En medio de la transformación acelerada de la educación superior –con la inteligencia artificial impactando todo el ciclo educativo, cambios demográficos y presiones financieras, aumentadas este año con el incremento por encima de los cálculos del salario mínimo– la Universidad de los Andes, número uno de Colombia según el QS Ranking, decidió planear su futuro más allá de la tecnología. Lo hizo a través de una conversación con estudiantes, profesores, directivos, equipos administrativos y, además, en diálogo con universidades de otros países. El resultado: una ruta compartida para renovar su modelo educativo.
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La educación superior atraviesa un cambio de época: la inteligencia artificial acelera transformaciones en el trabajo y en el aprendizaje; los jóvenes exigen trayectorias educativas más flexibles; el país envejece y se reduce el tamaño de las cohortes de jóvenes que llegan a la universidad. El debate público presiona a las instituciones educativas para demostrar impacto en la sociedad sin perder su esencia. En ese contexto, Los Andes, en lugar de un plan diseñado a puerta cerrada, organizó durante todo el 2025 un proceso de conversación extendida, con participación de facultades, unidades administrativas y distintas comunidades. La hoja de ruta resultante se formalizó en el Programa de Desarrollo Integral (PDI) 2026-2030, aprobado por el Consejo Superior de la institución antes de terminar el 2025.
“Finalizamos el 2025 con las buenas noticias de la aprobación de nuestro nuevo Programa de Desarrollo Integral, que se construyó, por primera vez, como un proceso colectivo y no como un proceso centralizado de formulación”, escribió la rectora Raquel Bernal en su mensaje de cierre de año a la comunidad universitaria. El cambio no fue cosmético: implicó iniciar la planeación desde abajo –facultades y unidades– y luego consolidar prioridades institucionales.
De ese ejercicio no salió un listado infinito de proyectos, sino cuatro prioridades que ordenan la conversación sobre el rumbo de la Universidad en el próximo quinquenio: nuevos modelos educativos; investigación, creación y emprendimiento conectados y sostenibles; sostenibilidad financiera para mantener la excelencia académica y ampliar el impacto; y transformación digital, junto con la evolución de la cultura de trabajo. En conjunto, los ejes dibujan una misma intención: adaptarse a un entorno que cambia sin perder el núcleo universitario.
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Ese giro metodológico se ha dado, además, en una coyuntura en la que la institución intenta mitigar las tensiones financieras que marcan al sector. Según Bernal, aunque la presión sigue con coyunturas como el aumento sustancial del salario mínimo, Los Andes ha logrado reducir esas cargas con una combinación de medidas: una estrategia más fina de atracción de aspirantes y seguimiento personalizado para convertir admisiones en matrículas; apoyos económicos más focalizados y una diversificación de ingresos que incluye educación continua, recursos externos para investigación, transferencia de conocimiento y un esfuerzo filantrópico sostenido. A eso se suma un presupuesto “base cero”, que obliga a justificar prioridades y renuncias en cada ciclo, ya que el entorno sigue siendo exigente.
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El conocimiento está distribuido
La razón de fondo es pragmática. En una universidad grande, el conocimiento sobre lo que funciona y lo que no está distribuido: lo tienen profesores en el aula y en los laboratorios; estudiantes que viven la institución día a día y equipos que operan admisiones, bienestar, tecnologías y servicios. El reto es convertir esa diversidad en decisiones, no solo en actas de reunión.
Un ejemplo visible fue “Uniandes Forward: La gran campaña del bienestar”, una ideatón enfocada en estudiantes para imaginar soluciones a retos de la vida universitaria: habilidades socioemocionales, pertenencia, experiencias de campus y sostenibilidad. La actividad pretendía plantear una pregunta clave en tiempos actuales: si el mundo cambió, ¿qué significa “vivir la universidad” hoy? Las ideas que salieron de este ejercicio fueron consideradas dentro de la construcción del PDI.
A lo largo del año, el proceso siguió un cronograma de trabajo que combinó talleres de ideación, sesiones temáticas especializadas, espacios de socialización y consolidación de insumos.
“El resultado fue una arquitectura de planeación que parte de dos tipos de piezas: los Planes de Desarrollo de las Facultades (PDF) y los planes estratégicos de unidades administrativas, integrados bajo derroteros institucionales”, agrega Germán Barragán, director de Planeación y Evaluación de Los Andes.
“Por primera vez, el proceso no partió del nivel central hacia las facultades, sino al revés”, y se desarrolló con la participación de distintos estamentos en múltiples sesiones. El énfasis, más que en ‘producir un documento’, fue en sostener una conversación con método”, afirma Raquel Bernal, rectora de la universidad.
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Más que un debate interno
La discusión más sensible y quizás la más urgente es la del modelo educativo. No se trata solo de abrir programas nuevos, sino de responder a cambios simultáneos: estudiantes con expectativas distintas, un mercado laboral que exige actualización permanente y tecnologías que alteran la forma de aprender, producir y evaluar conocimiento.
Para Raquel Bernal, esto enmarca el reto con una formulación que hoy comparten muchas universidades del mundo: “Un entorno global complejo, marcado por la transformación tecnológica, la crisis ambiental y social, y la necesidad de fortalecer la educación como un bien público y motor de esperanza”. Y añade que el propósito del nuevo plan es consolidar “una universidad más conectada, humana e innovadora, con impacto local y global”.
Para que esa visión no quedara en abstracción, la rectora cita ejemplos concretos de transformación que ya están en marcha. Uno de ellos es la creación del programa en Ciencia de Datos, una nueva apuesta interdisciplinaria de pregrado que inicia clases en 2026 con 284 admitidos, y la participación de cinco facultades y aportes de las demás facultades de la universidad. Otro programa es Cambio Ambiental Global, también interdisciplinario, ya radicado ante el Ministerio de Educación en espera de obtener registro calificado, con la participación y aportes de todas las facultades de la universidad.
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Además, la universidad ha acelerado su apuesta por formatos flexibles: pasó de 278 estudiantes en posgrados híbridos y virtuales en 2021 a 1.871 en 2025, y hoy cuenta con 36 posgrados en estas modalidades distribuidos en siete facultades. En paralelo, el aprendizaje a lo largo de la vida se expandió con: Educación Ejecutiva creció 394 % (de 1.497 a 7.400 participantes) y Educación Continua aumentó 231 % (de 14.042 a 46.500) entre 2021 y 2025. A esto se suma una alianza de diez años con Coursera, con la que Los Andes ha desarrollado 100 cursos gratuitos, abiertos y masivos (Mooc) para ampliar su alcance más allá del campus.
“Estas decisiones no se entienden como una moda tecnológica, sino como respuesta a un país que cambia. Por un lado, la transición demográfica reducirá la población joven disponible para el sistema universitario tradicional. Por otro, la presión social por acceso y pertinencia hace que la discusión sobre formatos, trayectorias y acompañamiento deje de ser un asunto de expertos y se convierta en una conversación nacional”, añade Bernal.
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Pensar el futuro sin aislarse
La conversación no se quedó solo en la comunidad interna. También buscó contrastar su conversación con un debate regional. En 2025, la universidad fue anfitriona en Bogotá de la cumbre de La Tríada, una alianza con el Tecnológico de Monterrey de México y la Pontificia Universidad Católica de Chile. Más que un gesto simbólico, la cooperación funciona como laboratorio: después de varios encuentros, los rectores de las tres instituciones contrastaron, debatieron y compartieron desafíos que atraviesan la educación superior en América Latina –tecnología, desigualdad, ciudadanía y expectativas juveniles– y concuerdan en un llamado a diseñar respuestas con perspectiva regional.
En ese marco, el rector del Tec de Monterrey, Juan Pablo Murra, defendió la cooperación como estrategia en un mundo fragmentado: “decidimos construir juntos: compartir conocimiento, talento y capacidades para responder a los grandes desafíos de nuestra región”. Y la rectora Bernal condensó el horizonte: “creemos en la educación superior como motor de esperanza en América Latina”.
La lectura es clara: si los retos son sistémicos, no basta con soluciones locales. La alianza permite discutir metas hacia 2030 en inteligencia artificial, sostenibilidad y emprendimiento de base científica y tecnológica, y al mismo tiempo obliga a las instituciones a mirarse con honestidad: qué deben preservar y qué deben cambiar.
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El reto: construir el futuro
Los planes suelen ser fuertes en intención y el reto está en la ejecución. Por eso, en este caso, el proceso de planeación estratégica de Los Andes insiste en un enfoque de seguimiento y ajuste. La idea es que la planeación no termine con la aprobación de una hoja de ruta, sino que se convierta, como lo dice la rectora Bernal, “en una agenda viva”, que les va a permitir, en la práctica, medir, aprender y revisar.
La rectora de Los Andes lo plantea en clave de cultura institucional: “Este plan necesita de la voluntad de todos y cada uno de nosotros”, y lo describe como “flexible, adaptable e innovador”. El mensaje de fondo es una apuesta de gobernanza: “En tiempos de cambio acelerado, la ventaja no es adivinar el futuro, sino construir capacidad colectiva para adaptarse a él sin perder el propósito”.
Al final, lo más interesante de esta historia es ver que, en medio de una coyuntura de inteligencia artificial, una universidad , en medio de una transformación profunda del sector, decidió discutir su rumbo de manera más humana que nunca, con muchas voces, y le apuesta a convertir esa conversación en decisiones académicas reales.
En educación superior, esa puede ser la diferencia entre resistir el cambio o… liderarlo.
ANDRÉS RUIZ ZULUAGA
Especial para EL TIEMPO















