Quedaste perfecto, Jorgito, –dice la madre del niño. Le da un beso en la frente y luego le limpia la marca del labial con un pañuelo, un sello que puede arruinar el disfraz.
Jerónimo García Riaño, escritor colombiano Foto:Archivo personal
Jorgito se asoma al espejo una vez más, como lo ha hecho durante todos los días de esta novena de aguinaldos. Revisa los puntitos de la barba hechos con marcador café, se mira las patillas largas y gruesas del mismo color, y se ajusta el sombrerito que le oprime el pelo rubio y crespo: siente apretada la cabeza, pero lo puede soportar, hoy es el último día del disfraz, hoy llega el Niño Dios con los regalos, ese pensamiento le ayuda a tolerar la jornada. Da unos pasos hacia atrás frente al espejo y se mira los pantalones que llegan hasta las rodillas, las tirantas que le abrazan la camisa blanca de cuadros negros… Se mira y se mira, se parece al Tom Sawyer que ve por televisión, solo le falta estar descalzo.
Salen de casa.
Ilustración Gustavo Ortega (Fragmento) Foto:Ilustración Gustavo Ortega
Jorgito piensa en Luisa Fernanda, o María, para el caso del pesebre en vivo. Todas estas noches ha estado con ella, viéndola interpretar su papel mientras él hace el suyo, el de pastor enamorado pendiente de una respuesta a la petición de noviazgo que él le hizo. Eso le sirve de consuelo para llevar la carga del disfraz. Lo que no aguanta es al José de esta representación, a Pablo. ¿Por qué lo eligieron a él y no a mí?, se pregunta Jorgito, ¿por tener más dinero? ¿por ser el nieto del profesor del barrio? Quisiera ser él quien se arrodilla junto a Luisa Fernanda, mirando ambos una cuna vacía, esperando a que nazca el que trae los regalos. Hoy nace, hoy se acaba el peso del disfraz, un buen regalo puede calmar la envidia de Jorgito.
Los niños toman posesión del escenario: una choza montada sobre una tarima pequeña, entechada con aserrín y decorada en la punta con una estrella de papel. María y José se arrodillan a los costados de la cuna. Al lado de José hay una vaca grande de cartón, al lado de María hay una mula grande de cartón. Al lado de la vaca está Sebastián, el hijo de don Fermín, el dueño de la tienda del barrio, disfrazado de ángel. Y al lado de la mula, pero afuera de la choza, afuera de la fiesta, Jorgito carga el cojín-oveja que, con los viajes de la casa al pesebre y del pesebre a la casa, ya empieza a perder lana, dejando ver el azul de su piel. María y José miran la cuna que está revestida con las hojas secas de algún árbol, esperan la llegada del hermanito de Sebastián, de dos meses de nacido, que esta noche hace de Jesús.
-Llegó el padre –dice la señora Eloísa, la madre de Luisa Fernanda y matrona del barrio, la que organiza las fiestas y las reuniones en cada Navidad. La gente aplaude la presencia del sacerdote y, después de recibir algunas bendiciones, le ayudan a subir a la tarima. Hoy él presidirá la novena. Se hace al lado de Jorgito, el pastor. Le soba la cabeza y le tumba el sombrero. Jorgito, como puede, lo recoge y se lo vuelve a poner, siente otra vez el apretón.
-Gracias por la invitación –dice el padre–. Es un gusto estar aquí, cerrando esta novena de aguinaldos e invitándolos a recibir en sus corazones al Niño Jesús que nace hoy. Así que dispongámonos a escuchar y a darle gracias a Dios por este encuentro tan especial.
La gente vuelve a aplaudir y el padre empieza a leer la oración para todos los días, luego lee la oración a la Virgen María, luego la oración a San José, la oración al Niño Jesús –en ese momento don Fermín sube al bebé, está dormido y envuelto en una túnica blanca, el acolchado de la cuna no logra despertarlo. Ya nació, piensa Jorgito, ya queda poco para que esto termine–, luego los gozos, y cuando van por la mitad de un villancico, de Zagalillos, empieza el acabose porque José decide darle un beso casi en la boca a María. Un beso improvisado, salido del libreto, no hay un solo pesebre donde José bese a María, lo único que deben hacer es mirar la cuna y al niño recién nacido, pero Pablo quiso cambiar la tradición. María, que ya no es María, empuja a José, que ya no es José, y pierde el equilibrio y cae. Jorgito, que ya no es pastor no puede permitir semejante insolencia, agarra el cojín-oveja y se va contra Pablo. Con cada golpe que Jorgito lanza sobre la humanidad del niño, el cojín-oveja se desbarata: se le caen los ojos, se le caen las orejas, las patas se doblan y el algodón se desprende por completo, dejando al cojín solo, sin apellido.
Pablo Llora. La mamá de Jorgito, la señora Eloísa, don Fermín, el abuelo de Pablo y un poco más de gente se suben a la tarima y discuten. Oiga, profesor, su nieto es un atrevido, cómo se le ocurre besar a la niña. Tiene usted razón, doña Eloísa, le diré a los papás que lo reprendan, no sé qué le pasó a este muchachito, nunca había hecho una cosa así, pero el hijo de doña Milena tampoco tenía por qué pegarle de esa manera a mi nieto, mire cómo lo dejó. Claro que sí, profesor, mi hijo defendió a la niña de semejante abuso, antes Jorgito se comportó como un caballero, a usted debería darle pena, ese niño no parece nieto suyo. Permiso, voy a sacar a mi bebé antes de que le pase algo también, de milagro no se despertó con tanta algarabía. Cálmense, cálmense, por favor, y sigamos con la novena. No, padre, ya no hay novena, hoy no nació ningún Niño Jesús aquí, me da mucha vergüenza con usted que haya tenido que presenciar semejante barbaridad. No se preocupe, señora Eloísa, Dios será el que juzgue. Gracias, padre, por entender, apaguen la música y se van todos para sus casas, aquí ya no hay Navidad, ni hay regalos, ni nada, esto se acabó.
Jorgito y doña Milena regresan a la casa. El cojín queda olvidado en el pesebre. Jorgito se quita el sombrero, se quita las tirantas, la camisa a cuadros y el pantalón, y mientras se lava la cara y ve correr la tinta del marcador por el desagüe del lavamanos, doña Milena lo felicita. Estuvo muy bien que defendiera a la niña de ese abusivo, mijo. Procure no ser amigo de Pablo, puede ser nieto de quien sea, pero no es buena persona. ¿Sabe algo? Que eso haya pasado hoy es signo de que Dios se fijó en las cosas buenas que usted hace. Ese es un mensaje de Navidad, ¿no le parece? Lo veo sonreír, lo veo contento, usted sabe que obró como debía… Bueno, váyase a dormir para que el Niño Dios le deje los regalos.
Jorgito se pone la pijama, se acomoda en la cama, siente el cuerpo liviano, sin disfraz. Cierra los ojos sin parar de sonreír. Recuerda el sí que le dio Luisa Fernanda a su humilde propuesta de noviazgo, diciéndole que Pablo nunca le ha gustado, que a ella solo le gusta él, le gustan sus crespos y sus ojos cafés; recuerda los besitos que se dio con ella detrás de la mula grande de cartón mientras los adultos discutían en la tarima; recuerda la cara de Sebastián, el ángel, tapándose la boca, como guardando un secreto, y viéndolos así, clandestinos pero felices; recuerda la mirada de Luisa Fernanda, tan dichosa como él, recuerda y recuerda…
Y empieza a dormirse sin aflojar la sonrisa, a la espera del resto de regalos de Navidad.
*(Armenia 1978). Docente y escritor. Autor del libro de cuentos ‘Geometría del engaño (2025) y la novela ‘El día de los dos goles’ (2018), entre otros.

















