Un estudio realizado en Colombia con personas que han alcanzado o superado los 100 años de edad reveló que la vejez extrema no implica necesariamente una pérdida severa de la capacidad mental ni de la autonomía funcional. La investigación, desarrollada por la Alianza Colombiana de Centenarios y publicada en la revista científica Alzheimer’s & Dementia, identificó que el 36,3 % de los centenarios evaluados mantiene un “fenotipo cognitivo-funcional preservado”, una condición que combina un desempeño cognitivo aceptable con independencia para las actividades básicas de la vida diaria.
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El trabajo, liderado por investigadores de universidades y centros médicos de Bogotá, Barranquilla y Medellín, analizó a 160 centenarios residentes en cinco regiones del país: Atlántico, Bolívar, Sucre, Valle del Cauca y Bogotá D. C. El objetivo fue evaluar cómo se comportan, en edades extremas, los factores de riesgo modificables para la demencia definidos por la Comisión Lancet 2024, una referencia internacional en prevención de esta enfermedad.
Más de un tercio de esta población conserva funciones cognitivas. Foto:iStock
Los resultados desafían varios supuestos ampliamente aceptados sobre el envejecimiento y la demencia. De acuerdo con el estudio, 63,7 % de los participantes no cumplía con los criterios del fenotipo cognitivo-funcional preservado y fue clasificado, con base en pruebas de tamizaje, como población con demencia. Sin embargo, más de un tercio de los centenarios conservaba tanto su funcionamiento mental como su autonomía, lo que cuestiona la idea de que llegar a edades extremas implica inevitablemente un deterioro profundo.
La investigación introdujo el concepto de “fenotipo cognitivo-funcional preservado” (PCFP, por sus siglas en inglés), una aproximación que integra resultados de pruebas cognitivas y de funcionalidad, en lugar de apoyarse únicamente en diagnósticos categóricos tradicionales. Para los autores, este enfoque resulta más adecuado en centenarios, cuyas trayectorias de envejecimiento son heterogéneas y no siempre se ajustan a los criterios clínicos clásicos de demencia.
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Entre los principales hallazgos, el estudio mostró que factores tradicionalmente considerados determinantes del riesgo de demencia en la adultez —como bajo nivel educativo, hipertensión arterial, diabetes, obesidad o tabaquismo— no tuvieron una asociación significativa con el deterioro cognitivo en esta población. En contraste, variables como la fragilidad física, la desnutrición, el bajo rendimiento físico y una peor calidad de vida se relacionaron de manera consistente con la ausencia del PCFP.
La fragilidad emergió como uno de los factores más estrechamente vinculados al deterioro cognitivo-funcional. De igual forma, el estado nutricional, medido mediante herramientas clínicas validadas, se asoció positivamente con la preservación de las funciones mentales y la autonomía. Los centenarios con mejor nutrición y mayor desempeño físico tuvieron más probabilidades de conservar su capacidad cognitiva.
El estudio propone un nuevo enfoque que integra desempeño mental y funcional. Foto:iStock.
Otro resultado relevante fue la asociación negativa entre el consumo previo o actual de alcohol y el PCFP. Según el análisis multivariado, el consumo de alcohol redujo de manera significativa la probabilidad de mantener un estado cognitivo-funcional preservado, lo que contradice hipótesis previas sobre posibles efectos protectores del consumo leve en la vejez.
La calidad de vida, evaluada desde la percepción subjetiva de los propios centenarios, se consolidó como uno de los factores protectores más robustos. Quienes reportaron mayor bienestar y satisfacción mostraron mejores resultados cognitivos y funcionales, lo que refuerza la importancia de los componentes psicosociales en la salud cerebral durante la vejez extrema.
En cuanto a la salud mental, la depresión mostró una relación negativa con la preservación cognitiva, aunque con asociaciones de carácter borderline, lo que sugiere una interacción compleja entre síntomas depresivos y deterioro cognitivo. La ansiedad fue poco frecuente en la muestra y no se asoció de manera significativa con los desenlaces principales.
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El estudio también evidenció limitaciones en el uso de algunas pruebas cognitivas tradicionales. En particular, la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA) clasificó a todos los participantes como personas con demencia y no mostró concordancia con otras escalas ni con la observación clínica, razón por la cual fue excluida de los modelos analíticos. Este hallazgo subraya las dificultades de aplicar instrumentos estandarizados en poblaciones con baja escolaridad, diferencias culturales y edades extremas.
Para los investigadores, los resultados indican que los determinantes de la salud cerebral cambian a lo largo del curso de la vida. Mientras en la mediana edad predominan factores cardiovasculares y metabólicos, en los centenarios cobran mayor relevancia la integridad física global, la nutrición, la funcionalidad y el bienestar subjetivo. Esto sugiere la necesidad de diseñar estrategias de prevención de la demencia adaptadas a la edad y al contexto social y cultural.
Aunque el diseño transversal del estudio no permite establecer relaciones causales y existe un posible sesgo de supervivencia —propio de una población que ha logrado superar múltiples riesgos a lo largo de su vida—, los autores destacan que se trata de una de las cohortes más amplias y diversas de centenarios estudiadas en América Latina.
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En conclusión, la investigación aporta evidencia de que longevidad y preservación cognitiva pueden coexistir. Más allá de los factores de riesgo clásicos, el estudio plantea que la funcionalidad, la nutrición y la calidad de vida son pilares fundamentales para entender la resiliencia cognitiva en la vejez extrema, y abre nuevas preguntas sobre cómo redefinir el concepto de envejecimiento cerebral saludable en sociedades cada vez más longevas.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medioambiente y Salud
@CaicedoUcros
















