El planeta cerró 2025 como el tercer año más cálido desde que existen mediciones instrumentales robustas. El dato, reportado por el servicio climático europeo Copernicus y consolidado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), es más que una estadística: confirma que la “línea base” del sistema climático ya es tan alta que la variabilidad natural —El Niño o La Niña— apenas modula una tendencia que sigue empujando hacia arriba.
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De acuerdo con Copernicus, 2025 estuvo cerca de 1,47 °C por encima del nivel preindustrial. Y lo hizo quedando a una distancia casi imperceptible de años recientes: solo 0,01 °C por debajo de 2023 y 0,13 °C por debajo de 2024, el año más caliente registrado. En este contexto, el ranking importa menos que el patrón: los últimos años se están agrupando en la parte más extrema de la “historia térmica” moderna.
Eso ayuda a entender por qué algunos sistemas ubican a 2025 como segundo en lugar de tercero. “Las diferencias son realmente mínimas y están dentro de la variabilidad normal entre metodologías”, explica Benjamin Quesada, climatólogo y director del pregrado de Ciencias del Sistema Tierra de la Universidad del Rosario.
Los grandes registros globales combinan estaciones meteorológicas, boyas y mediciones oceánicas, barcos y satélites. Pero el planeta no está cubierto de forma homogénea, y en regiones críticas (en particular los polos) hay vacíos que deben resolverse con interpolaciones o modelos. También hay correcciones necesarias para homogeneizar mediciones marinas hechas con instrumentos distintos. En la práctica, ese “cómo se calcula” puede mover centésimas y alterar el orden, sin cambiar el mensaje científico.
Debido al cambio climático ya no hay lugar en el planeta a salvo de una ola de calor Foto:iStock
Más inquietante que el puesto de 2025 es el promedio reciente. La OMM estima que 2023–2025 rondó 1,48 °C por encima del periodo 1850–1900. Quesada lo interpreta como una advertencia: “estamos rozando los 1,5 °C”. Eso no significa que el mundo ya ‘incumplió’ formalmente el Acuerdo de París: el umbral de 1,5 °C se evalúa como calentamiento sostenido de largo plazo, usualmente en escalas de unas dos décadas, no en una ventana de tres años. Pero sí es una señal de alarma: estamos viviendo condiciones que se acercan peligrosamente a ese límite, lo cual “significa que ya estamos sintiendo los efectos nefastos del cambio climático, en todos los ámbitos”, apunta Quesada.
Una pregunta lógica en este punto es por qué el termómetro no “aflojó” aún con señales de La Niña, que en teoría debería significar enfriamiento. La respuesta está, en buena medida, en el océano. “El poder de transportar calor del océano es enorme: es el mayor termostato del sistema climático, y tiene tiempos más lentos que la atmósfera”, explica Catalina González, profesora del Departamento de Biología de la Universidad de los Andes. En otras palabras: el océano acumula calor y lo libera lentamente, de modo que un episodio cálido fuerte (como El Niño de 2023–2024) puede prolongarse, incluso, por meses. González también señala que en los últimos dos años se ha observado una humedad relativa muy alta que favorece la acumulación de calor, además de otros factores con incertidumbre, como erupciones volcánicas y cambios en aerosoles.
El clima, además, no responde igual en todas partes. El promedio global esconde extremos regionales que pueden romper récords antes o de forma más intensa. “El sistema climático no es lineal”, advierte González: “existen teleconexiones entre atmósfera, océano y biosfera que amplifican señales a distancia”. “Por eso fenómenos del Pacífico pueden conectarse con patrones como el vórtice polar en la Antártida o con condiciones en Asia, y empujar récords regionales aún cuando el promedio global se mueva menos”, de acuerdo con González.
A este rompecabezas se suman hipótesis que hoy se investigan para explicar el salto reciente, además del aumento persistente de gases de efecto invernadero. Quesada menciona una posibilidad clave: una reducción de aerosoles (partículas que reflejan radiación y enfrían temporalmente) asociada a cambios regulatorios en emisiones, por ejemplo en el transporte marítimo. Otras hipótesis incluyen cambios en la nubosidad baja —que suele enfriar al reflejar radiación— y redistribuciones inusuales de calor entre océano y atmósfera. Para confirmarlas o descartarlas, dice, se necesita mirar balances de energía y composición atmosférica, y contrastar observaciones con simulaciones de modelos climáticos.
Mientras la ciencia cuantifica el peso relativo de cada factor, los impactos ya son visibles. En salud pública, el calentamiento se traduce en más días peligrosos de calor, mayor mortalidad y costos crecientes.
Mónica Pinilla, médica de la Universidad de los Andes e integrante de Lancet Countdown Latinoamérica (informe que incluye más de 40 indicadores sobre los impactos del cambio climático en la salud), resume el panorama regional: los niños menores de un año han estado expuestos a 4,5 veces más días de olas de calor, y los mayores de 65 años a 10 veces más que en periodos base.
Según los indicadores regionales, la mortalidad atribuida al calor aumentó 103 por ciento, con alrededor de 13.000 muertes anuales, y un costo monetario promedio de US$ 855 millones (2015–2024). A eso se suman pérdidas laborales por calor que en 2024 llegaron a US$ 52.000 millones, afectando especialmente a la agricultura y a la construcción. Sequías e incendios completan el cuadro, golpeando la seguridad alimentaria y la calidad del aire.
Para Colombia, Pinilla insiste en que la adaptación ya no puede tratarse como un anexo: urge fortalecer sistemas de alerta temprana con resolución local (en los municipios o incluso a menor escala), aumentar y mejorar áreas verdes urbanas para reducir islas de calor, y construir un sistema de salud resiliente al clima que prevenga muertes por calor y responda a choques como incendios y contaminación.
La educación comunitaria y la coordinación entre sectores como agua, energía, vivienda y transporte pasan de ser deseables a ser indispensables.
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Con 2025 en el top tres, el debate no debería centrarse en si 2026 será primero, segundo o tercero. La pregunta de fondo es cuánto tiempo la Tierra seguirá operando cerca de los 1,5 °C y qué tan rápido la humanidad será capaz de reducir las emisiones que empujan el termostato global.
Por ahora, el ranking es una foto de la actualidad, pero la realidad es que la tendencia muestra una película que, de acuerdo con los datos científicos, puede terminar con un desenlace fatal.
NICOLÁS BUSTAMANTE
Especial para EL TIEMPO
















