Colombia vive un momento emocionalmente cargado y políticamente desconcertante. La conversación pública oscila entre la indignación, la desconfianza y el cansancio. Sin embargo, detrás de esa turbulencia visible existe unas fuerzas menos obvias pero mucho más determinante: las creencias con las que interpretamos el país, al otro y a nosotros mismos.
Hace unos domingos, El Tiempo publicó dos artículos que ayudan a comprender el trasfondo de esta crisis. La entrevista con la psicóloga Dolores Albarracín mostró que, en tiempos de incertidumbre, la gente está confiando más en su experiencia personal —y en la de su círculo cercano— que en los medios de comunicación o en instituciones oficiales. Esa tendencia, explica la autora, abre la puerta a lo que ella llama “sistemas cerrados de creencias”: narrativas que se blindan a sí mismas, que se alimentan de emociones intensas y que rechazan cualquier evidencia que las cuestione.
El segundo artículo, centrado en la polarización, reveló que el 84 por ciento de los colombianos percibe el país completamente dividido, y que esa fractura se ha filtrado a las familias, los trabajos y los entornos cotidianos. La polarización dejó de ser un desacuerdo político; se convirtió en una forma de relación, en un hábito emocional que organiza quiénes somos“ nosotros” y quiénes son “ellos”.
Ambos textos, desde ángulos distintos, apuntan hacia una misma raíz: lo que creemos determina cómo interpretamos la realidad y cómo tratamos al otro. Y ese nivel profundo —el de las creencias individuales y colectivas— es el que hoy necesita ser puesto en el centro de la conversación nacional.
Pero las creencias las podemos ver como el software emocional que organiza nuestra vida social. No son opiniones fugaces: son estructuras mentales que filtran información, moldean emociones y anticipan amenazas. En una sociedad que ha vivido décadas de violencia, desigualdad e inestabilidad institucional, esas estructuras tienden a adoptar tonos de miedo, rabia, frustración y cinismo.
Por eso, ante un mismo hecho, dos ciudadanos pueden llegar a conclusiones opuestas. La diferencia no es solo ideológica; es emocional. Cada uno está viendo una versión distinta del país, mediada por un conjunto de creencias acumuladas: algunas aprendidas en casa, otras heredadas de nuestra historia cultural y otras reforzadas a diario por redes sociales que premian la indignación
Cuando una creencia se vuelve identidad —“yo soy de este lado, no del otro”— el diálogo deja de ser posible. Los argumentos se vuelven irrelevantes y la conversación se convierte en defensa emocional. Lo que está en juego no es una idea, sino la autoestima y la pertenencia.
Ese fenómeno es visible en Colombia de manera dramática: no discutimos hechos sino intenciones; no debatimos políticas sino moralidades; no escuchamos al otro sino que lo clasificamos. Cuando la experiencia personal reemplaza a la evidencia Se evidencia el uso de un atajo emocional muy peligroso que imposibilita construir relaciones productivas desde la diversidad.
En la entrevista a Albarracín se subraya un punto crítico: en momentos de desconfianza institucional, las personas tienden a privilegiar lo que han vivido ellas mismas o lo que les cuentan
personas de confianza. Esa preferencia por la experiencia inmediata es comprensible, pero también es peligrosa: construye verdades absolutas desde miradas parciales. Por ejemplo, un barrio violento puede llevar a concluir que “todo el país está perdido”. Una mala experiencia con un político puede convertirse en “todos son iguales”. Un caso de corrupción se transforma en “nadie hace las cosas bien”.
Estos saltos cognitivos, que todos hacemos, se amplifican en redes sociales, donde los algoritmos nos entregan información que valida nuestras emociones previas. Así, la creencia se consolida, la identidad se endurece y el diálogo se vuelve cada vez más improbable. La consecuencia de este proceso es visible: proliferan teorías conspirativas, se multiplican los prejuicios y la conversación pública se llena de certezas blindadas. Ya no importa si algo es exacto; importa si confirma lo que sentimos.
El artículo en El Tiempo sobre la polarización, confirma que el país ha pasado de la discusión a la desconfianza, cuando la diferencia se vuelve amenaza. No discrepamos: nos evitamos. La diferencia se volvió un peligro emocional, no intelectual. Y cuando eso ocurre, la vida democrática se deteriora.
Esta polarización afectiva se alimenta de creencias muy profundas que llevamos décadas normalizando como: “El vivo vive del bobo.” “La ley estorba, lo importante es sobrevivir.” “La culpa es siempre de los demás.” “Quien critica divide.” “El progreso exige destruir al contrario.”
Estas frases, repetidas desde la infancia y reforzadas por una cultura barroca que sobrevalora el atajo y la picardía, se convierten en guías emocionales. Organizan nuestra relación con la autoridad, con la norma, con lo público y con quien piensa distinto. Son creencias que ciegan: no nos dejan ver al otro como ciudadano sino como adversario; no nos permiten confiar sino sospechar; no nos dejan cooperar sino competir por supervivencia.
Pero hay creencias que nos frenan y otras que pueden liberarnos. Por esta razón, con estas reflexiones propongo entender el país como un escenario dividido entre dos conjuntos de creencias que hoy están en tensión.
Creencias que frenan a Colombia
• “Colombia no tiene arreglo.”
• “Nada cambia porque nada sirve.”
• “El Estado debe resolverlo todo.”
• “Todos los políticos son iguales.”
• “La diferencia es una amenaza.”
• “Lo público no es de nadie.”
• “El otro es responsable de mis males.”
Cada una de estas creencias produce emociones que paralizan: resignación, cinismo, rabia, victimismo. Al sumarlas, generan una cultura donde la colaboración es improbable y la confianza, casi imposible.
Creencias que pueden habilitar una nueva narrativa
• “Colombia es buena y vale la pena cuidarla.”
• “El cuidado empieza por mí.”
• “Las reglas nos protegen a todos.”
• “El otro puede ser mi aliado, no mi enemigo.”
• “Los problemas complejos se resuelven juntos.”
• “La corresponsabilidad es poder.”
• “La esperanza es mejor estrategia que la rabia.”
Estas creencias no son ingenuas: son productivas. Cambian el punto de partida emocional desde el cual interpretamos la realidad y desde el cual activamos comportamientos cívicos más constructivos.
La política colombiana ha sido alimentada históricamente por emociones tristes que generan creencias limitantes como el resentimiento, la humillación, el miedo. Estas emociones movilizan, pero no construyen. Generan acción, pero no cooperación.
La narrativa de “Colombia es buena y vale la pena cuidarla” que está emergiendo, propone otra narrativa que propicia creencias habilitantes porque activar emociones brillantes como la esperanza activa, el cuidado, la gratitud, la corresponsabilidad y el orgullo por lo que hacemos bien. No se trata de negar los problemas —sería irresponsable— sino de cambiar el punto de partida desde el cual los enfrentamos.
Desde esta nueva narrativa, reconocemos que el país está lleno de iniciativas silenciosas que cuidan barrios, protegen niños, fortalecen comunidades, preservan ecosistemas y acompañan víctimas. Pero la narrativa del pesimismo las invisibiliza. Cambiar de creencias es un pre requisitos para comenzar a verlas y revisarlas.
Para hacerlo, y que el ejercicio no sea solo un ejercicio intelectual, propongo tres rutas concretas:
1. Hablar de creencias desde el bienestar emocional La salud mental y la convivencia se han deteriorado. Lo que creemos afecta cómo dormimos, cómo reaccionamos frente a un rumor, cómo interpretamos una discusión. Poner este tema en clave de cuidado ayuda a despolitizarlo y lo acerca a la vida cotidiana.
2. Conectarlo con lo cotidiano, no solo con lo institucional. Las creencias se expresan en gestos simples: respetar una fila, ceder el paso, escuchar sin atacar, cooperar en una junta de acción
comunal. El cambio cultural comienza en esos espacios, no exclusivamente en el Congreso o en los debates televisivos.
3. Vincularlo con un propósito nacional. Colombia necesita una narrativa compartida. Ninguna coalición política, por sofisticada que sea, sobrevivirá si las creencias colectivas siguen basadas en la desconfianza y la sospecha. Las creencias habilitantes son la base emocional de un proyecto común.
Un llamado final
Es necesario revisar lo que creemos para poder reencontrarnos. Los dos artículos del domingo pasado publicados en El Tiempo que he tomado como referencia, describieron un país donde la experiencia personal domina la conversación y donde la polarización ha entrado a las casas. Ambos fenómenos revelan lo mismo: el sistema de creencias que nos sostenía se está resquebrajando. Revisar nuestras creencias no es un acto privado: es un acto público de cuidado. Antes de discutir reformas, candidatos o coaliciones, debemos preguntarnos desde qué creencias estamos mirando el país.
Si cambiamos las creencias que nos limitan, cambiarán nuestras emociones. Si cambian las emociones, cambiarán nuestras decisiones.Y si cambian nuestras decisiones, Colombia cambiará.
El futuro no se decide solo en las urnas ni en los despachos. Se decide en la conciencia de cada ciudadano dispuesto a revisar lo que cree. Ese es el punto de partida para reencontrarnos como nación. Ese es el camino posible.

















