En Colombia hay un ritual que ocurre todos los días, al mediodía, en barrios, ciudades y pueblos: el corrientazo. Ese menú del día que trae sopa o principio, seco, jugo y, algunas veces, un postre. Es el almuerzo que resuelve, que alimenta bien y que hace parte de los hábitos cotidianos. Y es lo más cercano que existe a un almuerzo casero servido fuera de casa.
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En estos comedores se cocina como en familia: sin complicarse, con lo que hay en temporada y con lo que se sabe. La mayoría son cocinas manejadas por mujeres que llevan años alimentando a un país. Trabajan sin recetarios estandarizados, sin técnicas de vanguardia, sin pretensiones y sin equipo sofisticado. Sartenes, calderos, ollas grandes, cucharas de palo, tablas de picar, un par de cuchillos y fuego. Con eso basta. No hay discursos.
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Todos los años, por esta época, vuelve la conversación sobre el salario mínimo, la inflación, el costo de vida y la forma en que todo sube y aprieta. Y, aun así, el corrientazo sigue siendo el alivio y la solución para millones de colombianos. Es accesible, cercano, llenador y reparador. Un respiro, un abrazo.
Reúne a trabajadores e independientes, personas mayores, oficinistas que necesitan algo rápido, estudiantes que agradecen un plato abundante. Todos llegan por lo mismo: una comida completa, gustosa y a buen precio.
También es cultura. Porque mantiene vivas las cocinas populares. Porque ha sido el sustento de miles de mujeres que levantan sus hogares y su vida a punta de fogón. Porque crea comunidad y es orgullo de nuestra identidad. Habla de tradición, de los sabores que pasan de generación en generación y de la fuerza de lo popular, del lugar donde se ve y se saborea al país.
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Este año, Delicias de Rosita fue elegido el mejor corrientazo de Bogotá en la gala de Sabor Bogotá 2025. En su local de la carrera 2A, cerca del Eje Ambiental, Rosa Elena Mora cocina desde 1996 con una idea simple: ingredientes del día, recetas de casa y comida sabrosa a buen precio. La Secretaría de Cultura resaltó eso: una cocina que alimenta, reconforta y usa lo local. Con productos accesibles y de preparación rápida, ella reivindica el valor de la comida sencilla bien hecha como parte del patrimonio gastronómico de la ciudad.
En estos días fui con mi papá a un restaurante que se llama Sabores de la 41. Me encanta que estos lugares suelen llevar el nombre de la cocinera, de la dueña, de la calle, del barrio, de la región o de algún ingrediente. Ese día el menú fue delicioso: sopa de mazamorra con habas; arroz, que nunca falta; cerdo a la plancha para él y, para mí, hígado con cebolla y cilantro. Había garbanzos guisados y cambiamos la ensalada por tajadas. Jugo de mora y, al final, compartimos un salpicón.
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Me gusta ese sabor familiar mezclado con calle, el precio que sigue siendo posible —entre doce mil y veinte mil pesos—. También disfruto ver a quienes comen ahí y que encuentran en ese menú el impulso para seguir. El corrientazo es el latido que le da vida, ritmo y energía al país. Buen provecho.
MARGARITA BERNAL
Para EL TIEMPO
X: @MargaritaBernal














