Una sola ruta da la vuelta completa a Islandia. Hay quienes optan por empezar a recorrerla hacia el sur y otros hacia el norte, aunque en el camino se pasará por los mismos sitios. Lo que puede hacer diferente un viaje es el clima, lo menos previsible de “la isla del fuego y el hielo”, donde llueve día de por medio y hay alrededor de 150 palabras para designar el viento, según sus intensidades y direcciones.
La Ruta Nacional 1 también es conocida como Hringvegur (ruta circular) y una vez decidido el sentido, solo hace falta alejarse del centro de Reikiavik, la capital más septentrional del mundo, y salir en dirección a la Islandia de siempre, la de antes del sobreturismo, las redes sociales y el ‘Íslenski heitið’, el juramento del buen turista que trata de concientizar sobre los impactos que pueden tener más de 2,3 millones de visitantes extranjeros sobre una población nacional de alrededor de 400.000 personas.
Hace unos 30 años, el panorama era radicalmente diferente y los pocos turistas que emprendían la vuelta a la isla por la Ruta 1 se lanzaban a una verdadera aventura. Debían prepararse para largos tramos de carretera destapada y pocos servicios. Ahora todo el recorrido está asfaltado y en buen estado, con profusión de gasolineras.
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Una vuelta a la isla
La ruta totaliza un poco más de 1.300 kilómetros. No da una vuelta completa a la isla, sino que realiza varios atajos en ciertas regiones; se acortó 150 kilómetros también cuando se construyó el túnel submarino debajo del Hvalfjördur, entre los suburbios del norte de Reikiavik y el puerto de Akranes, la primera etapa de quienes emprenden la Ruta 1 hacia el norte.
El viaje se podría completar en un par de días, pero se requiere por lo menos una semana para disfrutar de cada parada; algunos le dedican incluso dos o más semanas, y bifurcan el recorrido hasta parajes más aislados. Por eso, muchos alquilan casas rodantes, sin duda es la mejor manera de recorrer la isla con libertad y aliviar el presupuesto, ya que los precios de los hoteles y Airbnb están entre los más elevados de Europa.
Borgarnes es el punto de partida para una incursión hasta la península del Snæfellsnes, donde se levanta el volcán del mismo nombre, coronado por un glaciar. Muchos lo conocen desde la infancia: es allí donde Julio Verne ubicó la entrada hacia las entrañas del planeta en su novela ‘Viaje al centro de la Tierra’. La región es además una ‘mini-Islandia’, por tener un poco de todo lo que hay en el resto del país: volcán y glaciar, pero también actividades geotérmicas, cascadas y más.
La laguna Jökulsárlón es uno de los puntos en los cuales se pueden ver auroras boreales. Foto:ISTOCK
De Borgarnes a Akureyri –la principal ciudad de la costa norte y la segunda más poblada del país– son poco más de 300 kilómetros. Las paradas imprescindibles de este tramo son: las antiguas granjas con techo de pasto de Glaumbaer, los puertos que proponen salidas embarcadas de avistaje de ballenas y las aldeas donde se producen suéteres de manera tradicional.
En esa región de la costa norte, la noche no existe en julio, como tampoco el día en enero. En primavera y en otoño, por el contrario, la duración de la oscuridad y la luz es más o menos similar a otras zonas templadas del globo.
Finalmente, se llega a Akureyri, ciudad de edificios bajos, extendida a lo largo de un profundo fiordo. La moda de las novelas negras islandesas llegó hasta esos confines subárticos, y las obras de Árni Thorarínsson y Ragnar Jónasson suelen estar ambientadas allí. Como suele pasar fuera de Reikiavik, las localidades islandesas no son centros turísticos per se, sino puntos de partida para descubrir las regiones vecinas. En el caso de Akureyri, se organizan salidas en botes por el fiordo para ver focas o frailecillos (según las épocas del año). También se suelen avistar varias especies de ballenas en el mar abierto.
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La ruta sigue hacia Myvatn, un lugar apreciado por los locales en verano. Alrededor del lago hay varios complejos de cabañas y alojamientos. Además del avistamiento de aves, la región ofrece todo lo que uno puede imaginar de rarezas geológicas y geotérmicas, desde cuevas con cristales de hielo hasta conos volcánicos y mares de lava esculpida por las fuerzas de la Tierra. Hay también baños termales bien equipados, como en muchas otras partes de Islandia. La entrada es costosa para bolsillos acostumbrados a los pesos, pero la experiencia vale la pena.
No muy lejos, al borde mismo de la Ruta 1, se pasa luego por el sitio de Hverir, el campo geotérmico más sorprendente del norte, que presenta un condensado de las fuerzas del interior de nuestro planeta: fumarolas, pozos de azufre, barros hirvientes, solfataras y más.
El norte de Islandia se considera la mejor región para ver auroras boreales, que se dan a partir de septiembre, como se puede descubrir en el centro dedicado a este fenómeno natural en la capital (el Aurora Reykjavik-The Northern Lights Center). Durante la visita se derriban varios mitos: no siempre hay que esperar los meses más fríos del año y subir a altas latitudes. De septiembre a mayo es muy probable ver este fenómeno lumínico por toda la isla, fuera de los centros urbanos. Sin embargo, salvo cuando las condiciones son muy particulares, hay que olvidarse de las vistosas imágenes de ‘velos’ intensamente verdes o violetas que se ven en las redes, ya que el ojo percibe generalmente luminiscencias blancuzcas, realzadas por los sensores fotográficos de las cámaras.
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Se llega finalmente a Egilsstaðir, la principal ciudad del este de Islandia. El paisaje cambia y ya no tiene la rudeza de las comarcas que se dejaron atrás. Por lo general, pocos son los viajeros que le dedican tiempo a esta parte del país. Todos quieren llegar cuanto antes al sur para descubrir las maravillas naturales que volvieron famosa a Islandia en las redes.
Para ahorrarse las interminables sinuosidades de la Ruta 1 que bordea los fiordos del este, muchos automovilistas optan por el camino destapado que les indica el GPS como atajo. Suele estar en bastante mal estado y es el único tramo difícil del viaje (solo se puede realizar en verano y a principios del otoño). Por último, se llega a Höfn, donde empieza el tramo estelar y más instagrameado de la Ruta 1.
La estrella indiscutida de la costa sur de Islandia es la laguna glaciar Jökulsárlón, donde los icebergs se desprenden del mayor glaciar islandés (el Vatnajökull) y flotan hacia el océano. El lugar es tan increíble que maravilla hasta bajo intensas lluvias, algo común incluso en pleno verano. La contracara es que es uno de los epicentros del sobreturismo en la isla. La laguna misma a veces tiene tantas embarcaciones como icebergs. En invierno, por supuesto, hay menos gente, la oscuridad es total, pero está la posibilidad de ver una aurora boreal, un recuerdo para toda la vida. Frente a la laguna, del otro lado de la Ruta 1, se encuentra la Diamond Beach, la famosa playa de arena negra con icebergs azules varados.
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Buena parte del tramo de la ruta entre Höfn y Vík í Mýrdal bordea el sur del Vatnajökull. Siempre es emocionante ver las lenguas de hielo de esta gran mancha blanca de los mapas. En la región, muchos operadores ofrecen todo tipo de actividades en el glaciar, desde caminatas hasta paseos en motos de nieve o sobrevuelo en helicópteros. Además, se organizan visitas a la cascada de Svartifoss; al cañón de Fjaðrárgljúfur, con sus paredes escarpadas; al Eldhraun cubierto de musgo, o al Skeiðarársandur, la llanura de sedimentos glaciales más grande de Islandia.
El último tramo lleva de Vík a Reikiavik. A estas alturas, todos los visitantes saben que Vík quiere decir bahía en islandés. Y la capital no es otra cosa que la bahía de las fumarolas, por la actividad volcánica y geotérmica. Vík es otro pequeño pueblo costero, con otra playa de arenas negras. La cascada de Seljalandsfoss es muy popular porque es posible pasar detrás de su cortina de agua, un sitio muy buscado para las fotos. Otra cascada fotogénica en las cercanías es la de Skógafoss, visible desde la Ruta 1. En los días de sol, se forma un arco iris permanente por encima del paisaje.
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En cuanto a los glaciares, si bien dejamos el Vatnajökull atrás, tenemos ahora el Mýrdalsjökull y el Eyjafjallajökull, tan famoso como impronunciable; ese glaciar y volcán –con la nube de ceniza que generó su erupción en 2010– fue el responsable del cierre de gran parte de los aeropuertos cercanos al Atlántico norte.
Desde allí se puede optar por llegar al centro de Reikiavik en menos de una hora, o dejar la Ruta 1 y empalmar con el circuito del Gullni Hringurinn (el Círculo de Oro). Este lleva a los tres sitios más turísticos de cualquier viaje a Islandia: las cataratas de Gulfoss, el gran géiser y el parque nacional histórico de Þingvellir.
PIERRE DUMAS – Para LA NACIÓN (ARGENTINA)

















