Durante miles de años, el movimiento humano por el Sudeste Asiático y el Pacífico dejó huellas que hoy pueden leerse en el ADN de los animales que acompañaron esos viajes. Un nuevo estudio, publicado en la revista Science, muestra cómo las migraciones humanas a través de islas provocaron la introducción de cerdos en gran parte de la región Asia-Pacífico, convirtiéndolos en una de las especies invasoras más extendidas y culturalmente significativas del área.
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La investigación fue liderada por Laurent Frantz, profesor de paleogenómica en la Universidad Queen Mary de Londres y la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich, junto con David Stanton, de la Universidad de Cardiff, y Greger Larson, de la Universidad de Oxford. A partir del análisis genómico de más de 700 cerdos —tanto actuales como procedentes de contextos arqueológicos—, el equipo logró reconstruir las rutas que siguieron estos animales y establecer cuándo llegaron a distintas islas, así como los cruces que tuvieron con especies locales.
Una excepción a la Línea de Wallace
La distribución de animales en Indonesia ha estado históricamente condicionada por una frontera biogeográfica conocida como la Línea de Wallace. Identificada por el biólogo evolutivo Alfred Russell Wallace, esta línea marca una división clara: especies como leopardos y monos predominan al oeste, mientras que marsupiales y casuarios se concentran al este. El cruce natural de fauna entre ambos lados ha sido escaso.
Pintura rupestre de dos cerdos verrugosos de Sulawesi, cueva de Leang Tedongnge, Indonesia. Foto:Adam Brumm y Adhi Agus Oktaviana.
Los cerdos, sin embargo, rompen esta regla. Sus poblaciones se encuentran a ambos lados de la Línea de Wallace y se extienden desde el Sudeste Asiático hasta lugares tan distantes como Nueva Caledonia, Vanuatu y la Polinesia remota. Esta presencia planteó una pregunta central para los investigadores: ¿qué papel jugaron los seres humanos en su expansión?
Los resultados indican que personas de distintas culturas trasladaron cerdos por la región durante milenios. La evidencia más antigua apunta a habitantes de Sulawesi que vivieron hace unos 50.000 años, conocidos por ser los primeros pintores rupestres. Estos grupos no solo representaron a los cerdos verrugosos en su arte, sino que también los transportaron hasta islas lejanas como Timor, posiblemente con el objetivo de asegurar futuras presas de caza.
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Agricultura, colonización y nuevos dilemas
El ritmo de introducción de cerdos se aceleró de forma notable hace unos 4.000 años, cuando comunidades agrícolas tempranas comenzaron a transportar cerdos domésticos. Según el estudio, estas migraciones partieron desde Taiwán y avanzaron por Filipinas, el norte de Indonesia y Papúa Nueva Guinea, hasta alcanzar islas periféricas como Vanuatu y regiones remotas de la Polinesia. Los investigadores también hallaron evidencias de la llegada de cerdos europeos durante el periodo colonial.
Pintura rupestre prehistórica de dos cerdos verrugosos de Sulawesi. Foto:Adam Brumm y Adhi Agus Oktaviana.
En muchos casos, estos animales escaparon y se volvieron ferales. En las islas Komodo, por ejemplo, los cerdos domésticos se hibridaron con los cerdos verrugosos que habían sido introducidos desde Sulawesi miles de años antes. Hoy, estos híbridos son una fuente clave de alimento para los dragones de Komodo, una especie en peligro de extinción.
Para Laurent Frantz, el análisis genético permite ir más allá de la historia animal. “Es muy emocionante que podamos usar ADN antiguo de cerdos para retirar capas de actividad humana en esta región megadiversa”, señaló. Y añadió una reflexión clave: “La gran pregunta ahora es en qué punto consideramos que algo es nativo. Si las personas introdujeron especies hace decenas de miles de años, ¿merecen esfuerzos de conservación?”.
David Stanton destacó que el trabajo muestra las consecuencias de transportar animales a enormes distancias: “Esta investigación revela qué ocurre cuando las personas trasladan animales a través de una de las fronteras naturales más fundamentales del mundo”. Según explicó, estos movimientos crearon “cerdos con una mezcla de ancestrías”, cuya complejidad genética ayudó a entender cómo y por qué los animales se distribuyeron por las islas del Pacífico.
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Por su parte, Greger Larson subrayó que, aunque los jabalíes pueden dispersarse por sí solos, “cuando las personas intervinieron, los cerdos estuvieron más que dispuestos a expandirse en islas recién colonizadas”. La secuenciación de genomas antiguos y recientes permitió vincular esas dispersiones asistidas por humanos con poblaciones concretas en el tiempo y el espacio.
El estudio, realizado con la colaboración de más de 50 científicos de instituciones de todo el mundo, pone de relieve el impacto profundo y duradero de la actividad humana sobre los ecosistemas del Pacífico. También plantea dilemas para la conservación, en un escenario donde los cerdos pueden ser considerados, según la isla, seres espirituales, plagas o parte integral del entorno.
REDACCIÓN CIENCIA

















