Si Estados Unidos de verdad ha entrado en una segunda Guerra Fría, debería repetir la estrategia que le ayudó a ganar la primera: expandir la frontera científica dentro de su propio territorio.
A medida que aumentan las tensiones geopolíticas, se ha intensificado la competencia por la ciencia de vanguardia y el talento que sustentan la tecnología avanzada. Estados Unidos, China y otras grandes potencias consideran ahora que el liderazgo en ámbitos como la inteligencia artificial, los semiconductores, las tecnologías cuánticas y la biotecnología es central para la capacidad militar, la seguridad económica y la influencia ideológica.
No sorprende, entonces, que los gobiernos estén inyectando grandes recursos en tecnologías estratégicas, endureciendo los controles a las exportaciones y a la inversión, y sometiendo la colaboración científica internacional a nuevos requisitos de seguridad. Las instituciones de investigación son tratadas cada vez más como activos de primera línea de la seguridad nacional. La lógica de la rivalidad entre grandes potencias está reconfigurando –y a menudo restringiendo– las relaciones académicas transfronterizas y la movilidad de los científicos.
Algunos han calificado la actual carrera tecnológica como una nueva “guerra fría”, trazando paralelos con la carrera espacial de la era de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que comenzó cuando esta última lanzó el Sputnik en 1957. Aunque ciertamente existen paralelos, la ironía es que Estados Unidos no está siguiendo su exitosa estrategia de la Guerra Fría; quien lo está haciendo es China.
Estados Unidos utilizó durante la Guerra Fría controles a las exportaciones y coordinación con sus aliados para impedir que armas avanzadas, materiales nucleares y tecnologías de doble uso llegaran al bloque soviético. Pero su enfoque general frente a la ciencia, entre las décadas de 1960 y 1980, fue prospectivo y proactivo, más que defensivo.
El Gobierno de EE. UU. invirtió de manera masiva en la investigación científica básica, que los responsables de política consideraban la clave para superar a la Unión Soviética a largo plazo. Eso implicó una gran expansión del apoyo a la investigación universitaria a través de agencias como la National Science Foundation y los National Institutes of Health, la creación de nuevos laboratorios y el establecimiento de la Advanced Research Projects Agency (más tarde, Defense Advanced Research Projects Agency) para financiar proyectos de alto impacto en computación, ciencia de materiales y comunicaciones.
Si bien la carrera espacial impulsó de forma extraordinaria la financiación de la física, la ingeniería y las matemáticas, programas como el GI Bill (aprobado durante la Segunda Guerra Mundial para cubrir la matrícula universitaria de los veteranos estadounidenses) y el aumento de ayudas federales a los estudiantes ampliaron la oferta de científicos e ingenieros.
Políticas migratorias
Estados Unidos también buscó activamente atraer talento extranjero durante la Guerra Fría. Combinó generosas oportunidades de investigación con políticas migratorias relativamente abiertas –a menudo estratégicamente orientadas–. Sus universidades bien financiadas, sus laboratorios nacionales y sus agencias gubernamentales atrajeron científicos de todo el mundo. Algunos, como quienes estaban dispuestos a abandonar regímenes comunistas de Europa del Este, fueron reclutados deliberadamente y, en ocasiones, recibieron autorizaciones de seguridad aceleradas. Con el tiempo, las visas estudiantiles, las becas Fulbright y las preferencias migratorias para profesionales altamente calificados ampliaron y normalizaron ese flujo de ingreso.
El mensaje era claro: si eras un científico talentoso, el mejor lugar para construir una carrera y formar una familia era EE. UU. Pero eso ya no está garantizado. La estrategia proactiva de la Guerra Fría, basada en aumentar el apoyo a la ciencia y acoger talento extranjero, contrasta de forma marcada con los esfuerzos de la administración Trump por recortar el gasto federal y aislar al país de la comunidad científica.
La decisión del segundo gobierno de Trump de reducir las subvenciones públicas para investigación desacelera la financiación federal de la ciencia básica. Desde el final de la Guerra Fría, la inversión total en investigación y desarrollo proviene cada vez más de empresas con fines de lucro. Al mismo tiempo, las recientes restricciones de visados y la retórica antiinmigrante han hecho que Estados Unidos se sienta menos acogedor para estudiantes y profesionales extranjeros, quienes constituyen alrededor de una quinta parte de la fuerza laboral en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) y más del 40 % de los científicos e ingenieros con doctorado. Recortar la inversión en ciencia básica y desalentar la llegada de talento extranjero amenaza con erosionar los pilares del liderazgo científico estadounidense.
Mientras tanto, China sigue, cada vez más, un manual similar al que utilizó Estados Unidos durante la Guerra Fría. Es cierto que el Gobierno chino ha restringido la salida de tecnologías y datos críticos. Pero también ha incrementado la inversión en ciencia básica e implementado una serie de medidas para atraer a investigadores extranjeros y talento chino en el exterior en sectores clave como la inteligencia artificial, los semiconductores y la biotecnología. China introdujo recientemente una nueva visa K dirigida a jóvenes trabajadores de STEM y del sector tecnológico que desean estudiar o hacer negocios en el país, promocionándola como un equivalente aproximado de la visa H-1B de Estados Unidos.
La audacia de China contrasta de forma contundente con la inseguridad de Estados Unidos. Durante la última década, la política estadounidense se ha centrado de manera abrumadora en defenderse de China, Rusia y otros rivales mediante sanciones económicas, controles a las exportaciones y restricciones migratorias estrictas. Pero una estrategia de largo plazo mucho más eficaz sería ampliar la inversión en investigación científica, dar la bienvenida al talento extranjero en STEM y reforzar los esfuerzos para retenerlo.
Este enfoque es sólido en cualquier circunstancia. Si los temores de una segunda Guerra Fría resultan acertados, entonces la mejor oportunidad de éxito para Estados Unidos es volver a la estrategia que le permitió ganar la primera: ampliar la frontera científica dentro de su propio territorio. Y si esos temores resultan exagerados, las inversiones en investigación básica seguirán generando tecnologías que beneficien a todos. La primera Guerra Fría lo demostró de manera contundente. Avances transformadores como internet, los computadores personales, los sistemas modernos de monitoreo del clima y el tiempo, las máquinas de resonancia magnética (MRI) y las terapias contra el cáncer basadas en radiación fueron todos producto de una inversión científica sostenida.
Intentar aislar a Estados Unidos es, en última instancia, una estrategia contraproducente cuando sus competidores están reclutando a las mentes más brillantes del mundo.
NANCY QIAN (*)
PROJECT SYNDICATE
(*) Profesora de Economía en la Universidad Northwestern, es codirectora del Global Poverty Research Lab de la Universidad Northwestern y directora del China Econ Lab.

















