“Vamos a ir a la finca de los abuelos porque esta puede ser la última Navidad junto a ellos”. Mi madre repetía la misma frase cada diciembre, a pesar de que, por esos años, sus padres no eran todavía ancianos. Tan solo viejos. Desde que tuve memoria, cada vez que llegaban las vacaciones de fin de año, viajábamos a la casita de recreo que ellos tenían en el Tolima. Pocas veces fuimos a otro lugar. Con el tiempo, fuimos creciendo y mi hermana y yo empezamos a poner trabas; como cualquier otro adolescente, preferíamos quedarnos con los amigos o hacer nuestros propios planes.
Pero antes no había opción.
No me quejo de aquellas vacaciones. No es eso. La finca de los abuelos tenía piscina propia, y en ese conjunto de casas de recreo me encontraba con los primos de Bogotá. Nos pasábamos el día entero en el agua, tirándonos por el tobogán mientras los adultos tomaban cerveza o whisky en un pequeño estadero junto a la piscina. Rezábamos la novena. El 24 de diciembre, mi abuela preparaba unos buñuelos repletos de queso que tanto niños como adultos devorábamos con avidez. Había natilla. En la noche repartíamos los regalos. Sonaba la música (“Yo quiero pegar un grito y no me dejan”, cantaba Guillermo Buitrago), mientras, a lo lejos, estallaban los voladores y las papeletas.
El 31 de diciembre hacíamos el muñeco de año viejo. Buscábamos unos pantalones y una camisa gastados en el clóset de los abuelos y lo rellenábamos con bolas de papel periódico y revistas. El abuelo estaba suscrito a Cromos y a EL TIEMPO, así que teníamos material de sobra. Eran los tiempos previos a internet y las redes sociales, cuando el papel tenía todavía algún significado. Una vez el muñeco estaba listo, lo poníamos junto a la puerta del garaje, en la entrada de la casa, acompañado de una botella de aguardiente vacía, un sombrero y un cigarrillo apagado que le metíamos en la boca pintada con marcador.
Minutos antes de las doce, sintonizábamos una emisora en la que mezclaban la música decembrina (“Las campanas de la iglesia están sonando”, cantaba la voz gruesa) con los gritos de júbilo. Pronto llegaba el infaltable conteo previo a la medianoche: “Diez, nueve, ocho… tres, dos, uno… ¡Feliiiz añoooo!”, y solo entonces se multiplicaba el estallido de los voladores y había decenas de abrazos y lágrimas. Mi madre y su hermana cogían las maletas vacías que habían alistado horas antes y salían por la calle gritándole “¡Feeeeliz añoooo!” a la gente que estaba de fiesta en las casas vecinas. Ellos les respondían haciéndoles adiós con la mano y deseándoles que viajaran mucho y muy lejos, mientras seguía sonando la pólvora y el resto nos atragantábamos de uvas, pidiendo los doce deseos que ese año sí se cumplirían.
Martín Franco, escritor y periodista colombiano Foto:Archivo personal
Luego todo aquello pasaba y volvíamos a nuestra realidad en la ciudad, mi hermana y yo al colegio y mis padres a sus respectivos trabajos, hasta que a finales del año siguiente mi madre nos machacaba con su frase habitual: “Vamos a ir a la finca de los abuelos porque esta puede ser la última Navidad junto a ellos”. Y así, año tras año tras año, aunque los abuelos estaban bien de salud, con uno que otro achaque, nada más, y mi hermana y yo crecíamos y ya queríamos hacer otros planes, estar con los amigos o los novios, igual que los primos de Bogotá, que también empezaban a hacer sus propias vidas.
Fue en esa última Navidad, meses antes de que el vaticinio de mi madre se cumpliera y al abuelo le estallara un aneurisma en la cabeza que lo mandó al hospital durante un mes antes de morir, cuando sucedió aquel episodio que me alejó de mi padre y que acabó de tajo con esas Navidades en la finca del Tolima, así como con los buñuelos y los primos y los año viejos y las vueltas a la manzana cargando las maletas vacías.
Yo no quería ir. Le había dicho a mi madre que dejara ya esa cantaleta, que todos los años nos decía lo mismo y que ahí seguían los abuelos, igual que siempre, solo que un poco más viejos, nada más, pero ella insistió tanto que tuve que ceder. Ya para entonces me sentía distinto y había comenzado a aceptarlo. Primero fue la culpa. Me preguntaba si era normal eso que me sucedía, recriminándome en silencio. “¿Por qué a mí?”, pensaba. Mentía cuando mis amigos empezaban a hablar de sus conquistas, o cuando, al calor de las primeras cervezas, alguno contaba que había podido quitarle el sostén a Fulanita y otro que se había dado besos con lengua con Zutanita. Lo que ellos sentían con las mujeres, a mí me sucedía con los hombres, pero jamás hubiera podido confesárselos: no solo me habrían rechazado, sino que la cantidad de burlas soeces habrían minado mi poca autoestima.
Cuando empacamos maletas para esa última Navidad en la finca de los abuelos (aunque entonces no sabíamos que lo sería), yo ya había comenzado a aceptar mis gustos. Primero viajamos mi madre, mi hermana y yo, y un día antes del 24 llegó mi padre, que había estado trabajando. La Navidad pasó como siempre, con los buñuelos y los regalos y los whiskies de los adultos junto a la piscina, aunque para mí nada era como antes. Me aburría. De no haber sido por esa caminada por el conjunto que di con mi hermana dos días después, cuando vi por primera vez a ese joven de pelo crespo y desordenado al borde de la piscina de una de las casas vecinas, quizás los días que siguieron habrían sido tan soporíferos como el calor que nos azotaba a diario.
Resultó que mis primos de Bogotá lo conocían, y pronto estuvimos un grupo de jóvenes tomando cerveza alrededor de la piscina de aquella casa. Cuando nos vimos por primera vez, ambos lo supimos: desde el principio, nos miramos distinto. La forma en que clavaba sus ojos en mí y la manera en que yo lo miraba a él nos revelaron la intensidad de un deseo oculto.
Unos días más tarde, el 31 de diciembre, ya éramos inseparables. En nuestra casa los adultos habían empezado a tomar trago desde temprano, lo que nos dio la oportunidad de escaparnos sin que nadie se interesara por nosotros. Caía la noche. La música salía, atronadora, de todas las fincas (“Año nuevo, vida nueva, más alegres los días serán”), y aquí y allá se escuchaba el estruendo de las papeletas y los voladores. Caminamos hacia un quiosco comunal que había en aquel conjunto de casas veraniegas, donde, bajo un techo de madera, se atravesaban un par de sillas de parque. Allí nos sentamos, uno al lado del otro, y sin decir nada, nos besamos. Por primera vez me sentí libre, sin los prejuicios que tanto me habían atado. Todo habría sido perfecto de no ser porque de pronto, de la nada, escuché la voz estruendosa de mi padre: “¡¿Qué están haciendo estos maricones?!”. Ahora solo recuerdo que salí corriendo para que no me alcanzara, y que seguí escuchando los insultos, las amenazas y los gritos mientras me alejaba.
Volví tarde a la casa aquella noche, antes de las 12, cuando ya el ambiente festivo del año que estaba por comenzar había calmado los ánimos. No quise preguntar por qué había llegado mi padre hasta ese quiosco, cómo supo que estábamos allí, ni mucho menos quién se habría enterado en la familia de lo sucedido, pero supuse que el rumor se habría esparcido con la velocidad de un virus. Mi padre no volteó a verme ni me dirigió la palabra durante meses. Poco tiempo después de nuestro regreso a casa, mi abuelo murió por cuenta del aneurisma en la cabeza y sus hijos pusieron en venta la finca; la abuela siguió viviendo sola en su apartamento de Bogotá, hasta que la edad le hizo insostenible valerse por sí misma y fue ingresada en un ancianato.
Mi padre no me perdonó. Cuando me gradué del colegio, seis meses más tarde, decidí irme de la ciudad y hacer mi propia vida. Nos alejamos. Nunca me habló más del asunto; en cambio, fue volviéndose cada vez más frío y distante. Supongo que pasó muchos años atormentado, preguntándose por qué le habría tenido que salir un hijo marica. Jamás se lo pregunté. Después de esa última Navidad, todo cambió. Yo terminé mi carrera, salí adelante. En el entretiempo, sufrí muchas decepciones amorosas. Sin embargo, me acepté a mí mismo y eso hizo que todo fuera más fácil. No volví a casa en muchos años, ni siquiera cuando empecé mi relación con Felipe, por miedo a que la rabia de mi padre estallara de nuevo. Había entendido que nunca me aceptaría y prefería tener una relación distante con él que ahondar en temas que, suponía, jamás iba a entender.
Una tarde de comienzos de diciembre, no hace mucho, recibí un mensaje en el WhatsApp. Era de mi madre. “Deberías volver a casa este año”, me decía. Y remataba con unas palabras que conocía de sobra: “Esta puede ser la última Navidad junto a tu padre”. Esta vez, sin embargo, supe que era distinto. Entendí que mi madre me ocultaba algo desde hacía mucho tiempo, seguramente relativo a la salud del viejo, y que si había escrito aquellas palabras, tenía una buena cantidad de razones para hacerlo. No era aquella retórica vacía de la infancia. No esta vez.
Así que, muchos años más tarde, decidí volver a casa. Estaba tranquilo a pesar de que había logrado convencer a Felipe de acompañarme. En el avión, miré por la ventanilla hacia el tapete de nubes y lamenté tanto tiempo perdido. No podía cambiar el pasado ni tampoco valía la pena arrepentirme, pero sí, al menos desde ese momento, tratar de sacar lo mejor de aquella, la última Navidad que estaría junto a mi viejo.
* (Manizales, 1981). Periodista, editor y escritor. Autor de ‘La sombra de mi padre’, ‘Gente como nosotros’ y ‘Manual sangriento de superación personal’.

















