Un viaje en 4×4, un dron atropellado y cientos de niños que aprendieron de geología: así fue el proceso para realizar 'Colombia país de volcanes'

Subimos al Ruiz en una 4×4, un camión ‘atropelló’ nuestro dron en Armero y casi 300 niños aprendieron de volcanes: […]

Un viaje en 4x4, un dron atropellado y cientos de niños que aprendieron de geología: así fue el proceso para realizar 'Colombia país de volcanes'

Subimos al Ruiz en una 4×4, un camión ‘atropelló’ nuestro dron en Armero y casi 300 niños
aprendieron de volcanes: así hicimos el reportaje ‘Colombia, país de volcanes’

Durante medio año trabajamos en los textos, videos e imágenes que conforman el especial
periodístico que recuerda que el país vive entre volcanes.

En voz de Edwin Caicedo:

A inicios de este año, María Alejandra López, periodista de ciencia del diario EL TIEMPO, me
recordó una efeméride que no tenía presente: “1985 es el año de las tragedias naturales. El
terremoto de México, el de Algarrobo en Chile y la tragedia de Armero, que es la más importante…
—me dijo—. Ese año Colombia se dio cuenta que tenía volcanes y que vivimos entre ellos.
Deberíamos escribir sobre eso”. La idea quedó en el aire.

Todos los días María, como periodista científica, y yo como periodista ambiental y de salud,
tenemos miles de ideas que podríamos escribir en conjunto y que encajan perfectamente para los
temas que trabajamos en el periódico: la megafauna extinta de las Américas cuyos vestigios hoy
existen en los desiertos de Colombia; la biodiversidad de las selvas del Pacífico; los jardines
botánicos que resguardan la riqueza natural del planeta; o las investigaciones médicas sobre el
colágeno y el rejuvenecimiento. Solo por nombrar algunas. Pero lo de Armero me quedó en la
mente, no solo porque se cumplen 40 años de la tragedia, sino porque el enfoque era distinto.

Cuando en Colombia se escribe de lo sucedido en 1985, siempre hablamos de las vidas perdidas, del
territorio arrasado, de lo que nunca debió suceder. Pero poco se habla de lo que pasó en el país
después de eso. Nació la vulcanología. Científicas y científicos se dedicaron a desarrollar
mapas de amenazas y a estudiar la historia que cuentan las rocas para que hoy se sepa qué hacer
si un volcán entrega las alertas que dio en aquel momento el Ruiz. Una entidad fue designada con
la tarea específica de estudiar estos gigantes de fuego y se inició una cruzada por enseñarle a
los ciudadanos que Colombia es un país de volcanes.

De allí nació la idea, el reto entonces era convertir ese deseo de hacer periodismo en crónicas,
informes, entrevistas, perfiles, infografías, videos e imágenes. Ya antes lo habíamos logrado.
En 2022, con el equipo de EL TIEMPO, desarrollamos un megareportaje multimedia sobre los páramos
que terminó ganando dos premios de periodismo.

Ahora había que hacer lo mismo y estábamos contra el tiempo. A mitad de este año llamé a
Sandrita, jefe del equipo de diseño editorial; a David, coordinador de reportajes especiales; y
a Camilo, nuestro editor. María Alejandra no estaba (y luego me regañó por no convocarla a la
reunión; pido disculpas públicas otra vez) pero había que avanzar. Siempre nos quedamos con la
idea de ese periodismo que soñamos hacer y no hacemos, por eso cuando les conté a Sandra, David
y Camilo la propuesta les encantó.

Nos pusimos a trabajar con un propósito claro: no contar lo mismo de siempre. Sí, la tragedia de
Armero es un hecho fundamental en nuestra historia y una lección que no debe olvidarse. Pero
nuestro objetivo, como periodistas científicos, era mostrar cómo el país cambió después de 1985
y cómo, gracias al Servicio Geológico Colombiano (SGC), hoy entendemos con precisión —segundo a
segundo— lo que ocurre en los volcanes del país.

Del SGC recibimos todo el apoyo: aprendimos desde cero qué es un volcán; conocimos a algunas de
las mujeres líderes en la vulcanología en Colombia como Marta, Lourdes, María Luisa, Ana María o
Gloria; y entendimos porqué hoy contamos con la información necesaria para que una tragedia como
la de hace cuatro décadas no se repita.

Pero el periodismo se hace en la calle. O al menos eso pensamos quienes nos enamoramos de este
oficio. Si los zapatos no están gastados, los pantalones encharcados y la libreta sin páginas
blancas para escribir, entonces este oficio se queda sin la pasión de contar cómo se descubre
una nueva especie de frailejón; de qué manera los paleontólogos encuentran fósiles a más de 40°C
bajo el sol abrasador del desierto de La Tatacoa; o cómo es la jornada de un biólogo que se
interna por 30 días en los ríos y selvas del Amazonas para contar cuántas toninas nadan aún en
los ríos cada vez más afectados por el mercurio y la deforestación. Ese es, también, el
periodismo que nos apasiona y el que tratamos de hacer en EL TIEMPO. Por eso, decidimos ir a
Armero.

La travesía hasta Armero

Después de varias entrevistas con geólogos y vulcanólogos del SGC teníamos claro que este no
podía ser un especial de escritorio y el objetivo más obvio era conocer un volcán, de
preferencia el Nevado del Ruiz, por su protagonismo en esta historia. Los acercamientos que
tuvimos con el Servicio Geológico hicieron que la oportunidad apareciera: la entidad iba a
celebrar en Armero el encuentro que realiza cada dos años con niños y niñas que viven en las
cercanías a los volcanes colombianos, para intercambiar experiencias y aprendizajes, y estábamos
invitados.

“Es el momento perfecto”, pensamos. La idea era conocer el sitio de la tragedia, participar en
las charlas con los niños, entrevistar científicos y expertos, y, el último día, de la mano de
los investigadores que monitorean día a día desde Manizales lo que pasa con el Ruiz, subir hasta
el volcán (aunque en ese momento ni se nos pasaba por la cabeza que íbamos a pasar de estar a
400 metros sobre el nivel del mar a 4.600 en un solo día para conseguirlo).

Así lo hicimos. Nuestra Casa Editorial decidió apoyar el proyecto y la idea es que fuésemos dos
periodistas y un fotógrafo. Los elegidos fuimos: María Alejandra, Néstor (un experimentado
fotógrafo y videógrafo que además estuvo en la primera semana de la emergencia de Armero, en
aquel entonces como militar) y yo. Con apoyo de Ford, nos embarcamos en la aventura subidos en
una Ranger Raptor 2024. Una camioneta 4×4 que es más un tanque de guerra bi-turbo listo para
subir hasta la punta más alta del volcán” (con él al volante), donde no puede subir cualquiera,
pero nosotros teníamos permiso para acceder.

El primer reto: el carro en el que íbamos comía gasolina como un dragón. Era literalmente un
volcán activo cuando se le pisaba el acelerador y Yadira y Camilo, quienes nos autorizaban los
viáticos desde la Casa Editorial, no podía creer que un carro gastara tanto combustible después
de ver la cotización. Yo, que soy un amante de recorrer terrenos inexplorados en camionetas,
sabía lo que se nos venía: una tanqueada que se llevaba la mitad de la plata que nos habían dado
en viáticos (y literalmente así fue).

En voz de María Alejandra López:

Conocer el punto de partida de este especial fue sobrecogedor. Cuando uno escucha o lee
historias sobre Armero siempre advierten sobre la energía que este lugar emite. Pero lo que en
palabras parece un asunto que se puede simplificar rápidamente como esoterismo, es –por lo menos
en mi caso así lo fue- el golpe de una realidad que habla de cosas más grandes: la dimensión de
una tragedia, caminar sobre el lugar donde se perdieron más de 22.000 vidas, ser testigos de
cómo un volcán puede ser capaz de trazar paisajes y que sobre lo que en un momento dejó lodo y
ceniza, hoy crece vida –gracias a la riqueza mineral- en un Campo Santo que se erigió con la
promesa de no olvidar.

Bajo un calor abrazador y entre los vestigios de lo que en los 80 fue la segunda economía más
importante del Tolima, pasamos tres días haciendo entrevistas y grabaciones para el especial.
Escuchando historias de los geólogos y vulcanólogos, que le explicaban a los niños, por ejemplo,
que cuando hablamos de Armero lo correcto es referirnos a lahares y no a avalanchas, porque las
avalanchas son de nieve y no de agua y material volcánico.

Pero, como esa cosa maravillosa que tiene el trabajo de campo, nos la pasamos fue aprendiendo,
porque cada vez que en los videos Edwin o yo (sobre todo Edwin) decíamos avalancha, había que
corregir y buscar una manera de explicar ese término, que para quienes no vivimos tan de cerca
la realidad de un volcán suena supremamente técnico, pero que los niños parecían dominar con
destreza.

Muchas repeticiones de un video frente al Hospital San Lorenzo nos llevaron también a una de las
escenas más aparatosas del viaje. Mientras Edwin grababa contenido para sus seguidores en redes
sociales y Néstor, el fotógrafo, hacía lo propio volando su dron para obtener imágenes de lo que
es hoy Armero para el especial, este último decidió, todavía no sabemos por qué, que era una
buena idea aterrizarlo en mitad de la calle, aprovechando que el tráfico estaba reducido por
cuenta del paro arrocero.

Nuestro fotógrafo vio cómo se ponía a prueba su suerte cuando un camión que pasó inesperadamente
se llevó por delante el dron. Néstor, que no pudo detener con señas al conductor –un señor que
pasaba los 70 y muchos- llegó corriendo a la camioneta. Edwin, que también intentó que el camión
parara, recibiendo a cambio saludos del amable conductor que no entendía nada, también llegó
corriendo para iniciar una persecución que demostró que había camioneta y piloto.

En una serie de hechos que estoy segura de que hoy en día el conductor del camión sigue sin
entender, Edwin le dio alcance y le pitó insistentemente hasta que consiguió que parara. Lo
siguiente que vio el señor fue un grupo de jóvenes bajando de una camioneta y un Néstor
preocupado que le señalaba la parte delantera de su vehículo, donde le aseguraba se había
enredado el dron.

De la parrilla del carro Néstor recuperó intacto su equipo, mientras el señor conductor lo que
vio fue como este grupo celebraba al sacar de su camión un objeto volador extraño. Festejar por
la suerte de nuestro camarógrafo era lo mínimo que podíamos hacer en la noche, con una cerveza
en la mano y un asado por cuenta de Edwin, que además de piloto resultó todo un chef.

En voz de Edwin Caicedo:

Subir a un volcán activo

El reto del último día era el volcán. La idea era subir muy temprano, en la madrugada. Los
vulcanólogos del SGC habían terminado su jornada a medianoche del día anterior y la idea era
salir en la madrugada, a las 4 de la mañana. Así hicimos. Vimos el volcán, entrando a Murillo, a
las 5:30 de la mañana. El día estaba perfecto. El sol se plantaba de frente y nos daba una
panorámica inmensa del “Señor Ruiz”, como cariñosamente lo llama Diana, una de las
supervivientes de Armero a quien entrevistamos en la travesía.

El ascenso, de la mano de los vulcanólogos, fue una de las mayores clases de ciencia y geología
que puede hacer un periodista. Entendimos la meteorización, los minerales de los ríos de
volcanes, por qué Armero no se salvó y cuál es el riesgo de otros volcanes del país. Vimos
frailejones de la vía entre Murillo y Manizales y comprendimos la inmensidad del Ruiz, que no es
un solo volcán, sino varios volcanes vivos (y algunos muertos) que conforman un complejo que
alimenta a la región, pero al que hay que tratar con respeto.

Hasta el Valle de las Tumbas suben los turistas cuando visitan el Parque Nacional Los Nevados,
que es la puerta de entrada al Ruiz. Nosotros, que íbamos con el SGC y con el objetivo de contar
cómo es que se monitorea el riesgo de los gigantes de fuego del país, teníamos autorización para
ir más allá. Mucho más. La altura era tal, que la preocupación de los expertos era que nos diera
“soroche”. O que les diera a los carros, que podían quedarse sin fuerza debido a la altitud. No
fue nuestro caso. Llegamos tranquilos a los más de 4.600 metros de altura donde estaba el punto
donde seríamos nosotros los que enfrentaríamos el reto.

En la estación de monitoreo de ‘La olleta’, uno de los volcanes que hacen parte del complejo del
Ruiz, emprendimos la caminata. Estar allí arriba es como visitar Marte. El aire es poco. El
esfuerzo es mucho. La ceniza parece tierra desértica y no hay un solo árbol en el horizonte. Se
ve sí el nevado. Pero no la estación. Y los vulcanólogos caminan con toda tranquilidad. Nosotros
los seguíamos al paso que podíamos. Yo cargaba las maletas de Néstor. María Alejandra venía
detrás mío y de la nada empezó a nevar.

Era el regalo por el esfuerzo de todos estos días: la nieve, el frío, un paisaje inexplicable
que dejaba absorto a cualquiera. Allí, en la parte alta del volcán, con la montaña nevada al
frente y la estación de monitoreo al fondo, hicimos una entrevista que a mí me dejó claro que
una tragedia como la de Armero no debe volver a suceder en el país mientras se escuche a
científicos como Lina, quien dirige al Observatorio de Monitoreo de Manizales y fue la
entrevistada.

Al bajar del volcán, satisfechos y cansados por todo el trabajo del día, manejamos por unas
cuatro horas. De regreso hacia Honda, a descansar y pasar la noche para el día siguiente partir
hacia Bogotá. En el camino, volvimos a pasar por Armero, y yo, que venía manejando y además
(como buen conductor) ponía la música que quería, escuché un verso que me erizó la piel. Era de
la canción “Almas felices” compuesta por Alfonso Cotes Maya e interpretada por Iván Villazón.
Esa poesía convertida en vallenato, recordaba los nombres perdidos de aquellos que fueron
grandes figuras del folclor y construyeron con sus composiciones lo que hoy es el género musical
más importante del país (o eso creo yo, que no soy periodista cultural).

Esa canción, la de las almas felices, fue el cierre, en medio de las miles de almas que hoy
seguramente recorren el Campo Santo de Armero, quizá conscientes de que, tras la tragedia que
acabó con un pueblo pujante en 1985, hoy Colombia ha entendido que vive entre volcanes y que
debe estar preparada para que algo así no vuelva a suceder.

EDWIN CAICEDO y MARÍA ALEJANDRA LÓPEZ PLAZAS

Periodistas de Medioambiente y Ciencia

Enviados especiales a Armero y al volcán Nevado del Ruiz

@CaicedoUcros @malelopezpl

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