Imaginemos lo poderoso que puede ser el sector gastronómico si decide pensarse en comunidad y actuar unido. Restaurantes que no existen como islas, sino como parte de una red donde el empleado se valora, los proveedores reciben pagos justos y reconocimiento por su trabajo, los comensales encuentran lo que buscan: rica comida, buen servicio, precios razonables y además son rentables.
Fortalecen al país porque son empleo, cultura, turismo, economía y una vía concreta para dinamizar el campo. Son espacios que abren oportunidades para jóvenes sin experiencia y para personas mayores que otros sectores ya no contratan. Imaginarlos actuando de manera articulada abre otra dimensión del impacto.
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Nada de esto ocurre en un escenario fácil. Mantener esta actividad abierta está duro. La inflación encarece arriendos, servicios públicos y materias primas. La carga tributaria aprieta. La ampliación del horario nocturno, el ajuste del salario mínimo y el aumento del IVA a los licores impactan la estructura financiera. Los costos suben, los márgenes se estrechan y no todo se puede trasladar al precio final.
En ese contexto, la imaginación se convierte en una herramienta de trabajo. No para maquillar la dificultad, sino para organizar mejor, ajustar decisiones y ordenar la operación sin sacrificar calidad ni trasladar la carga a trabajadores, proveedores y productores.
La salida no está solo en lo que se pueda hacer por cuenta propia, ni únicamente en esperar respuestas externas. Es la suma de ambas cosas: organización colectiva y políticas públicas que la acompañen. Sin incentivos, reglas claras y mejores condiciones para operar, coordinarse es mucho más difícil. Y cuando una de esas partes falla, la presión vuelve a recaer en los más frágiles de la cadena.
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Ese ejercicio también implica asumir responsabilidades que no se pueden seguir postergando. Persisten prácticas como la precarización laboral, malos tratos, horarios difíciles y manejo poco claro de las propinas; no ocurre en todos los casos, pero existen. Las condiciones laborales dignas no deben estar en discusión: los horarios partidos rompen los días, desgastan y hacen casi imposible la vida fuera del trabajo. Sin revisar esto, cualquier ajuste económico queda incompleto.
Aquí la imaginación también se traduce en decisiones empresariales. Entender que no se trata solo de servir comida, sino de operar como un engranaje productivo que necesita coherencia en todos sus frentes.
Urge también poner el tema en la agenda pública con datos claros y desde su impacto real: empleo, turismo, cadena agroalimentaria y economía local, para exigir que se den oportunas soluciones.
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El camino no es resistir a cualquier costo, sino volver a pensarse con rigor, creatividad y lucidez, desde la misión con la que nació: restaurar. Restaurar oficios, relaciones laborales y formas de trabajar. Frente a la crisis, imaginación, pero sobre todo, acción colectiva.
Buen provecho.
MARGARITA BERNAL
Para EL TIEMPO
@MargaritaBernal














