El Museo de la Salsa en Cali —ciudad que celebra sus tradicionales ferias entre el 25 y el 30 de diciembre— reúne una colección de fotografías que Carlos Alfredo Molina (74 años) empezó a tomar desde 1968. Allí, se exhiben 1.150 fotografías de los 300.000 negativos que guardan la historia de este género musical en la ciudad, que es considerada la Capital Mundial de la Salsa. Este ritmo que nació en Nueva York, al fusionar el son, mambo, guaracha y jazz, llegó a Cali gracias a la migración, la radio, los vinilos importados que llegaban al puerto de Buenaventura y la vida del Barrio Obrero.
Carlos Alfredo vivió de cerca el auge de este género en la Cali de los años 70, pues su hermano Armando era músico, tocaba con Piper Pimienta —cantante de Las caleñas son como las flores—, y compartía escenario, fiesta y amistad con los artistas antillanos que empezaron a llegar a Colombia. Fue así que Molina estuvo presente cuando Richie Ray y Bobby Cruz llegaron a Cali por primera vez con Sonido bestial, o cuando figuras de la Fania All-Stars como Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades y Celia Cruz se empezaron a presentar en la ciudad.
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Con su Olympus Pen en mano —exhibida en el museo— terminó convirtiéndose en el fotógrafo personal de estos y muchos más artistas que hoy son íconos de la escena salsera. Desde 2013, su hijo —también llamado Carlos Molina— abrió al público la colección privada de su padre, que reúne no solo las imágenes tomadas a lo largo de los años, sino también una selección de 7.000 vinilos de salsa de los más de 90.000 que ha coleccionado.
Carlos Alfredo Molina empezó a tomar fotos desde 1968 con su Olympus Pen. Foto:Cortesía Carlos Molina
Adicional a esto, el Museo custodia un vestido original que Celia Cruz utilizó en los escenarios en los años 80, este se exhibe entre fotografías de las diferentes etapas de la Sonora Matancera. El Gobierno puertorriqueño le ha otorgado a Molina, el “fotógrafo de la salsa”, el reconocimiento de albergar el “archivo más grande del mundo dedicado al género musical de la salsa, tomado por una misma persona”.
El Museo es la memoria visual de la historia de este género, pero también es el motor de un presente de arte y resistencia barrial. En 2013, el hijo del fotógrafo también creó la Fundación del Museo de la Salsa para acercar a niños y adolescentes del Barrio Obrero, y de otros barrios populares, a procesos artísticos, una labor que ya ha involucrado a más de 200 jóvenes.
Uno de los proyectos es Sonidos del Barrio, a través del cual se ofrecen clases gratuitas de percusión e inglés a jóvenes caleños, y del que surgió la orquesta de salsa Grupo Melaza. Así su apuesta va más allá de preservar la cultura de la salsa, pues propone tomar esa tradición e identidad cultural como una herramienta de transformación social en un barrio históricamente marcado por la delincuencia y la exclusión social. De esto y más habló Carlos Molina, director del Museo y de la Fundación del Museo de la Salsa, en entrevista con EL TIEMPO.
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¿Cómo fue ese inicio de su padre? ¿Por qué empezó a documentar la historia de la salsa en Cali?
Armando, el hermano de mi papá, fue quien introdujo a la familia al mundo de la salsa. Mi papá nació en 1951 y mi tío Armando, el hermano mayor, ya era músico y tocaba el tambor con Piper Pimienta. Él estaba metido en la rumba y en la vaina. Entonces, lo que hizo mi papá fue pegarse a su hermano mayor. Él quería aprender a tocar piano, pero mi abuelo no lo dejó. Así que mi papá agarró una cámara Olympus Pen. Alguien le dio tres tips sobre cómo manejarla, y se metió en esa vida, siguiendo a mi tío, para arriba y para abajo, de concierto en concierto. Mi papá empezó a tomar fotografías de los escenarios, de los artistas y las orquestas que venían a Cali desde 1968, sin pensar que se iba a convertir en el mayor documentalista gráfico de la historia de la salsa en la ciudad.
¿Por qué convertir esa documentación en un museo?
Hace por lo menos unos 25 años, en Cali existe un encuentro de melómanos y coleccionistas de salsa. Las personas se reúnen, llevan vinilos y mientras van poniendo la música, cuentan la historia de cada canción, del sello discográfico, quién la canta, quién es el arreglista y quiénes son los músicos. Los melómanos llevan a los amigos o familiares que quieren aprender y así se convierte en una tertulia. Al principio estos encuentros se hicieron aquí, donde ahora queda el Museo de la Salsa y, al ver la inmensidad de la colección privada de mi papá, de vinilos, fotografías, afiches, atuendos y más, muchas personas, entre ellas el cantante Hugo Romani, le dijeron que lo que él coleccionaba ya era un museo.
Carlos Molina continúa el legado de su padre en la dirección del Museo y de la fundación. Foto:Cortesía Carlos Molina
¿Qué significa este legado gráfico para la historia de la salsa?
Es que incluso va más allá de la salsa. Mi papá se convirtió en un documentalista de todos los ritmos afrocaribeños. Por eso al crear el Museo, nos tocó dividirlo en partes. Los cubanos, los colombianos, los venezolanos, los mexicanos, los de Puerto Rico, los que se formaron en Nueva York, e incluso nos tocó separar la Sonora Matancera porque es demasiada información e historia. En Cali escuchábamos una música más tropical, música de Venezuela, pero en los 70, Richie Ray y Bobby Cruz vinieron a Cali, trajeron Sonido bestial, y cambiaron la historia de la salsa y de la música… y mi papá estuvo ahí documentándolo. Hay escritores que han tenido un mínimo de contacto con los artistas y escriben libros sobre ellos, que seguramente son trabajos espectaculares. Pero no tienen comparación con lo que hizo mi padre, porque él no solo tomó fotos, sino que estuvo presente desde el inicio y tuvo una amistad con cada uno de los artistas. Por ese nivel de confianza y de presencia, llegó a convertirse en el fotógrafo personal de ellos y a fotografiar todo lo que pasaba en esos inicios.
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¿De qué Cali hablan estas fotos?
Hablan de una Cali internacional, de una Cali apasionada por la música, porque entre estas fotos está la historia de casi 80 años de la salsa. Hablan de una ciudad en la que la salsa no se ha muerto, sino que, al contrario, sigue más viva que nunca. Hablan del origen de todo y del papel que tuvo el Barrio Obrero en todo esto. En 1928, los sonidos de las Antillas, desde el Caribe, llegaron a través de la Sonora Matancera y el Trío de la Rosa en una en una emisora de onda corta, la Radio Progreso de Cuba. Y llegaron a una antena que los obreros pusieron en este barrio.
En 1928, los sonidos de las Antillas, desde el Caribe, llegaron a través de la Sonora Matancera y el Trío de la Rosa en una en una emisora de onda corta, la Radio Progreso de Cuba. Y llegaron a una antena que los obreros pusieron en el Barrio Obrero
Carlos MolinaDirector Museo de la Salsa
¿Por qué sucedió esto en Cali y no en otra ciudad colombiana?
El Barrio Obrero fue prácticamente el paralelo de lo que era Cali: una ciudad de inmigrantes. Cali es la primera parada después del puerto de Buenaventura, uno de los más grandes de Colombia. De aquí se desplazan para el norte, el sur, el centro o el Pacífico. A Cali, por estar tan bien ubicada geográficamente, todo llegaba primero, incluso antes de que llegara a la capital. Entonces, aparte de la radio, los vinilos empezaron a llegar directo a la ciudad, al Barrio Obrero, donde vivían los obreros del tren del Pacífico y de todas las empresas de caña.
¿De ahí que el Museo esté en el barrio donde todo empezó?
Exactamente. Y también porque desde el Museo le apostamos al turismo comunitario. Por un lado, lo que queremos nosotros es que la comunidad se vea beneficiada económicamente a través de este proyecto y que la gente no venga solamente al Museo, sino que visite el barrio y que almuerce por acá. Que si vienen a Cali, vivan la esencia caleña de verdad, y aquí se vive. Pero además, con las entradas al museo financiamos todo lo que hacemos con la fundación.
Desde la fundación del Museo de la Salsa trabajan con niños y jóvenes de barrios populares desde el arte, la música y la salsa. ¿Cuál es el fin de este trabajo que hacen?
Yo empecé a trabajar con la iglesia y vi a muchos jóvenes de los barrios pobres metidos en las drogas y la delincuencia común. Entonces, tenía un programa que se llamaba ‘Aprovechamiento del tiempo libre’, donde hacíamos actividades lúdicas con jóvenes para evitar que cayeran en un proceso de actividades de calle. Y ahora, desde la Fundación del Museo de la Salsa, buscamos que, a través de la música y de los instrumentos musicales, los jóvenes se fortalezcan y que aprovechen el tiempo libre. Lo principal son los chicos, pero la fundación también busca generar un proceso de transformación en el Barrio Obrero. Por eso aquí hay procesos con las madres cabeza de hogar, los chicos con discapacidad, los hombres cabeza de hogar, los inmigrantes y los procesos afro. Lo que empezó como un hobby y una pasión de mi papá, se ha convertido en un proceso de incidencia en el barrio.
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¿Por qué lo hacen a través de la salsa?
Está comprobado que un proceso de musicalización o de aprender un instrumento eleva el desarrollo cognitivo de los jóvenes. Entonces, si pasan por un momento difícil en sus vidas, la música les otorga disciplina y otras herramientas para tomar mejores decisiones. Y lo hacemos a través de la salsa porque desde que los niños crecen, a toda hora se está hablando de salsa. La ciudad es demasiado salsera, por eso es una base de arraigo para los proyectos populares barriales. Por ejemplo, con el baile… en la fundación trabajamos desde lo instrumental y con orquestas, pero hay más de 130 escuelas de baile por las que pasan cientos de jóvenes de los barrios populares que se salvan a través del baile. Los niños se forman gratis, luego se presentan en el Salsódromo en la Feria y luego se van a otros países como profesionales a dictar clases. La salsa es muy importante para nosotros y eso hace que no se muera.
¿Usted ve el reguetón como un riesgo para la salsa?
No, al contrario. Aquí en Cali se ha fusionado el reguetón con la salsa… se creó la salsa choque. No dejan de ser dos ritmos populares que han sido creados desde la base comunitaria. Bad Bunny le dio un empujoncito con el álbum Debí tirar más fotos y mandó un mensaje grandísimo a la humanidad. Ya todos los ritmos fueron creados en Cuba y en Puerto Rico, pero Bad Bunny envía un mensaje de arraigo popular tradicional, de los abuelos, con su nueva creación. Esa es una oportunidad para seguir manteniendo la salsa viva. Ahora todo el mundo, hasta los jóvenes de otros países, quieren escuchar salsa.
Ahora todo el mundo, hasta los jóvenes de otros países, quieren escuchar salsa
Carlos MolinaDirector Museo de la Salsa
Entonces, ¿estaría de acuerdo con que la salsa se reinvente?
Es que se ha reinventado toda la vida. La Sonora Matancera se reinventó en los años 70 en Nueva York. El sonido era diferente, pero la línea melódica era la misma. Después se reinventó en la salsa romántica en los años 90, con la misma línea rítmica y percutiva, pero con una cadencia distinta. Y ahora con la salsa choque es diferente. Julio Voltio con Jerry Rivera cantando Mi libertad en homenaje a Frankie Ruiz también lo hicieron con la salsatón, que es salsa con reguetón. Se ha reinventado toda la vida y eso es lo que la ha mantenido viva. La salsa no es un ritmo, es la mezcla de casi 22 ritmos —como la bomba, la plena, el mozambique, la rumba, la cumbia, el guaguancó, la pachanga y la charanga— que se seguirán mezclando.
Elena Bermúdez Rivera
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO berele@eltiempo.com

















