¡Queremos fricción!

El péndulo se ha desplazado al otro extremo: hacia lo privado, lento y antisocial. Tras una década de compartir lo […]

EL PAÍS

El péndulo se ha desplazado al otro extremo: hacia lo privado, lento y antisocial. Tras una década de compartir lo humano y lo divino en todo tipo de redes sociales, a muchos ya solo les apetece quedar cara a cara como máximo con cuatro personas, en espacios íntimos y sin pantallas ni interrupciones algorítmicas. Por lo que sea, se nos “olvida” publicar la foto, y una de nuestras prácticas más gratificantes es cancelar citas y desquedar en el último minuto. “Las personas prefieren la profundidad a la amplitud, el contacto humano a la imitación algorítmica”, diagnostica la agencia Jack Morton, casi una biblia de las tendencias de mercado, que vaticina que “la intimidad y la comodidad serán las nuevas divisas de la conexión”. La gente se reúne en clubs, en sitios cerrados y empieza a sentir cierto pudor a plantar el móvil en la mesa mientras cena con los amigos que le importan. No escuchar o dispersarse es una señal de pérdida de control, de estar dominado por el algoritmo. Algo que empieza a ser muy poco atractivo.

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