Iniciar una tarea desagradable puede sentirse como un desafío desproporcionado. Hacer una llamada incómoda, comenzar un informe que se teme será criticado o preparar una presentación estresante son experiencias comunes. Aunque se sabe con claridad qué debe hacerse, el primer paso parece inalcanzable. Cuando esta dificultad se vuelve extrema, recibe un nombre médico: avolición. No se trata de pereza ni de falta de conciencia, sino de una incapacidad del cerebro para activar el impulso de actuar.
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La avolición está presente en trastornos como la depresión, la esquizofrenia y la enfermedad de Parkinson, y afecta gravemente la vida cotidiana y las relaciones sociales. Durante años, la neurociencia ha planteado que el cerebro evalúa el esfuerzo que implica una tarea antes de actuar: si el costo percibido es demasiado alto, la motivación disminuye. Sin embargo, no estaba claro cómo ese cálculo se traduce en la decisión de no empezar.
Un equipo de investigación del WPI-ASHBi abordó esta pregunta mediante un estudio experimental con macacos, utilizando una técnica genética avanzada llamada quimiogenética. Este método permitió ajustar de forma temporal y precisa la comunicación entre regiones específicas del cerebro, con el objetivo de identificar un circuito que actúa como un verdadero “freno” de la motivación.
El experimento y el primer paso
Los macacos fueron entrenados para realizar dos tipos de tareas. En una, completar la actividad les otorgaba una recompensa de agua. En la otra, la recompensa venía acompañada de una consecuencia negativa: una desagradable bocanada de aire en el rostro. Antes de cada intento, los animales veían una señal y podían decidir libremente si comenzaban o no.
Los investigadores no se centraron en qué opción elegían, sino en algo más elemental: si daban el primer paso. Cuando la tarea solo implicaba una recompensa, los macacos solían iniciarla sin dudar. En cambio, cuando incluía el estímulo desagradable, muchas veces se detenían, pese a que la recompensa seguía disponible.
El cerebro mide el esfuerzo antes de actuar: si el costo es alto, la motivación cae. Foto:iStock
El equipo debilitó de forma temporal una conexión específica del cerebro que vincula dos regiones clave para la motivación: el estriado ventral (VS) y el pálido ventral (VP). En las tareas con solo recompensa, esta intervención casi no alteró el comportamiento. Pero en las tareas con el estímulo aversivo ocurrió algo distinto: el bloqueo para empezar se redujo de manera notable y los macacos mostraron mayor disposición a iniciar la acción.
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Un aspecto central fue que la capacidad de los animales para evaluar recompensas y castigos no cambió. Lo que se modificó fue el paso intermedio entre saber qué hacer y hacerlo. En otras palabras, el freno no afectaba el juicio, sino la puesta en marcha.
Un freno necesario, pero delicado
El análisis de la actividad neuronal mostró diferencias claras entre ambas regiones. Durante las tareas estresantes, la actividad del VS aumentaba, lo que sugiere que esta zona ayuda a registrar cuándo una situación resulta desagradable. En contraste, la actividad del VP disminuía gradualmente a medida que los macacos se mostraban menos dispuestos a comenzar. Juntas, estas observaciones indican que la vía VS–VP funciona como un “freno de la motivación” que suprime el botón interno de arranque, especialmente frente a tareas estresantes.
Esto podría arrojar luz sobre trastornos en los que la pérdida severa de motivación es frecuente. Foto:iStock
Este hallazgo podría arrojar luz sobre trastornos en los que la pérdida severa de motivación es frecuente. A futuro, los investigadores plantean que intervenciones como la estimulación cerebral profunda, métodos no invasivos o nuevas estrategias farmacológicas podrían intentar ajustar este freno cuando se vuelve demasiado rígido.
Sin embargo, el propio equipo advierte sobre los riesgos de una intervención excesiva. “Debilitar en exceso el freno de la motivación podría conducir a comportamientos peligrosos o a una toma de riesgos excesiva”, afirmó el autor principal del estudio, Ken-ichi Amemori. “Será necesaria una validación cuidadosa y una discusión ética para determinar cómo y cuándo deberían usarse estas intervenciones”.
En un contexto social marcado por altos niveles de estrés y agotamiento, el estudio invita a repensar qué significa realmente la motivación. El cerebro no siempre falla por falta de voluntad: a veces actúa deliberadamente para frenar la acción ante situaciones percibidas como demasiado costosas. Más que forzar el impulso de actuar, los investigadores sugieren que el debate debería orientarse a cómo la sociedad puede apoyar mejor a las personas para enfrentar el estrés. Una reflexión que, subrayan, merece un diálogo más amplio.
REDACCIÓN CIENCIA

















