La tendencia a postergar tareas, evitar vínculos o incluso provocarse pequeños daños físicos puede parecer irracional, pero responde a una lógica de supervivencia profundamente arraigada en el cerebro humano.
Así lo plantea un análisis del psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland, de la Universidad de Standford (Estados Unidos), quien sostiene que estos comportamientos funcionan como estrategias para enfrentar riesgos que el cerebro considera impredecibles. La idea central es que la mente prioriza mantenerse con vida antes que alcanzar bienestar o felicidad, incluso si para ello recurre a mecanismos que generan malestar.
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Según el especialista, el cerebro busca operar en entornos previsibles y controlados. Frente a la posibilidad de una amenaza externa incierta, opta por activar respuestas conocidas, aunque resulten dañinas, con el objetivo de reducir la exposición a peligros mayores. Esta dinámica se desarrolla a partir de sistemas de alerta que se formaron a lo largo de la evolución humana y que hoy siguen influyendo en la conducta cotidiana.
Estos comportamientos provienen de mecanismos evolutivos enfocados en la supervivencia humana. Foto:iStock
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Cuando dañarte parece protegerte
En su libro Controlled Explosions in Mental Health, Heriot-Maitland examina las bases biológicas de conductas que van desde pellizcarse la piel hasta aislarse socialmente. El autor explica que estas acciones funcionan como una especie de “daño controlado” que el cerebro utiliza para anticiparse a pérdidas más graves, como el rechazo o el fracaso. Por ejemplo, retrasar el inicio de un proyecto puede generar culpa o estrés, pero al mismo tiempo evita enfrentarse a una evaluación negativa inmediata.
El psicólogo describe al cerebro como una estructura orientada a la supervivencia, no al bienestar emocional. Su prioridad es minimizar sorpresas y mantener un grado de control constante sobre el entorno. En ese marco, la exposición a amenazas imprevisibles representa el mayor nivel de vulnerabilidad para los seres humanos. “Nuestro cerebro no puede permitirlo e intervendrá para ofrecernos versiones más controladas y predecibles de la amenaza. Nuestro cerebro preferiría que fuéramos los responsables de nuestra propia caída antes que arriesgarnos a ser derribados por algo externo. Preferiría que estuviéramos bien ensayados para recibir la hostilidad generada internamente antes que arriesgarnos a no estar preparados para ella por parte de otros”, explica Heriot-Maitland.
El autosabotaje es una respuesta cerebral diseñada para enfrentar amenazas impredecibles. Foto:iStock
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El cerebro prefiere la amenaza conocida
Este mecanismo se apoya en un principio básico: enfrentar un peligro conocido resulta menos costoso que exponerse a uno incierto. La neurociencia muestra que el cerebro humano evolucionó para detectar riesgos de manera constante, una ventaja clave para la supervivencia de la especie. Sin embargo, en la actualidad esta hipervigilancia puede traducirse en la percepción de amenazas emocionales incluso cuando no existen.
Heriot-Maitland compara este proceso con una lógica de “más vale prevenir que lamentar”. Evitar a una persona por temor al rechazo o excederse en la autocrítica para anticipar errores son ejemplos de cómo el cerebro genera respuestas protectoras ante escenarios hipotéticos. “Nuestros cerebros han evolucionado para favorecer la percepción de amenazas, incluso cuando no las hay, con el fin de generar una respuesta protectora. Todos hemos heredado un sistema de detección y respuesta a amenazas altamente sensible”, señala.
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Entre las formas más habituales de autosabotaje aparecen la procrastinación, el perfeccionismo y el pesimismo. Mientras la postergación desvía la atención de tareas exigentes, el perfeccionismo lleva a una concentración extrema en los detalles para evitar fallos. En ambos casos, el temor al fracaso actúa como motor, aunque el costo suele ser el aumento del estrés y el agotamiento. La autocrítica, por su parte, puede generar una sensación de control, pero implica un proceso en el que el sistema de amenazas del cerebro toma funciones cognitivas superiores, como la imaginación y el razonamiento, lo que facilita la aparición de escenarios negativos anticipados.
El psicólogo advierte que estas conductas pueden transformarse en profecías autocumplidas. “Si creemos que no somos muy buenos en algo, podemos no esforzarnos al máximo y terminar teniendo un rendimiento inferior al que habríamos tenido si hubiéramos hecho una predicción diferente”, explica. “O si creemos que no le gustamos a alguien y lo evitamos, entonces nuestro miedo al rechazo puede haber impedido forjar una relación”.
En muchos casos, estas respuestas están vinculadas a experiencias vitales difíciles, como traumas o amenazas previas. Aun así, el autor subraya que las denominadas “explosiones controladas” también generan perjuicios y no deben pasarse por alto. Desde su perspectiva, las intervenciones psicológicas más eficaces apuntan a procesar el dolor emocional subyacente, aunque reconoce que se trata de una “decisión difícil” y que rara vez existe una “solución rápida”. En este sentido, afirma: “Resolver el daño subyacente a menudo puede implicar ambos aspectos: generar seguridad en torno a la situación y el sentimiento temidos; y lamentar la pérdida de una necesidad central en esa situación que no fue satisfecha, negada o descartada”.
La autocrítica y el perfeccionismo funcionan como defensas frente al miedo al fracaso o rechazo. Foto:iStock
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La autocompasión como salida del ciclo
Para Heriot-Maitland, romper el círculo del autosabotaje no pasa por intensificar la autocrítica, sino por desarrollar una actitud de autocompasión. Comprender primero la función protectora de estos hábitos permitiría aprovechar la neuroplasticidad del cerebro y construir respuestas menos dañinas. “Inculcar estas motivaciones compasivas en un proceso como este no es algo que se da por sentado. Requiere tiempo, esfuerzo e intencionalidad”, sostiene.
El enfoque propone reconocer que estas conductas surgieron con un objetivo adaptativo y, a partir de esa comprensión, reducir su impacto sin juzgarse. En palabras del propio autor: “No queremos combatir estos comportamientos, pero tampoco queremos apaciguarlos y permitir que sigan controlando, dictando y saboteando nuestras vidas. Tenemos opciones”.
Europa Press
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*Este contenido fue reescrito con la asistencia de una inteligencia artificial, basado en la información publicada por Europa Press, y contó con la revisión de la periodista y un editor.

















