Tras casi una semana jugando Call of Duty: Black Ops 7, he llegado a una conclusión extraña: este es un juego que, en sus primeras horas, parece estar peleando contra sí mismo… pero que poco a poco te enseña por dónde va y termina enganchándote casi sin darte cuenta.
La campaña —si todavía podemos llamarla así— es probablemente la decisión más polémica de Treyarch en años. Es completamente online. Incluso si juegas solo, no puedes pausar, no puedes detener la misión y, si sales antes de llegar a un punto de control, pierdes el progreso.
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Para un modo que históricamente ha sido la pausa narrativa del frenetismo multijugador, esto es un giro que no termina de cuajar.
La experiencia es corta, sí, pero además apuesta por mecánicas que no se sienten propias de la saga: secciones plataformeras, saltos para esquivar ondas de choque y un ritmo que sacrifica la atmósfera tradicional de los Black Ops por una estructura más cercana a un modo cooperativo continuo.
Para quienes crecimos con campañas intensas y memorables, este diseño sabe a experimento más que a evolución.
En contraste, Zombies está en uno de sus mejores momentos. El regreso de personajes clásicos, la reaparición de mecánicas queridas —como los GobbleGums— y un mapa redondo con zonas del Dark Aether que mezclan tiempos, estéticas y secretos, hacen que este modo sea “el lugar seguro” del juego.
Aquí Treyarch demuestra que cuando escucha a su comunidad, acierta. Es tenso, es pulido, es entretenido y, sobre todo, respeta el legado que convirtió a Zombies en un fenómeno dentro del género.
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Mi gran choque llegó cuando abrí el multijugador por primera vez.
La interfaz se siente poco intuitiva, encontrar los modos cuesta y, encima, las armas, rachas y gadgets funcionan distinto a todo lo que veníamos viendo.
Pero el mayor punto de debate está en la movilidad.
El nuevo wall jump busca darle verticalidad al combate, y cuando funciona, funciona muy bien: puedes saltar de una pared a otra, flanquear posiciones y aparecer donde el enemigo no te espera.
El problema es la inconsistencia: hay paredes donde sí puedes impulsarte, otras donde no; techos donde uno pensaría que el personaje se puede agarrar, pero están vetados por diseño; y si te acercas a esas zonas, simplemente fallar el agarre, en lugar de lanzar un conteo regresivo de “abandonando el área”.
Eso rompe la fantasía del movimiento fluido: a veces te sientes ágil, y otras, limitado artificialmente.
Un punto a favor es lo divertido que resulta finalizar enemigos: pegar una granada en la espalda y rematarlo con una patada es una locura entre mecánica, espectáculo y habilidad. Y que esto pueda servir para causarle daño a otros enemigos, es un detalle pequeño, pero suma.
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Aunque el juego presume más de una decena de mapas, cuando te quedas en los modos tradicionales, la variedad se siente limitada.
Hay escenarios muy buenos, pero la rotación se vuelve repetitiva rápidamente. La presencia de clásicos reimaginados ayuda, pero no termina de equilibrar el conjunto.
El nuevo sistema de Overclock es interesante sobre el papel: cada equipo, gadget y racha tiene mejoras alternativas que desbloqueas con uso.
Pero también son muchas capas nuevas, muchas decisiones adicionales y un nivel de personalización que puede sentirse abrumador al principio.
Es un multijugador que recompensa la adaptación, pero exige adaptarse.
Call of Duty: Black Ops 7 es una entrega que arriesga tanto, que inevitablemente tropieza. La campaña es un experimento que no convence. Zombies vuelve a su mejor forma. Y el multijugador, aunque confuso al principio, termina demostrando que hay buenas ideas detrás.
No es un mal juego —de hecho, cuanto más lo juegas, más te abraza—, pero sí es una entrega que exige al jugador soltar costumbres, adoptar nuevas lógicas y aceptar que Treyarch está empujando a Call of Duty hacia una dirección distinta. Funciona. No siempre. No para todos. Pero funciona.

















