No todos los días se sube uno al edificio más alto del mundo. Por lo menos ese es el caso para algunos de los millones turistas que pasan por los pisos 124 y 125 del Burj Khalifa, un imponente mirador desde el cual se puede divisar —a veces entre el aire turbado por la arena— el proyecto de ciudad que es Dubái: una maravilla de la ingeniería que hizo surgir, en medio del desierto, una metrópolis que hace apenas 20 años no estaba ahí.
LEA TAMBIÉN
La entrada a la atracción turística de este edificio de 163 pisos (830 metros) es evidencia de ese vertiginoso crecimiento de las últimas dos décadas. Un pasillo conduce por una exposición de fotografías del proceso de construcción, que inició en 2004 y finalizó en 2009, y sirve de antesala a los ascensores que, en cuestión de un minuto, nos llevaron hasta el mirador At the Top, a la cima del mundo emiratí y al punto de partida de un viaje que comenzó con un vuelo de más de veinte horas, en la ruta de la aerolínea Emirates con conecta desde hace más de un año a Bogotá con Dubái.
Ubicada al otro lado del mundo, si se toma a Colombia como punto de referencia, desde lo alto del Burj Khalifa pudimos echar un vistazo rápido a esa Dubái que despierta tanta curiosidad. La de las lujosas tiendas del Dubai Mall, con el fascinante —y quizás también excéntrico— detalle de albergar en su interior un acuario donde rayas y tiburones nadan como parte del paisaje cotidiano de los compradores. Desde esa altura, la ciudad se revela como un entramado de avenidas, rascacielos y obras en curso, una postal en permanente construcción.
Dubai Aquarium & Underwater Zoo. Foto:Alejandra López
Al caer la tarde, esa misma ciudad se vive a ras de suelo. En el centro de Dubái, el Burj Khalifa vuelve a aparecer, esta vez a la distancia, como un punto de referencia constante. Frente al Dubai Mall, el agua, un recurso tan escaso en medio del desierto, se convierte en escenario con el espectáculo de las fuentes: chorros que se elevan y descienden al ritmo de la música, iluminados contra el cielo nocturno, mientras decenas de personas se detienen a mirar. Familias, parejas y viajeros de distintas partes del mundo comparten el mismo espacio, atraídos por un ritual cotidiano que, más allá del despliegue técnico, marca el pulso de la ciudad al anochecer.
A pocos pasos de allí, el recorrido continúa en el Time Out Market, una amplia plaza gastronómica que reúne cocinas de distintas latitudes bajo un mismo techo. El lugar condensa otra faceta de Dubái: la de una ciudad diversa, atravesada por sabores, acentos y tradiciones distintas. Entre los puestos conviven propuestas locales con nombres reconocidos de la alta cocina internacional, incluidos restaurantes galardonados con estrellas Michelin, en un formato más accesible y relajado que invita a probar sin solemnidades. Comer allí es, en cierta forma, recorrer el mundo sin salir del centro de la ciudad.
Burj Khalifa. Foto:Alejandra López
Una experiencia que en nuestro caso también se vio favorecida por el momento del año. Entre noviembre y diciembre, cuando las temperaturas descienden y el clima se vuelve más amable, caminar por Dubái deja de ser un desafío y se transforma en parte del disfrute. Es también en esa temporada cuando la ciudad confirma que ya no es solo un destino asociado al lujo extremo. Hoy atrae a visitantes de perfiles diversos: curiosos, viajeros urbanos, amantes de la arquitectura y la gastronomía. Las cifras acompañan esa transformación: entre enero y noviembre de 2025, Dubái recibió 1’232.000 visitantes provenientes de América, frente a los 1’117.000 registrados en el mismo periodo de 2024.
Ciudad del futuro
Más allá de los rascacielos que han convertido a Dubái en un símbolo global de ambición arquitectónica, descubrimos que la ciudad también ha apostado por otros espacios donde se construye identidad. En los últimos años ha fortalecido distritos culturales que funcionan como contrapeso a la postal del lujo.
LEA TAMBIÉN

Alserkal Avenue es el ejemplo más claro. Lo que alguna vez fue una zona industrial, en pleno corazón urbano, es hoy un conjunto de cerca de 40 antiguos almacenes transformados en galerías de arte, estudios creativos, cafeterías artesanales y espacios culturales que concentran buena parte de la vida artística contemporánea del emirato.
Caminar por Alserkal es recorrer una Dubái distinta, menos vertical y más reflexiva. Allí conviven un cine alternativo como Cinema Akil, que apuesta por una programación curada lejos de los grandes circuitos comerciales, con salas de artes escénicas, boutiques, cafés de especialidad y propuestas gastronómicas de corte saludable.
Alserkal Avenue. Foto:Alejandra López
Y aunque parezca paradójico estando al otro lado del mundo, este cinema guarda también una historia colombiana. Durante varios años, este espacio fue dirigido por Luz Aida Salem Villamil (38 años), hoy gerente de mercadeo de Alserkal Avenue. Oriunda de Guachetá, Cundinamarca, su vida está atravesada por tres culturas: la palestina de su padre, la colombiana de su madre y la de la familia que formó en Dubái, ciudad a la que llegó en el año 2000 y que ha visto crecer ante sus ojos.
“Dubái tiene alma porque tiene cultura y tiene comunidad”, explica Luz. “Hay personas que llevamos mucho tiempo acá, que hemos construido nuestros hogares y nuestras redes, y nos reunimos alrededor de lo que nos une: el arte, la música, los encuentros. La diversidad de la gente que vive aquí hace que esta ciudad sea muy especial y muy única”.
Esa diversidad se hace evidente al caminar por Alserkal. Entre galerías y espacios creativos aparecen taquerías mexicanas, tiendas de víveres coreanos y boutiques donde se exhiben mochilas wayuu. Influencias de todas partes del mundo conviven en un mismo espacio, dando la sensación de que Dubái se está convirtiendo en algo más que una ciudad global: un experimento de sociedad multicultural que ensaya, en tiempo real, cómo podría ser el futuro.
Museo del Futuro. Foto:Alejandra López
No es casualidad que la palabra futuro sea una idea recurrente en el relato de la ciudad. Tanto así, que la ciudad cuenta con un Museo del Futuro dedicado a imaginar cómo será el país en las próximas décadas. Allí, los emiratíes se proyectan como una potencia espacial, con estaciones que orbitan la Tierra y aprovechan la energía del sol para sostener actividades humanas, o como parte de una nación que resguarda el ADN de todas las formas de vida que habitan el planeta.
LEA TAMBIÉN

Una mirada al pasado
Pero nuestro recorrido no estuvo completo hasta que miramos hacia atrás. Visitar Dubái también es viajar al pasado, a espacios donde el ritmo se desacelera y la memoria sigue presente. Para entender el crecimiento vertiginoso de la ciudad, una parada obligatoria para sus visitantes también es su parte antigua.
En barrios como Al Fahidi nos asomamos a cómo era la vida en Dubái durante el siglo XIX, antes de la conformación de los siete emiratos. A orillas de la ría, este distrito patrimonial conserva edificaciones originales -otras las han reconstruido- y torres de viento que hablan de adaptación al clima extremo mucho antes del aire acondicionado.
Centro Sheikh Mohammed bin Rashid Al Maktoum para el Entendimiento Cultural. Foto:Alejandra López
Caminamos por callejones estrechos y participamos en actividades culturales que mantienen vivo el barrio. Nuestro recorrido comenzó con un almuerzo tradicional en el Centro Sheikh Mohammed bin Rashid Al Maktoum para el Entendimiento Cultural. Más que una comida, fue una conversación abierta. Nuestra anfitriona nos habló de vestimenta, costumbres y tradiciones, y nos invitó a preguntar sin filtros. El objetivo era claro: derribar estereotipos y construir puentes.
LEA TAMBIÉN

Ese espíritu continuó al cruzar la ría a bordo de un abra, las embarcaciones tradicionales que conectan Bur Dubai y Deira. El trayecto fue breve, pero suficiente para activar una memoria visual hecha de cine y relatos de viajes. Al otro lado, los mercados de especias y oro nos envolvieron con aromas, colores y voces donde negociar sigue siendo parte del juego.
Abra, embarcación tradicional. Foto:Alejandra López
Otra oportunidad para ese viaje de fantasía al pasado aparece lejos del centro urbano, cuando la ciudad queda atrás y el desierto toma el control del paisaje. El safari comienza al caer la tarde, a bordo de Land Rover de los años 50, traídos por los ingleses que llegaron a estas latitudes en busca de petróleo, en un recorrido que avanza entre dunas doradas y provoca asociaciones inevitables con antiguas películas de aventuras.
LEA TAMBIÉN

Las paradas para tomar fotografías son casi obligatorias, y el silencio del desierto se rompe solo para dar paso al espectáculo del vuelo de un halcón, anunciado por el intercomunicador de su cuidador con la formalidad de un llamado aeroportuario, porque alrededor, dispersos en distintos puntos, otros grupos de turistas asisten al mismo espectáculo.
Experiencia en el desierto. Foto:Alejandra López
No todos los días está uno al otro lado del mundo. Pero si alguna vez el camino los lleva hasta aquí, Dubái se revela como una ciudad que invita a mirar al futuro desde sus torres y al pasado desde sus barrios antiguos, mientras el tiempo, obstinadamente, avanza en varias direcciones a la vez.
ALEJANDRA LÓPEZ PLAZAS*
REDACCIÓN VIAJAR
*Una invitación de Emirates y la Oficina de turismo de Dubai

















