El día en que ocurrió esta conversación, Gabriela Wiener aterrizó en Montevideo (Uruguay), procedente de Colombia, donde participó en el Reencuentro en el Corazón del Mundo, un evento organizado por el Ministerio de las Culturas en paralelo a la Cumbre de la Celac-UE, que se realizó en Santa Marta. La entrevista comenzó indagando sobre su percepción acerca de la situación política y social de su país, Perú, del cual se fue hace años para radicarse en España, donde ha logrado vivir de lo que escribe.
La desazón que le genera lo que está viviendo Perú marcó el tono de sus respuestas, en las que se observa a una Gabriela frustrada y pesimista. La política la atraviesa por completo como mujer migrante, racializada, feminista y defensora de las poblaciones campesinas, indígenas y disidentes sexuales. Su último libro publicado, Atusparia (2024), es un fiel reflejo de sus creencias y críticas al sistema democrático y a las izquierdas de los 80.
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La historia parte desde un colegio llamado en honor a un líder indígena del siglo XIX, Pedro Pablo Atusparia Ángeles, que más adelante se convierte en el alias de la protagonista que participó en unas protestas contra un gobierno represor y después se lanzó a la presidencia, sueño que se truncó por un lawfare que le montaron para sacarla de la contienda.
Después de Huaco retrato (2021), Wiener se convirtió en un boom literario de habla hispana por su estilo autorreferencial, rebelde, punzante y honesto, con el que logró tejer los vínculos entre vida personal, colonialidad y contexto social. Su voz puede llegar a incomodar y ella lo sabe. No anda pidiendo perdón, mucho menos permiso por lo que dice y hace. Sus acciones son coherentes con esa forma de ser tan suya.
El libro es de Literatura Penguin Random Foto:archivo particular
Este año recibió una propuesta de Penguin Random House para ser la editora invitada de la editorial Caballo de Troya, que fue creada por el crítico y editor español Constantino Bértolo en 2004 bajo la idea de publicar a nombres que están empezando a buscar espacio en el mundo editorial y que, desde 2014, invita cada dos años a un autor a ser su editor. Wiener aceptó con una contrapropuesta: cambiar temporalmente el nombre de la editorial por Yegua de Troya y tener carta blanca para publicar solo mujeres, migrantes y latinoamericanas.
Ya van seis autoras publicadas este año y el próximo otras seis verán la luz. Sobre este y otros temas habló Wiener en la entrevista de EL TIEMPO.
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Cuénteme un poco más de Yegua de Troya, el cambio de nombre y la búsqueda de las autoras que publicó para la editorial.
Se me ocurrió cambiarle el nombre de Caballo de Troya a Yegua de Troya porque quería publicar a quienes se han quedado siempre por fuera. Es un catálogo no mixto, en el que publicamos en España a sudacas, en muchos casos migrantes, racializadas y disidentes. Con Yegua de Troya abrimos una pequeña grieta y estamos asomándonos como una trinchera temporal desde la cual visibilizamos nuestras escrituras. Ha habido un salto enorme hacia el reconocimiento y visibilidad de escritoras de todo el mundo. El tema del género ha sido un eje fundamental para esta nueva literatura, pero todavía sigue siendo una literatura muy blanca, urbana, de clase media para arriba. Creo cada vez más en que tenemos que ampliar el campo de la literatura hacia otras lenguas, fuera de las capitales y dentro de las comunidades.
Creo cada vez más en que tenemos que ampliar el campo de la literatura hacia otras lenguas, fuera de las capitales y dentro de las comunidades
Gabriela WienerAutora peruana
Para este año no hubo ninguna escritora colombiana. ¿Habrá alguna en el catálogo de 2026?
No pudo ser, ha sido una selección muy difícil porque seis escritoras por año son muy poquitas. Eso me tiene triste, pero al mismo tiempo estoy contenta porque tendremos dos voces de mujeres peruanas con sus primeros libros. Es necesario desblanquear la literatura, sobre todo en países como Perú, México o Bolivia.
Gabriela Wiener nació en Lima (Perú) en 1975. Foto:cortesía Sofía Alvarez Capuñay
¿Y qué pasará con Yegua de Troya cuando termine su tiempo en la cabeza editorial? ¿Qué proyectos vienen para seguir visibilizando a autoras latinas, migrantes, feministas y disidentes sexuales?
Con otras mujeres tenemos el proyecto Sudakasa con K, que es un espacio de creación migrante, artística y literaria con presencia en Madrid y Castilla La Mancha. Cuando acabe Yegua de Troya, habremos fundado el sello Sudakasa Ediciones para darle continuidad, de alguna forma, a Yegua. Es más bien una reconversión que emergerá de las mismas inquietudes y visiones políticas de estar en el mundo y de escribir.
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Su escritura es muy política, en tanto permanentemente reflexiona sobre cuestiones como el cuerpo, la sexualidad, entre otros temas, desde una mirada que politiza y que para algunas personas puede incomodar. ¿Hay que escribir para incomodar y leer para incomodarnos?
Me da por días. A veces pienso que estamos cambiando todo; otros días pienso que todo sigue igual. Hemos dicho que no pueden hablar de nosotras sin nosotras, que no podemos ser las eternas aleccionadas del mansplaining, hemos criticado la misoginia, hemos escrito desde nuestros territorios saqueados, hemos exigido que no nos colonicen ni exoticen, hemos reiterado que todas las vidas importan, pero pareciera que no hay una reacción. Por eso, a veces pienso que la palabra literaria puede ser transformadora y otros días estoy atormentada por lo inútil que puede ser. También diría que no soy la única con una visión política. Esta nueva generación de escritoras tiene una gran cantidad de libros que son políticos y hablan desde distintos lugares: el cuerpo, el horror, los sistemas políticos que ejercen terror, de la naturaleza, del respeto a las otras formas de vida, de las diversidades. Todo eso es político.
Esta nueva generación de escritoras tiene una gran cantidad de libros que son políticos y hablan desde distintos lugares: el cuerpo, el horror, los sistemas políticos que ejercen terror, de la naturaleza, del respeto a las otras formas de vida, de las diversidades. Todo eso es político
Dice que a veces se siente agobiada por no lograr cambios a través de su oficio, pero en su último libro, Atusparia, trae a colación una frase del poeta peruano Manuel Scorza: “La literatura es el gran y último tribunal de apelación de la historia”. Su país está viviendo una situación política y social compleja. ¿Cree que la literatura será ese último tribunal de apelación para lo que ha acontecido allá?
Si la literatura pudiera ser tantas cosas y tan grandes como las que decía Scorza… Él hablaba de la literatura como una llave que puede abrir incluso cárceles si los libros llegan a las manos adecuadas. A veces lo creo y otras veces no. A veces tengo esperanza en que todo suma, en que nuestras escrituras contribuyen a resistir. Mira el tema de Gaza: hemos firmado manifiestos, escrito poemas, hemos mantenido el tema en primer plano, pero aún no se ha resuelto nada.
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Ya que estamos hablando de Atusparia, quisiera hablar de ese libro y las críticas que con este planteó al sistema político en general, a las izquierdas latinoamericanas…
Atusparia es un libro que hace una crítica desde adentro de las luchas intestinas de la izquierda, a sus protagonistas, a sus líderes, a las jerarquías que hay y que reproducen el patriarcado. Es una crítica afectuosa porque creo que es momento de decirnos las cosas de otra manera que no sea violenta. También Atusparia reconoce a esas generaciones que lucharon, que dejaron una impronta y que hay que continuar. Yo quise hacer otro tipo de historia de las luchas de la izquierda feminizándola. La historia de la política, incluso de las guerrillas, ha sido protagonizada por los hombres. Quise reconocer la valentía de tantas compañeras que están haciendo política de distintas maneras, pese a los errores. El libro muestra otras formas de hacer política: desde lo colectivo, asambleario, desde la autonomía, no solo desde la democracia representativa.
Portada de ‘Atusparia’. Foto:Random House
¿Cómo sería su literatura si escribiera desde Lima u otra ciudad de Perú y no desde Madrid?
Ni idea. Puede que hubiera abandonado la literatura porque es muy difícil ser creadora, escritora, publicar y ganarse la vida en un país tan duro como Perú. La literatura peruana ha sido muy masculina. Un poco la de Los cachorros, de Vargas Llosa, que tuvo una enorme visibilidad y dimensión. Nuestra literatura sigue por descubrirse. Hay grandísimos autores por descubrir. Y siento que las multinacionales editoriales publican a todo rato las miradas de Miraflores (barrio de Lima). Por fortuna hay un montón de editoriales independientes, microeditoriales, editoriales de regiones, donde se puede medir la intensidad actual de la literatura del Perú.
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Su literatura es muy autorreferencial, quisiera saber dónde pone el límite entre lo que es real, lo que le ha pasado, frente a lo ficcional.
Mi literatura hace rato que es una literatura degenerada, como le llamo, porque ha renunciado a tratar de generizarse. Para qué esas etiquetas que siempre te las van poniendo desde fuera. Yo siempre me moví en un lugar muy fronterizo en ese sentido. Con un pie en la ficción y otro en la no ficción. Ahora me he quitado por completo el complejo de ser una cronista más cerca del periodismo que de la literatura. Y mis últimas obras dan fe de ello. Me he puesto a jugar mucho más con la ficción y, en realidad, me gusta inventar y distorsionar la realidad. Empecé con mucho respeto en ese sentido porque me movía muy cerca del código de la buena cronista. Pero nunca fui una buena salvaje en ese sentido y siempre he sido muy disidente de cualquier cajón en el que me metían. Así que nada, he cruzado todo. La literatura del yo, el ensayo, la crónica, la poesía, el teatro, el performance, la novela, la autoficción. Todo eso está en todos mis libros. Y me gusta esa hibridez. Creo que empieza a mirarse y a valorarse también. Toda la vida se ha hecho también. Me divierte entrar y salir de los problemas.
Natalia Tamayo Gaviria
Subeditora Domingo
@nataliatg13

















