“Todas las utopías son admirables, hasta que se convierten en realidad”.
En la amplia biblioteca de su estudio, cerca de decenas de libros de filosofía, historia, literatura, uno podía ver varios cuadernos cuadriculados, en los que el escritor R. H. Moreno-Durán consignaba sus minuciosas notas, que se observaban apretadas, sin guardar márgenes, con letra pequeña y clara. Hace 20 años, R. H. Moreno, nacido en Tunja en 1945, murió de una penosa enfermedad que se llevó sus ácidas sentencias, su ironía permanente, sus juegos de palabras, su prodigiosa memoria, la sabiduría propia de un hombre culto del Renacimiento.
Muy rápida ha sido la transformación política de nuestro país: del sueño de un Estado eficiente pasó a la realidad
de un Estado estupefaciente
R. H. Moreno Durán
Escritor colombiano
En cada uno de sus textos uno se encontraba con frases profundas, las cuales, con el paso del tiempo, han venido adquiriendo más vigencia. “Muy rápida ha sido la transformación política de nuestro país: del sueño de un Estado eficiente pasó a la realidad de un Estado estupefaciente”, es una de ellas.
El caballero de La Invicta es una de sus novelas. En ella se establece una mezcla de ficción y realidad en el tercer año de gobierno de César Gaviria, envuelto en un país de bombardeos constantes y con una misteriosa epidemia de ciudadanos catalanes. Bogotá está en ruinas, el estado de conmoción interna le permite al autor subvertir el discurso oficial y preguntarse acerca de la verdad que manejan quienes están en posiciones de poder.
R. H. Moreno Durán con una de sus obras más conocidas, ‘Fémina suite’. Foto:Claudia Rubio. Archivo de EL TIEMPO
“Santiago sonríe pero hace rato está ausente. Recuerda el refrán árabe según el cual la palabra deteriora el prestigio del hombre, aunque, una vez empeñada tal palabra y, además casado, ¿qué prestigio puede tener uno?”, se lee al principio de la novela.
La reconstrucción de la historia se hace desde el punto de vista del profesor Arturo Manrique Avilán, un científico que lleva su vida estudiando las células, buscando la razón por la cual estas muestran desperfectos y desarrollan enfermedades como el cáncer y la lepra. Todo en el contexto de mujeres elegantes, cuyas aventuras sexuales terminan siendo el énfasis de la novela y ambientan el apocalipsis ante el que se encuentra el lector.
R. H. Moreno no tiene nada que ver con la expresión “políticamente correcto”, pues siempre puso su ironía y ojo crítico por encima de las conveniencias que tejen a veces algunos escritores para ser aceptados por la sociedad o para encajar en las altas esferas.
“Este país tiene el complejo de Lázaro: pese a la lepra y al hedor de la tumba, todos los días espera que alguien llegue hasta él y le diga: Levántate y anda”, se lee en uno de sus escritos.
Y se encuentra uno con otra de sus novelas, Los felinos del canciller, que narra la historia de tres generaciones de la familia Barahona, una estirpe de diplomáticos colombianos pertenecientes a la aristocracia latinoamericana. Ambientada desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, la obra sigue el auge y la decadencia de esta familia en el mundo de la diplomacia, mundo dorado, lleno de intrigas, hipocresía y de una profunda rigidez social.
El abuelo, don Gonzalo Barahona, es un médico que abandona su profesión para dedicarse a la diplomacia, es un obsesionado con el lenguaje correcto y el buen hablar, reflejando una época en la que la política colombiana estaba dominada por poetas, filólogos y gramáticos. El título, inspirado en Fausto, de Goethe, evoca la imagen de felinos, leones, fragmentados en un espejo roto, simbolizando la identidad dividida y el declive de esta clase social.
No se aleja R. H. Moreno en esta novela de su escritura depurada, elegante, con trazos enciclopédicos, que reflejan su vasta cultura, sus múltiples lecturas y esa insistencia en explorar y explorar en otros libros que le permitan llevar el texto al mejor de los finales.
Sigue uno hallando sus poderosas sentencias, sin ambages, sin rodeos innecesarios: “Era uno de esos tipos que durante toda su vida se han preparado para salir bien en las necrológicas”. O esta otra: “Sin la muerte, mi país no daría señales de vida”.
Cuando terminaba su jornada de ocho horas diarias de investigación y escritura, R. H. Moreno no se perdía los noticieros de televisión de las siete de la noche. Era una forma de confirmar su escéptica mirada de la realidad y de acercarse a este medio que le fascinaba. Fue él director de una serie que se llamaba Palabra mayor, emitida en los años noventa. Un exitoso proyecto en el que pudimos ver y acercarnos a los grandes escritores latinoamericanos. A través de este programa, vimos su forma de abordar las novelas, su visión filosófica del mundo, los fantasmas que los rodeaban y obtuvimos muchas respuestas de su forma de escribir.
En 2016, la editorial Alfaguara hizo una publicación póstuma de la novela El hombre que soñaba películas en blanco y negro, que recrea los tres días que el cineasta Orson Welles pasó en Bogotá, en 1942, un breve tránsito que se transforma en una trama de intriga y espionaje. Welles llega a Bogotá y termina envuelto en una red de oscuros enredos políticos y periodísticos. Bucea en los bajos fondos de la noche bogotana. El título refleja la obsesión de Welles por soñar sus películas con este formato y es también la fascinación de R. H. Moreno por el cine y por su irónica disección de la sociedad bogotana.
“Un país violento y loco, peligroso y absurdo. Un país tan absurdo que incluso hizo que alguien afirmara que si Kafka hubiera nacido en Colombia solo sería un escritor costumbrista”. La reflexión, en la novela, es de Lucila, uno de los personajes. Y esa dura mirada al país se complementa con este otro diálogo:
“Este es un país trágico”, dijo el profesor Olano.
–No lo creo –rebatió Terán a su amigo–. Pienso que la tragedia implica una personalidad fuerte, y eso es lo que le falta a este país: aquí se vive la tragedia pero no hay quien la interprete y magnifique. Porque la tragedia necesita un actor. Este país es como un guion al que nadie le ha prestado la atención que merece. Y por eso corre el riesgo de quedarse inédito, pues para entender la tragedia hay que tener grandeza. Y este es un país de medianías.
El ensayo fue otro de los terrenos en los que R. H. Moreno se movió. De la barbarie a la imaginación fue el primero de ellos. Este ensayo dialoga con su exilio en Barcelona y su crítica al gregarismo político colombiano. Hace referencia a la barbarie fundacional, en la que explora el trauma colonial y la violencia como origen narrativo, con referencias a crónicas de Colón y de Garcilaso de la Vega. Concluye que la literatura es un ejercicio de resistencia, todo en un contexto de dictaduras y exilios latinoamericanos de los 70.
Uno diría que el escritor cubano José Lezama Lima, autor de la obra Paradiso, una de las obras más importantes de la literatura hispanoamericana, tuvo mucha influencia en los escritos de R. H. Moreno, así como el francés Marcel Proust, que seguramente influyó con sus extensos monólogos y sus profundas divagaciones sobre el tiempo, sobre la existencia.
A medida que nos encontramos con sus escritos, vemos el agudo tejido de sus frases, de sus sentencias, que hoy serían la delicia de las redes sociales. “Todas las utopías son admirables, hasta que se convierten en realidad”, decía. “¿Será cierto que candidato viene de cándido?”. Se lamentaba de un país sin lectores, de un país cada vez más inculto y facilista. Por eso decía: “El problema de los clásicos es que todo el mundo habla de ellos sin leerlos”.
R. H. Moreno-Durán se marchó hace 20 años. No tenía al partir una mirada muy halagadora de la Colombia que funcionaba con la Constitución del 91 y que fabricaba ilusiones en el espejismo de un futuro mejor. Como los buenos escritores, tenía el don de anticipar la realidad, esa claridad para ver con asombroso acierto el peso de los hechos. Volver a sus libros, a sus escritos, es, tal vez, una buena forma de mirar el hoy.

















