registro del museo bastaría para explicar por qué las vértebras marinas aparecían asociadas a una localidad tan alejada del mar. De ser así, el caso no solo corrige una identificación errónea, sino que subraya la importancia de revisar con nuevas técnicas las colecciones históricas y cuidar cada detalle de catalogación, ya que un simple error de etiqueta puede sostener durante décadas una historia científica que nunca ocurrió.
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Jaider Felipe Vargas Morales
REDACCIÓN ALCANCE DIGITAL

















