Un sonido tenue, casi imperceptible bajo el agua, se convirtió en la clave para entender cómo se mueven y dónde viven los manatíes del Gran Caribe en América Central. A lo largo de casi una década, científicos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI) y de la Universidad Tecnológica de Panamá siguieron esas vocalizaciones para reconstruir la historia de una especie en peligro crítico, cuyos desplazamientos no reconocen fronteras políticas.
LEA TAMBIÉN
El estudio, considerado pionero en la región, se centró en el manatí del Gran Caribe (Trichechus manatus manatus), una subespecie con menos de 2.500 individuos maduros y con una disminución proyectada del 20 % en las próximas dos generaciones. La degradación del hábitat, las colisiones con embarcaciones, la caza furtiva y el enredo en redes de pesca figuran entre las amenazas que enfrenta.
Conocidos como “ingenieros del ecosistema”, los manatíes dependen de pastos marinos, plantas acuáticas, manantiales de agua dulce y lagunas de humedales para alimentarse y refugiarse. Sin embargo, pese a su importancia ecológica, su comportamiento en el sur de América Central había permanecido en gran medida desconocido.
Escuchar para conocer: el monitoreo acústico
Desde 2015, los investigadores instalaron equipos de monitoreo acústico pasivo en humedales y zonas costeras de Panamá y Costa Rica. Estas grabadoras submarinas captaron chillidos y vocalizaciones agudas que permitieron identificar individuos sin necesidad de marcarlos o avistarlos directamente.
El análisis registró 1.012 vocalizaciones en Panamá y 343 en Costa Rica, a partir de las cuales se identificaron 61 individuos presuntos en territorio panameño y 49 en el costarricense. Nueve manatíes fueron detectados en ambos países, recorriendo distancias de hasta 200 kilómetros. “Esto fue una sorpresa que sospechábamos, la conectividad, pero nunca se había demostrado antes. Esto nos anima a continuar con la ecología del movimiento”, señaló el biólogo y científico de STRI Héctor M. Guzmán, autor principal del estudio.
Distinguir a cada animal no fue sencillo. “Un solo manatí puede emitir vocalizaciones con variaciones significativas, y diferentes individuos pueden compartir rangos de frecuencia similares. Esto hace que distinguirlos sea un reto científico”, explicó el ingeniero Fernando Merchan, coautor de la investigación. Para superarlo, el equipo utilizó técnicas de inteligencia artificial como PaCMAP y HDBSCAN, capaces de detectar patrones en grandes volúmenes de datos acústicos.
Un total de veintitrés manatíes capturados permanecieron de manera temporal en un recinto flotante. Foto:Héctor Guzmán
Humedales clave y un corredor compartido
El estudio reveló diferencias marcadas entre ambos países. En Costa Rica, las detecciones constantes indican un uso estable del hábitat en zonas con lluvias durante todo el año y baja perturbación humana. En Panamá, en cambio, los patrones fueron más esporádicos y con residencia variable. Todos los manatíes registrados salieron de Panamá por el río Changuinola y entraron a Costa Rica por Barra del Colorado o la región de Tortuguero-Pacuare.
Los tiempos de permanencia también resultaron reveladores: un promedio de 1.059 días en Panamá y 292 días en Costa Rica, con estancias que alcanzaron hasta 3.026 y 1.160 días, respectivamente. Estas cifras sugieren una fuerte fidelidad al lugar y confirman la importancia de los humedales como hábitats críticos para la reproducción y la alimentación.
Héctor instala un hidrófono alrededor de la jaula para registrar los sonidos de los animales. Foto:Héctor Guzmán
Al correlacionar los datos acústicos con variables ambientales como precipitaciones, nivel del mar y temperatura del agua, los científicos identificaron patrones estacionales. “Descubrimos que los movimientos de los manatíes hacia el norte coinciden con períodos de mayor precipitación, temperaturas del aire más cálidas y niveles del mar más bajos”, explicó la oceanógrafa de STRI Rocío Estévez. “Esto nos permitiría predecir sus movimientos y orientar las estrategias de conservación que garantizan la conectividad ecológica estacional”.
LEA TAMBIÉN

Con base en estos hallazgos, el equipo propone un corredor binacional de 984 kilómetros que integra humedales, ecosistemas marinos costeros, 18 áreas protegidas y cuatro sitios Ramsar. “Es común escuchar a los responsables de la toma de decisiones decir que necesitan información científica para la gestión de los recursos naturales, y aquí la tienen”, afirmó Guzmán, al señalar que solo Panamá mostró interés inicial en un acuerdo binacional.
El estudio subraya, además, la urgencia de políticas coordinadas y esfuerzos transfronterizos para proteger al manatí y los ecosistemas de los que depende, ahora que la ciencia ha logrado escuchar y seguir su recorrido.
REDACCIÓN CIENCIA
















