Navidad. A. M. Mejía, un hombre de cuarenta y siete años, divorciado y padre de dos hijos, abordó el vuelo que lo llevaría a Bogotá. La idea era pasar la Nochebuena y quedarse unos días en casa de sus papás, Adélcida y Germán, y después volver a Popayán por Juancho y Laurita para celebrar con ellos el Año Nuevo en Cartagena; con ellos y con Lina, una muchacha que meses atrás había entrado a la compañía a hacer sus prácticas.
Es curioso, pero Mejía pensaba que si uno tenía que morir en un vuelo, este sería una pesadilla desde el inicio: sería muy difícil conseguir transporte hasta el aeropuerto, habría problemas con el equipaje, con la policía, habría sucesivas demoras, los baños estarían sin agua y alguien ocuparía el asiento que figuraba en su pasabordo. Pero esta vez, en este viaje, no hubo ningún contratiempo y Mejía y otras 173 personas alzaron vuelo hacia la capital del país más o menos a las once de la mañana.
No hubo ningún contratiempo, pero hubo algo fuera de lo normal: A. M. Mejía iba cantando.
Juan Fernando Hincapié, escritor Foto:Cortesía
La noche anterior había salido a cenar con Lina, y apenas se fue a la cama hacia la una de la mañana. La chica se quedó con algunos amigos en la sala de la casa de Mejía, y cuando este se levantó a las cuatro a decirles que ya era hora de irse, uno de los hombres jóvenes y vigorosos que ocupaban el radio visual de Lina se enfrentaba a grito herido con Nadie es eterno, el gran éxito de Darío Gómez. Los visitantes se fueron, y Mejía y su novia se acostaron.
Al otro día, en la ducha, a Mejía se le escapó por la boca el coro de la canción de Darío Gómez. No era que el Rey del Despecho le gustara especialmente; de hecho, Mejía era el tipo de persona que parecía no tener gustos musicales, o que se plegaba a las preferencias de los demás; cualquier artista y cualquier género le daba lo mismo, siempre y cuando no lo pusieran muy duro.
Mientras se vestía en el cuarto seguía cantando la canción, que por primera vez le pareció “buenísima”, adjetivo que vertió sobre su acompañante a medio dormir; la chica sonrió gregariamente y se volteó hacia la pared. En el taxi, Mejía derrapó con el fragmento en que Darío le hablaba… ¿a quién le hablas, Darío?: a los terrícolas: Sufrirás, llorarás / Mientras te acostumbres a perder / Después te resignarás / Cuando ya no me vuelvas a ver. En el aeropuerto seguía cantando, aunque moderó el volumen al pasar por los controles, y cuando se instaló en su puesto, el 7A —contra la ventana; no concebía viajar de otra manera—, el canto había mutado a un susurro apenas audible en las profundidades de su alma.
La señora que tenía al lado dio un respingo. Era como si lo hubiera escuchado y supiera lo que estaba por suceder.
Con el avión surcando los aires colombianos, Mejía se llamó al orden por primera vez: ¿por qué no podía pensar en otra cosa? ¿No era eso comportarse como un adolescente? Si Mejía aborrecía algo en la vida, era precisamente el comportamiento adolescente.
Y no, Lina no era ninguna adolescente, como había señalado su exmujer. Era una mujer joven capaz e inteligente, que es distinto.
Cuentos de Navidad Foto:iStock
Todo lo acaban los años / Dime ¿qué te llevas tú? / Si con el tiempo no quedan / Ni la tumba ni la cruz.
Ahí estaba de nuevo la canción. Esa línea de la tumba y la cruz era simple y profunda. Gómez era un genio. A. M. Mejía sonrió.
Sonrió, pero decidió que ya era hora de apagar su mente. Para este fin, sacó el lector electrónico, el Kindle. Estaba leyendo una novela policíaca, que ayer en la tarde había dejado en la posición 1905. Había decidido detenerse en ese punto exacto porque ese era el año de nacimiento de su abuelo paterno. Al principio, cuando le regalaron el Kindle —en una Navidad pasada—, se sintió decepcionado porque no había páginas pares e impares, y porque uno no podía ir con un rápido movimiento a la foto del autor, para tratar de desentrañar lo que el escritor o la escritora estaba tratando de decir, o porque terminar el libro era un momento desolador, porque en verdad uno no le podía asignar ningún sitio; sin embargo, todo esto quedó atrás cuando descubrió el aviso de “Posición”, abajo a la izquierda. Lo bueno de las novelas policíacas es que solían ser extensas y pasaban de largo por su propio año de nacimiento, 1978, y Mejía había desarrollado la manía, cuando superaba esa marca, de seguir leyendo y cerrar distraídamente en un punto que señalaría el año de su muerte: 2052, 2069 e incluso un muy optimista e irreal 2129.
Meses atrás iba por la posición 2027 de una novela buenísima de John Connolly y su mujer (ahora ex) lo requirió para algo; puesto que Mejía tenía pensado vivir muchos años, la ignoró durante los minutos que le tomó llegar hasta el 2070, o por ahí, y salvó su vida pero no la armonía conyugal.
Cuando en esta oportunidad llegó a la posición 1945 —el año en que había nacido su mamá—, el avión se sacudió por primera vez.
Mejía cerró el lector electrónico y en su mente reprodujo la letra de Nadie es eterno. Cuando llegara donde sus papás la buscaría en YouTube, porque sabía que el video le ofrecería nuevas pistas.
Eso sería lo primero que haría: buscar el video. Luego almorzaría. O lo podría hacer al tiempo: almorzar viendo el video. Después se echaría una siesta; después buscaría un sobre para guardar los quinientos mil pesos que le iba a regalar a su hermana Rosa María, que le había salido en el “Amigo secreto” que jugaban los adultos de su familia por Navidades. Se podía dar un regalo en el rango de los trescientos y los quinientos mil pesos, o la plata, en su defecto. Sobre los niños aún llovían regalos de toda índole, y Mejía estaba al tanto de que tendría que procurarse una maleta extra para cargar de vuelta a Popayán las mil pendejadas que el genérico “familia” les enviaba a Juancho y a Laurita.
Las fiestas de Navidad de su familia siempre habían sido legendarias, pero quién sabe cómo sería la de este año con la enfermedad de su papá.
Cena de Navidad Foto:iStock
“Necesito que me ayuden —venía escribiendo su mamá en el chat de Mejía y sus hermanos—. Yo sola ya no puedo con él”.
Mejía sabía que iba en serio, y por eso había tomado medidas: no traer a los niños (grupúsculo que incluía a Lina), y transferirle a su mamá la suma de un millón y medio de pesos, para la cena y los regalos de los sobrinos, y también para que se compre algo chévere, mamá.
Los invitados comenzarían a llegar a las cinco de la tarde, y Mejía ya estaría ayudando con la natilla y los buñuelos. Tenía pensado encargarse de la administración de aquellas deliciosas masas: de a dos por niño (como le había tocado a él de chico, para su inmensa frustración) y cuatro o máximo cinco por adulto.
De pronto el avión dio una nueva sacudida y su vecina de puesto estampilló la mano contra el respaldo de la silla de adelante.
Mejía la miró y ella lo miró de vuelta.
Mejía volvió a abrir el Kindle.
Rezaban la novena más o menos a las siete, y la cena era a las diez; Mejía podía aprovechar esa franja para escaparse al patio y llamar a sus hijos: si se veía obligado a saludar a su exmujer y a sus exsuegros, lo haría de la mejor manera. A las doce todos se abrazaban con todos y se deseaban felices fiestas. Poco después se sentaban en la sala, al lado del árbol y del pesebre, y uno o varios de los niños más pequeños comenzaban a repartir los regalos; lo hacían con ceremonia, de a uno, para que todos pudieran ver y, de ser necesario, aplaudir.
La aeronave comenzó a zarandearse con violencia de un lado para otro. Se oyeron algunos gritos, pero el piloto habló por el altavoz y les pidió a los pasajeros que mantuvieran la calma.
Los otros días de su estancia en la capital Mejía tenía proyectado dedicárselos a sus viejos. Su papá le había pedido que le ayudara a hacer unas terapias, porque la enfermera era un desastre.
Su papá nunca le había pedido nada. Y a su mamá, que sí pedía cosas, habría que confrontarla (con cariño, en lo posible) con su problema de acumulación. ¡En la Navidad pasada ni siquiera había sitio en las mesas para poner una taza de café! Estando en ello, podía sembrar la semilla para que dejaran el caserón por un apartamento más cómodo, con portería y ascensor.
Mejía no estaba entendiendo nada de lo que leía, pero sabía que la historia se desarrollaba en una pequeña ciudad de Grecia, donde el detective Jaritos perseguía incansablemente a un malhechor. Le dio un golpecito a la pantalla y llegó a la posición número 2000, al siglo XXI.
Darío Gómez se volvió a atravesar:
Adiós a los que se quedan / Siempre les quise cantar / Suerte y que la gocen mucho / Ya no hay tiempo de llorar.
Era probable que a sus papás no les quedara mucho tiempo, pensó Mejía. Y esta bien podía ser la última Navidad. De pronto sí había sido un error no traer a los niños.
De repente, las máscaras de oxígeno habían caído y todo el mundo gritaba. La señora le tomó la mano e invocó a Dios.
Esto obligó a Mejía a maniobrar el lector electrónico con la mano izquierda. Con el dedo índice le dio un golpecito a la pantalla. Llegó al final de un capítulo, a la posición 2025.
Se trataba apenas de una frase:
“Feliz Navidad”.
* Bogotá, 1978. Escritor, editor y traductor colombiano. Su novela más reciente, ‘El pichamiento’, está en todas las librerías del país.

















