La competencia por la supremacía tecnológica entre Estados Unidos y China está entrando en una fase de máxima intensidad. Mientras ambos países se disputan el dominio de la IA –y las ganancias en productividad y geopolítica que esta conllevará–, una pregunta se impone con fuerza: ¿lograrán las capacidades de IA de China alcanzar o superar las de EE. UU.?
La evolución de la economía digital puede ofrecer claves sobre cómo se desarrollará la actual carrera por la inteligencia artificial a raíz de las políticas de Trump. En la década de 1990, EE. UU. lideró la revolución de internet al trasladar rápidamente las innovaciones del laboratorio al mercado. Esto impulsó lo que muchos en su momento celebraron como la “nueva economía”, caracterizada por un rápido crecimiento, fuertes aumentos de la productividad y una baja inflación. China, inicialmente seguidora, inyectó un dinamismo notable en la economía digital al escalar sus propias tecnologías innovadoras.
En cuanto a la IA, tras el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022, China demostró rápidamente su capacidad para copiar modelos occidentales.
La aparición de DeepSeek en enero señaló la entrada de China en la etapa de localización y mejora, ya que el modelo R1 de la empresa era entre 30 y 50 veces más barato de utilizar que el de OpenAI. Para febrero, la brecha de desempeño entre los mejores modelos chinos y estadounidenses se había reducido al 1,7 %, frente al 9,3 % en 2024. Y mientras que ChatGPT tardó dos meses en alcanzar los 100 millones de usuarios activos, DeepSeek llegó a ese hito en siete días.
Con más de mil millones de usuarios de internet y una base industrial diversa, China también ofrece condiciones inigualables para desplegar, probar y perfeccionar aplicaciones de IA. El país concentra casi el 30 % de la producción manufacturera mundial, lo que genera volúmenes masivos de datos. Solo en 2019, ese sector produjo 1.812 petabytes (PB) de datos, y esa cifra alcanzó los 2.435 PB en 2024.
La energía es otro factor crítico. En 2023, China generó aproximadamente 9.456 teravatios hora de electricidad –el 32 % del total mundial y más del doble de la producción de EE. UU., que fue de 4.178 TWh–, lo que le otorga una ventaja decisiva para abastecer los centros de datos a gran escala, esenciales para la adopción masiva de la IA.
La posición de EE. UU. en la carrera por la IA se ve aún más debilitada por los recortes de Trump a la financiación de la investigación y por las restricciones a la inmigración. Aunque ha respaldado grandes iniciativas de infraestructura como Stargate –un centro de datos de IA que sería construido por OpenAI, Oracle y SoftBank–, este tipo de proyectos corre el riesgo de reforzar el dominio de las grandes tecnológicas y de sofocar la innovación necesaria para lograr avances transformadores.
China, sin duda, enfrenta sus propios desafíos internos; los responsables de política pública deben encontrar un delicado equilibrio entre incentivar la innovación y hacer cumplir estrictos controles sobre los datos. Ninguna de las dos partes tiene un camino fácil hacia el dominio de la IA, la agenda Maga de Trump podría, de manera involuntaria, ayudar a que China crezca.
QIYUAN XU Y WANG YAQIANG
Project Syndicate















