A las 3 de la tarde de un lunes festivo de noviembre, el Aeropuerto El Dorado comienza a marcar el ritmo de un viaje que no es cualquiera. La ruta de Emirates entre Colombia y Dubái, con escala en Miami, se opera en un Boeing 777-300 ER con tres configuraciones: 304 puestos en clase turista, 42 en clase business y 8 suites en primera clase. Hoy tenemos un puesto entre esos 42 de business.
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Más que una operación aérea, este trayecto se ha convertido en uno de los grandes hitos de la aviación comercial del país, al conectar de forma directa a Colombia con Oriente Medio y abrir nuevas oportunidades para el turismo y los negocios entre ambas regiones.
Al abordar el primer tramo, el trato distinguido es evidente: bienvenida con champaña, atención minuciosa del crew, y una presentación detallada del sistema de entretenimiento —con más de 6.500 canales—, del minibar exclusivo, de la carta de vinos y cócteles. María, la auxiliar de vuelo, nos explicó con calma las opciones disponibles y fue enfática en que este trayecto sería apenas un anticipo de lo que esperaba en el tramo largo hacia Dubái.
El vuelo, que contaba con detalles tan convencionales como wifi abordo, también estaba envuelto en luces ambientales suaves, diseñadas para inducir a la calma, casi como una noche estrellada sobre el Atlántico. Pequeños detalles que anticipaban algo que ya es de conocimiento del mundo: que los viajes con Emirates, largos o cortos, son más que un simple tránsito.
Aunque viajaba en Business, tuvimos también la oportunidad de echar un vistazo a la cabina de First Class. Esa visión resumía la promesa de la aerolínea: privacidad total en suites individuales con puerta, un sistema de entretenimiento de nivel internacional, minibar exclusivo, productos de cuidado personal de alta gama y una experiencia gastronómica de alto nivel. No por nada aseguran que esta experiencia es de lo más cercano a viajar en un jet privado.
La llegada a Miami implicó una pausa necesaria: escala de unas dos horas, trámites de inmigración, recogida y re-registro de equipaje, nuevos controles de seguridad. Mientras tanto, la aeronave se equipa no solo de combustible, sino de la muestra de gastronomía internacional que le ofrecerán a los viajeros, toda halal, por supuesto,
Pero la logística está pensada para que este tránsito no sea un trauma: los pasajeros recibimos una credencial que nos identificaba ante el personal de tierra para poder hacer el tránsito en dos horas, agilizando el paso por filas de seguridad.
Además, los pasajeros de Business tuvimos no solo prioridad en la entrega de maletas, también la oportunidad de esperar comodamente en la sala VIP de Turkish Airlines, antes del siguiente abordaje con destino Dubái. Un beneficio que también opera en la sala VIP de Latam airlines en el regreso, en la ruta Dubái–Bogotá.
Miami–Dubái: atravesando océanos en pleno descanso
Tras la breve escala, comenzó lo que sería el tramo más extenso: unas 15 horas de vuelo. El crew preparó todo para que el paso del tiempo resultara lo más llevadero posible. Recibí un kit de amenidades de lujo (productos para el cuidado personal de Bulgari), pijama, pantuflas y antifaz. Detalles pensados para convertir la cabina en un pequeño refugio, pero de lujo.
El asiento en Business se reclina completamente —180 grados— y es adecuado por los auxiliares de vuelo con colchón, cobija y almohada. Así, una cabina de avión se transforma en algo cercano a una cama, con bebidas, champaña, vinos, cócteles y snacks siempre al alcance.
Las luces se atenuaron. Nos cambiamos, elegimos películas, disfrutamos una cena ligera y dejamos que llegara el sueño, ese que, junto al descanso, haría que este viaje pasara mucho más rápido. El crew, con discreción, preguntó a cada pasajero si prefería descansar más o ser despertado para el desayuno. Una muestra más que la atención al detalle que caracteriza a esta aerolínea refleja un servicio calibrado para respetar los tiempos personales.
Tras varias horas de descanso, y ya al otro lado del Atlántoco, el desayuno pintó el despertar: pancakes de buttermilk —acompañados de fruta y café— en mi caso. Un gesto sencillo, pero representativo de una oferta gastronómica personalizada, que incluso puede revisarse antes del vuelo. Más películas, más pausas y, finalmente, tras cerca de 20 horas desde que salimos de Bogotá, aterrizamos en Dubái alrededor de las 11:00 p. m. del martes.
El retorno a casa
Visitar Dubái es una experiencia que impresiona desde el primer momento. Levantada en medio del desierto, la ciudad se alza como una maravilla arquitectónica donde conviven la ambición del futuro y el peso de la tradición. Allí pudimos ascender al Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, y asomarnos al mañana en el Museo del Futuro. También fue una puerta de entrada al mundo árabe más auténtico: la zona antigua, los mercados o souks repletos de oro y especias multicolores, y la experiencia casi cinematográfica de adentrarnos en el desierto a bordo de Land Rover de los años 50, que nos permitieron entender cómo transcurría la vida entre las dunas.
Después de ese recorrido enriquecedor, regresé a Bogotá a bordo de Emirates. Nuevamente fueron unas 20 horas de vuelo, en las que tuve la oportunidad de ver de cerca la operación en su hub principal: el aeropuerto internacional de Dubái, un enorme punto de tránsito global que maneja más de 90 millones de viajeros al año.
Desde que llegamos a la terminal se deja sentir la eficiencia del servicio: personal para ayudar con el equipaje, guías que indican el camino hacia el counter correcto, y el acceso a la sala Business de Emirates. Allí, la oferta gastronómica parece una muestra mundial de sabores, con estaciones divididas por regiones del planeta y bebidas al gusto.
Regresar a casa cerró un ciclo completo: no solo un vuelo largo, sino una experiencia constante de confort, atención cuidada y una operación fluida que confirma por qué esta ruta es un paso importante hacia una conectividad real entre Colombia y Oriente Medio. Con una atención del primer nivel.
ALEJANDRA LÓPEZ PLAZAS*
*Invitación de Emirates

















