Durante el conversatorio que acompañó la presentación de Estado de Fuga 1986, la guionista Ana María Parra y el escritor Mario Mendoza coincidieron en que la serie fue concebida para examinar el origen de la violencia y no la mecánica del crimen.
Según Parra, el equipo decidió evitar el enfoque clásico del thriller basado en la identidad del agresor porque la historia parte de un hecho que el espectador conoce desde el primer minuto: quién es el autor de la masacre.
El interés de la serie —dijo— se concentra en identificar qué lo llevó a actuar y cuál fue el papel de quienes lo rodeaban antes del suceso.
Parra indicó que, para sostener esta premisa, la serie adopta un ritmo propio del thriller psicológico, en el que la intriga surge del descubrimiento gradual de traumas, lagunas de memoria y secretos familiares.
Explicó que León, el joven estudiante desde cuya perspectiva se narra la historia, experimenta un “estado de fuga”, concepto clínico que se manifiesta en forma de amnesia y desconexión emocional.
Este recurso permite que el relato avance a través de reconstrucciones parciales y que las preguntas sobre responsabilidad y advertencias previas emerjan desde la duda del propio protagonista.
Mendoza complementó esta visión señalando que, durante la investigación previa a la escritura, el equipo concluyó que calificar al asesino como “psicópata” no ofrecía respuestas suficientes.
Por ello recurrieron al concepto del síndrome de amok, que plantea un tipo de estallido violento asociado a sujetos que enfrentan rechazo o humillación prolongada.
Según él, esta perspectiva permite analizar el caso desde una mirada más amplia, en la que tanto las condiciones sociales como las dinámicas personales influyen en el desenlace. Agregó que el personaje fue trabajado como alguien atravesado por dudas sobre sí mismo y por una sensación persistente de desbordamiento interior.
El conversatorio también abordó el desafío de mantener distancia ética con respecto al asesino. Parra afirmó que una de las decisiones clave fue iniciar la serie directamente en la escena de la masacre, para establecer con claridad las consecuencias del acto y evitar cualquier interpretación que lo romantizara.
Agregó que los dos tiempos narrativos —la relación previa entre León y Jeremías, y la investigación posterior al crimen— permiten contrastar la intimidad del personaje con la dimensión pública del caso.
Para Mendoza y Parra, el enfoque elegido no solo pretende explicar el comportamiento del asesino, sino explorar la percepción social frente a la violencia extrema, la manera en que los entornos reaccionan o se retraen y la fragilidad de los mecanismos de salud mental.

















